Hoy resaltaré lo que el destino fue para un gran personaje que nació el 1 de mayo de 1833 en el Mesón de la Soledad, quien, a los tres meses de nacido, quedó huérfano de padre por el cólera de 1833. Él fue bautizado como Felipe Santiago. Así nació y creció en Oaxaca. A los 16 años, Felipe se fue al Colegio Militar, donde conoció a Miguel Miramón y Tarelo, aquel Niño Héroe que, en 1867, la República mandó fusilar, sí, junto con Maximiliano y Mejía.
Miguel Miramón y Tarelo (1831-1867) fue un destacado militar y político mexicano, conocido por los historiadores como el “Séptimo Niño Héroe” por defender el Castillo de Chapultepec en 1847. Tras sobrevivir a la guerra, optó por abrazar la idea conservadora, lo que lo convirtió en el presidente más joven de México, con tan solo 28 años. Lo fue por el bando conservador y fue fusilado junto a Maximiliano de Habsburgo y Tomás Mejía en el Cerro de las Campanas, en 1867.
Puntos clave de su vida:
Miramón nació el 29 de septiembre de 1831 y, a los 16 años, se convirtió en un Niño Héroe. Fue cadete del Colegio Militar y participó en la batalla del 13 de septiembre de 1847 contra la invasión estadounidense.
En su carrera militar y política, debido a su valentía, tuvo un ascenso rápido, convirtiéndose en general a los 24 años y presidente interino de la República a los 28 años, en 1859.
Fue del bando conservador. Durante la Guerra de Reforma fue líder de los conservadores y enemigo de Benito Juárez.
Fusilamiento. Murió el 19 de junio de 1867, a los 36 años, en el Cerro de las Campanas, Querétaro, tras ser derrotado junto al Segundo Imperio Mexicano. Se dice que exclamó: “¡Viva México!”, antes de su ejecución.
Aunque la historia oficial a menudo lo omite o lo etiqueta como traidor debido a su afiliación conservadora, Miramón fue un militar de carrera que defendió al país en la guerra contra Estados Unidos.
Otro dato interesante de este hecho histórico es que Maximiliano de Habsburgo cedió su lugar central de honor a Miguel Miramón, situándose a su izquierda. Al hacerlo expresó: “Un valiente debe ser admirado hasta por los monarcas”, mostrando respeto por el general conservador antes de la ejecución.
El gesto: Maximiliano, en un acto de magnanimidad, cambió su puesto con Miramón, quien era el objetivo principal debido a las acusaciones de traición.
Ubicación final: En la línea de fusilamiento fue Miramón al centro, con Tomás Mejía y Maximiliano a los lados.
Contexto: El hecho ocurrió tras la caída del Segundo Imperio Mexicano, marcando el fin de la intervención francesa.
Palabras finales: Maximiliano reafirmó su amor por México antes de recibir los disparos. Gritó con voz firme: “¡Viva México!”.
Este gesto, por el que obtuvo el “lugar de honor” para un subordinado valiente, es un detalle histórico destacado sobre los últimos momentos del emperador en el Cerro de las Campanas, ahí en donde el emperador Maximiliano dio una moneda a cada uno de los soldados, pidiendo: “Aquí en el pecho, no en la cara”.
Ahora bien, volviendo al personaje que, a los 35 años, fue gobernador de Oaxaca, explicaré el fin que tuvo Félix Díaz. Fue terrible, y los acontecimientos que a continuación leerán no solo son historia; son la versión narrada por testigos viejos que lo contaron en los albores del siglo XX, tal y como fueron los hechos que acabaron con la vida del coronel Félix Díaz Mori, gobernador del estado y quien fue asesinado por venganza.
Su nombre lo cambió el Colegio Militar, que lo registró en la historia como Félix. Su fin, el Chato Díaz, lo encontró después de una larga carrera militar en la Guerra de Reforma, la Intervención Francesa, donde Félix fue el primero en enfrentarlos, y el Segundo Imperio Mexicano (1864-1867). Sus actos fueron los que labraron su cruz: “El que a hierro mata, a hierro muere”, ya que, siendo gobernador del estado de Oaxaca (1868-1872), fue en el año de 1870 cuando, en la localidad de Juchitán de las Flores, hoy Juchitán de Zaragoza, un grupo de habitantes del Pueblo de las Flores atacó un retén del Ejército para cobrarse cuentas anteriores.
Los disturbios causados por los juchitecos atrajeron la atención del gobernador, de 37 años, quien en persona dirigió un cuerpo expedicionario para reprimir el levantamiento. Ese año de 1870 entró a Juchitán con lujo de violencia, quemando y destruyendo todo a su paso. El golpe que más lastimó el ego de los pobladores no fueron las casas quemadas, sino la profanación que hizo el “Chato” a su iglesia, entrando a caballo, lazando y sacando, arrastrando por las calles, la imagen de San Vicente Ferrer, para luego, por orden girada por el presidente Juárez, devolverla cortándole los pies al no caber en la caja, que había quedado chica, y entregando el santo a los juchitecos ya mutilado para que pudiera caber.
Con el paso de los años y el devenir de la política, Porfirio lanzó contra Juárez su Plan de la Noria para derrocar su gobierno. Félix decidió acompañar a su hermano en lo que sería su última jugada, tentando a la suerte. Sin embargo, cuando la campaña de su hermano iba a pique, decidió huir de Oaxaca por el océano Pacífico; pero dirigirse hacia los puertos del occidente implicaba acercarse a la región del Istmo, donde se encontraban los juchitecos, quienes no habían olvidado lo ocurrido poco más de un año antes.
El audaz militar continuó su camino de Miahuatlán hasta Puerto Ángel, donde el destino se mostró nuevamente adverso. Al llegar, le informaron que el barco estadounidense Adamay había partido y que no existía otro transporte en la costa oaxaqueña para sacarlo del país. Félix decidió jugar su última carta internándose en los bosques de Tonameca para ocultarse y regresar a Puerto Ángel cuando atracara la siguiente embarcación.
Hasta Juchitán llegaron las noticias sobre la ruta que seguía el Chato Díaz. Quizá había llegado la hora de la venganza. De inmediato, dos fuerzas, una comandada por Albino Jiménez, jefe juchiteco, y otra por Benigno Cartas, avanzaron hacia la costa oaxaqueña y, en la madrugada de aquel 21 de enero, lograron aprehender a Díaz y a sus compañeros en el cerro del Perico.
Félix se encontraba en un estado lamentable. Derrotado, mal comido y lejos de su familia, atravesaba por una profunda depresión que había acabado con su ánimo guerrero. Ni siquiera sabiéndose a merced de sus peores enemigos hizo algo para evitar su captura.
Una vez en manos de los juchitecos, no había más alternativa que la muerte; pero la forma en que tenían preparada su ejecución rebasaba los límites de la imaginación. La afilada hoja del cuchillo rebanó por completo la planta del pie. El grito fue desgarrador. Habían transcurrido apenas algunos segundos cuando Félix sintió cómo le arrancaban la otra planta. Era solo el principio.
Los juchitecos lo incorporaron y lo obligaron a caminar sobre la tierra, disfrutando de su dolor, dándole de latigazos, escupiéndole en el rostro y tirándolo al suelo para que volviera a incorporarse. Entre gritos e insultos, se acercaban para decirle: «Acuérdate de San Vicente». Eran las primeras horas del 23 de enero de 1872.
Paradójicamente, la figura de piedra de un San Vicente había sido utilizada por Porfirio Díaz en 1865 para escapar de su cautiverio en Puebla. Ahora, la imagen de un San Vicente mostraba el camino del martirio a su hermano Félix.
El festín de sangre seguía su curso. Luego de la dolorosa marcha, los juchitecos ataron de los pies al Chato Díaz y lo arrastraron con la misma saña que el gobernador había utilizado con la figura de madera de San Vicente Ferrer. La fortaleza física del guerrero fue insuficiente para resistir; la piel de su cuerpo se mostraba hecha jirones y la sangre apenas era perceptible por la cantidad de tierra que se había pegado a su piel.
Minutos después sobrevinieron los estertores, hasta que finalmente falleció. Los jefes juchitecos decidieron entregar el cadáver en las mismas condiciones en las que recibieron a su San Vicente: el cuerpo de Félix fue mutilado y sus genitales fueron cortados y colocados en su boca.
Después de la siniestra orgía de sangre, los cadáveres del Chato y de su compañero Robles —a quien solo ejecutaron— fueron llevados a Pochutla, donde se les dio cristiana sepultura.
Los partes oficiales sobre la muerte de Félix Díaz solo mencionaron su ejecución. Ningún detalle del tormento. Días más tarde fue nombrado nuevo gobernador de Oaxaca el licenciado Félix Romero, quien era leal al presidente Juárez, y escribió: «Si bien es sensible la muerte de un hombre, la de este señor era necesaria, por tantos males que ha causado, y hoy Oaxaca respirará».
Tiempo después, los restos del coronel Félix Díaz fueron exhumados por su viuda, Rafaela Varela, y depositados en el panteón de la ciudad de Oaxaca, junto a su madre, doña Petrona Mori Cortés.
En el Panteón de San Miguel, aquí, en nuestra ciudad, existe una tumba. El monumento se distingue al entrar al camposanto. Se trata de una tumba en forma de pirámide, fechada en 1893, ya que fue durante el gobierno de Martín González cuando se construyó. En una de sus caras muestra el nombre del soldado que enfrentó a los franceses en el Fortín de las Flores, en el límite de Puebla y Veracruz, y que luego, en la batalla del 5 de mayo, acompañado de plateados y bandidos de Río Frío, a las órdenes del general Porfirio Díaz, hizo huir a los zuavos y a los franceses.
Así que los dos cadetes, Miramón, de cuna rica, y Félix, de cuna humilde, tuvieron un final trágico: el general Miguel Miramón, a los 36 años, y el general Félix Díaz, a los 39; vidas jóvenes e interesantes, llenas de drama y valentía.
Oaxaca de Juárez, Oax., a 29 de junio de 2026.
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la Federación Nacional de Asociaciones de Cronistas Mexicanos A.C.


































