Se fue uno de los pilares de la llamada “vieja guardia” del periodismo oaxaqueño, cualquiera que fuera la definición de ello. Férreo defensor del periodismo bien escrito, de ese que se convierte en los ojos, los sentimientos y pega hasta el corazón…o las entrañas del lector.
Se fue Ismael San Martín, el eterno conductor, el capitán de uno de los grandes barcos del periodismo oaxaqueño. Uno de esos trasatlánticos que se niega a zozobrar. El diarismo que huele a tinta, el que ensordece con los rodillos de la rotativa durante las madrugadas eternas; el que aún se resiste a morir “tendido” sobre una manta del papel suspendida y a la espera de ser impresas con palabras, con fotografías, con notas relevantes, esclarecedoras.
Ese periodismo que tiene a Oaxaca, a los oaxaqueños como el centro de atención, el móvil del viejo periodismo, alejado del mercantilismo y de los likes.
San Martín, abogado del diarismo a profundidad; el que se recrea y define cada día, del reportaje, de la crónica; una nota bien escrita, con una prosa pulcra, como la que traslucía en su semanal columna Entredichos. Se va Ismael San Martin Hernández y, con él, un gran trozo de historia del periodismo oaxaqueño. Él encarnó el trabajo meticuloso del investigador. Es cierto, se resistía al envilecimiento del medio a través de las nuevas tecnologías previendo que el periodismo se iría convirtiendo en inmediatez sin verificar, sin contraste de fuentes. Ese periodismo que se ha reducido a poner la grabadora para “tener la nota”
Ese que viene prevaleciendo en los medios electrónicos, de recoger lo que el funcionario, el político quiere decir, sin cuestionamientos. Su divisa era ganar la nota a partir de un periodismo escrupuloso; es cierto, periodismo partidista muchas veces, hombre de izquierda, pero alejado de la militancia acrítica.
Gracias a él sobrevivió, se transformó “el azul” en uno de los medios más respetados no solo del sureste, sino del país. Referente sobre lo que sucedía en Oaxaca. Por sus manos pasaron viejos y nuevos periodistas, con él se formaron.
Ahí quedan, en la hemeroteca de Oaxaca las páginas, los reportajes, las notas para ser consulta y referencia de las próximas generaciones. Del periodistas por nacer que seguirá respetando su profesión.
Él dio cuenta de la visita del Papa Juan Pablo II a Oaxaca, del primer triunfo de la izquierda, de la primera y prometedora transición en el estado y el desencanto. Vivió tiempos viejos y nuevos: la caída de un gobernador, la escisión universitaria, el 2006, la Appo, dos transiciones.
Al igual que muchos de sus compañeros, estoicamente soportó por casi un mes el embate de un gobernador y “como lo que no mata, fortalece”, revitalizó al periodismo oaxaqueño. A él le debemos orientación, conducción, buena o mala, pero respetando sobre todo lo que siempre quiso y defendió: el periodismo, así, diáfano, sin estridencias ni cortapisas como era él, discreto.
La “vieja escuela”, cualquiera que ello fuera, se va con él.
¡Hasta siempre Ismael!









































