La industria del chantaje político ha sido tan redituable para algunos jefes de las tribus del magisterio (cartel22) que, aunque en el 2006 sus tácticas de terrorismo llegaron a extremos insostenibles, insisten en que permanezca esta forma de extorsión. Siguen en la misma línea a pesar del discurso insistente del presidente AMLO de que “esto ya no es como antes”. También señala sobre estos grupos: “son de los que dicen dame, dame y dame. No tienen llenadera”.
López Obrador tiene muy claro el panorama del chantaje político y como, en su momento, los utilizó para alcanzar el poder, hay la esperanza de que se aplaquen o, al menos, que cambien de modus operandi.
El reciente relevo en la Secretaría General de Gobierno y los intentos mitigados de azuzar a los normalistas son señales de que el gobierno de Oaxaca está reaccionando. Mostrar tolerancia excesiva ante estos agitadores puede incubar en Oaxaca una anarquía normalista como la que padece el vecino estado de Guerrero.
Entre los grupos que azuzan este tipo de chantaje y algunos políticos perversos, suelen vender la idea de que el que tiene el control de estas catervas debe tener posición en el gobierno para mantenerlos sosegados. Todo parece indicar que esta práctica se acaba.
En el 2006 no solo fue la barbarie también fue el saqueo del patrimonio de Oaxaca. Una de mis fuentes revela que, durante el Gabinato, el 70 por ciento de los ingresos propios del estado, se los entregaron a los jefes de los grupos desestabilizadores del cartel 22 donde se incluye a la tenebrosa APPO. Tan solo la UTE como el eslabón entre Gabino y el cartel 22, calculan que, en una de las últimas negociaciones, recibió 60 millones de pesos en efectivo.
Pero allí no terminó la “cosecha”. En el gobierno de Gabino las distintas tribus magisteriales y organizaciones “sociales” que nacieron al amparo de la revuelta del 2006 recibieron una especie de franquicia. Cada uno puso su constructora “patito” o tenían la libertad de escoger la empresa que hiciera las obras que negociaban. Como gestores hasta tenían un “techo financiero” anual y la facultad de concesionar las obras. De entrada, exigían un “moche” de 30 por ciento, otros, de plano no concluían las obras o eran de pésima calidad. Así saquearon Oaxaca y surgieron muchos millonarios al amparo de la “primera revolución del siglo 21”, como llamaron aquella asonada. Los pagos más fuertes para todos fueron en el gobierno de Gabino, pero empezaron con Ulises que negociaba con el cartel 22-APPO mediante cajas repletas de billetes. Así lo relata mi fuente, preocupado hoy por la intentona de algunos políticos malosos por revivir el activismo de los normalistas.
MALDITA ESCUELA
Aquel momento cumbre del chantaje político no sólo provocó asesinatos entre uno y otro bando. En Oaxaca sembraron la maldita escuela de la desestabilización social en la que confluyeron el narcotráfico y la guerrilla. Un binomio letal que sembró prácticas tan nefastas como el secuestro e incendio de camiones, el sitio de la ciudad a través de las barricadas donde traficaban con drogas. Entre tanta algarada nació la práctica de lanzamiento de cohetones (bazucas caseras) contra las fuerzas del orden y hasta helicópteros; la toma de casetas de peaje para extorsionar a los automovilistas que en lugar de pagar por el uso de la supercarretera entregaban el dinero a los extorsionadores de la APPO. La nefasta práctica quedó para quedarse, lamentablemente, y hasta se exporta.
Las evidencias de la presencia del narcotráfico en las barricadas eran las lujosas camionetas que utilizaban para el reparto de alimentos y, luego de la incursión de la PFP, las negociaciones con los capos del narco desde las cárceles. Mi fuente asegura que allí decidían los nombres de activistas que tenían que ser liberados. Flavio Sosa -según mi informante- como agitador nato, fue usado para encabezar las embestidas, pero no tuvo mayor poder de decisión; sólo fue un buen instrumento para los capos encubiertos.
Cuando el entonces “líder” del cártel 22 Enrique Rueda fue desconocido y los mismos comandantes guerrilleros censuraron la anarquía que envolvió al llamado “movimiento magisterial”, intervino la PFP cuyas derivaciones todos conocemos. Desconocido Enrique Rueda como dirigente formal en medio de señalamientos de gran corrupción, entró al relevo Ezequiel Rosales que siguió las mismas prácticas.
EN LA MIRA
El IEEPO y la misma SEP han descubierto en las recientes movilizaciones de normalistas el espectro que animó la sedición del 2006. A eso se debe el puntual seguimiento que han dado a las peticiones de los marchistas y han encontrado que la razón no les asiste.
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