Cuando en 1987 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), decidió a través de sus órganos de composición restringida, reconocer a Oaxaca como Patrimonio Cultural de la Humanidad, lo hizo a partir del estado de conservación que nuestra capital tenía de su arquitectura novohispana. La misma se había conservado por siglos, no obstante el daño ocasionado por el hombre, el tiempo y los desastres naturales. Pese a temblores y demás siniestros, nuestros ancestros trataron de cuidar ese rico legado, dejado a ellos mismos por sus antepasados. Todo ello movió el Comité del Patrimonio Mundial de dicha organización del sistema de las Naciones Unidas, para calificar a la Ciudad de Oaxaca de Juárez, el conjunto conventual de Cuilapan de Guerrero y la Zona Arqueológica de Monte Albán, como sitios de excepcional belleza e historia. Ya desde tiempo atrás la capital había sido considerada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), lugar de sitios y monumentos, lo cual provino de un catálogo minucioso sobre inmuebles históricos que habría que proteger.
No obstante lo anterior, se ha observado una y otra vez la destrucción de edificios que incluso tienen el sello de “inmuebles catalogados”. El pasado lunes apareció en redes sociales una fotografía en donde un trabajador perforaba con un barreno metálico, cantera grabada en un edificio de estilo neoclásico ubicado frente al Paseo Juárez El Llano. La misma fue tomada por un automovilista que pasó por enfrente y se dio cuenta del agravio a nuestro patrimonio histórico, sin que estuviera visible la licencia para este tipo de remodelaciones o destrucciones. Ni el INAH ni mucho menos el Ayuntamiento de la Ciudad de Oaxaca, que tiene un área destinada a la vigilancia del Centro Histórico se apersonaron a través de sus supervisores o inspectores. No es la primera vez que una situación similar ocurre, ante los ojos complacientes de las autoridades tanto federales como municipales. Sin argumentos para rebatir lo anterior, aún aparecieron en las redes sociales depredadores que aplauden este tipo de acciones o las justifican. Lo mismo ha ocurrido con decenas o más bien centenas de casonas que se han rehabilitado, dejando solamente como testigo de una época de esplendor, las fachadas. Pero si algún vecino se atreve a hacerlo por su cuenta, no hay duda que le caerán como buitres para suspenderle la obra.
Rescate o picota
Del inmueble que nos referimos líneas arriba, al menos no se tiene noticia de que esté en malas condiciones. He ahí la indignación ciudadana, pues lo que se observa es la pulverización de una pieza de cantera labrada, en donde aparece una especie de hoja. Sin embargo, se han detectado decenas y decenas de viejas casonas que están a punto de venirse abajo. Con las lluvias intensas de los últimos tiempos, no hay duda que algunas construcciones de adobe, cederán ante el peso y la humedad. Ésas deberían tener otro tratamiento, habida cuenta de que representan un grave riesgo tanto para los peatones y automovilistas, como para los edificios vecinos. Se trata de casas de los siglos XIX y principios del XX, cuyo deterioro es evidente y requieren un dictamen tanto para poder salvarlas como para que sus propietarios –si es que los hay- las pongan a la venta y algunos organismos altruistas puedan remodelarlas. En ciudades como Puebla o Morelia, también consideradas Patrimonio Cultural de la Humanidad se han tomado otras medidas. Es cierto, hay que conservar pero cuando la destrucción es evidente, no hay más que la picota. No obstante lo anterior, difícilmente figuran en el Atlas de Riesgo para la atención de las Unidades de Protección Civil, tanto estatal como municipal.
En los últimos años, EL IMPARCIAL. El Mejor diario de Oaxaca, se ha dado a la tarea de documentar el estado de dichos inmuebles; de la destrucción paulatina de nuestro patrimonio cultural, pero asimismo, del riesgo que representan algunas propiedades que se han dejado al arbitrio del tiempo, la destrucción y la ignominia, por parte de los propietarios. Suena paradójico que las autoridades, no obstante el grave riesgo para la ciudadanía, ni siquiera toman en cuenta esta situación. Por el contrario hacen caso omiso, ante las campañas que hemos emprendido al respecto. Insistimos: no hay un catálogo documentado sobre la cantidad de inmuebles abandonados, aquellos que pueden ser remodelados y otros que están prácticamente perdidos. Buscar a los propietarios y poner las casas eventualmente a subasta. Hay propietarios o herederos que desde hace mucho dejaron de pagar los impuestos obligados que tienen que cubrirse cada año y, por tanto, las propiedades están en calidad de morosas. Otras más fueron dejadas sin testamento, como algunas vecindades que aún abundan en diversos rumbos de la capital oaxaqueña.


































