Ahora que son tiempos de graduaciones, voy a hablar un poco de aquello de lo que nadie habla y que tiene que ver con la calidad de nuestra vida pública a mediano y largo plazo.
Debemos plantearnos seriamente la pregunta: ¿Qué clase de profesionistas están formando nuestras universidades?
Independientemente desde qué lugar de México nos hagamos esta interrogante, es un hecho que la Universidad sigue dejando de ser lo que antes era. Y no precisamente para bien.
En una lectura que recientemente me asignaron en el Doctorado, el gran semiólogo italiano Umberto Eco (autor del imprescindible “El nombre de la rosa”) da cuenta de cómo la Universidad en el mundo pasó de ser un lugar de privilegio exclusivo para las juventudes de familias adineradas a una Universidad popular, de masas.
En México, las universidades autónomas llegaron a ser el epítome del cambio social desde la educación, y recientemente han recibido auxilio de un grupo ejemplar de universidades privadas que con colegiaturas accesibles y profesorado de calidad hacen posible que las clases medias den a sus hijos la educación que ellos mismos no pudieron recibir.
Sin embargo, algo pasó y tiene a buena parte de nuestra Universidad en crisis, y la parte más necrosada es la pública.
No hace falta hacer complicados diagnósticos. Basta con voltear a ver nuestro entorno: alumnos sin maestros, maestros sin alumnos, aulas vacías, despersonalización, profesores incompetentes, indiferencia institucional, escuelas y facultades como ordeñas de dinero (incluso en aquellas que tendrían que ser gratuitas por mandato constitucional), nula transparencia, permanentes pugnas entre grupos de poder y pago indigno a los docentes, entre otras cosas.
El resultado: alumnos en la orfandad; jóvenes que -en la generalidad de los casos- salen peor que como entran. Porque al cabo de 5 años les han matado la esperanza.
Se acabaron los tiempos donde los directivos conocían a sus estudiantes, donde las aulas eran espacio no solo de obtención de conocimiento sino para el análisis crítico y la discusión, donde los jóvenes se organizaban en torno a causas elevadas, donde los profesores eran además tutores responsables del desarrollo de los futuros profesionistas.
Hoy los jóvenes están en la completa orfandad. Les matamos sus esperanzas y algo no menos grave: matamos por la espalda la esperanza de sus padres.
Hoy tenemos jóvenes que no reciben un solo día de clases y egresan; y no es raro que hasta se titulen.
Por eso (como lo hemos analizado en este espacio) algunas profesiones pierden presencia social y política.
No estamos quedando sin profesionistas y no pasa nada.
Lo único que yo puedo aconsejarles a los pocos jóvenes que lean esta columna es lo que siempre aconsejo en la primera clase a todos mis alumnos: que aprendan a ser autodidactas.
Que empeñen alma corazón y vida en formarse a sí mismos. Con un poco de ayuda hoy es posible.
El internet y la inteligencia artificial han democratizado el conocimiento y hoy es posible encontrarlo todo sabiendo cómo y donde buscarlo. Y es posible también acceder a las más complicadas materias de un modo sencillo y entendible.
Cierro con este párrafo de Eco que recién compartí en mis redes sociales:
“Se puede aprovechar la ocasión de la tesis (aunque el resto del periodo universitario haya sido desilusionante o frustrante) para … localizar los problemas, para afrontarlos con método, para exponerlos siguiendo ciertas técnicas de comunicación”.
Empiecen a trabajar sobre su tesis desde el primer día de clases.
*Magistrado Presidente de la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca

































