Hace dos semanas, una mujer atestiguaba el sepelio de un familiar en el Panteón General de la ciudad de Oaxaca. Este sábado, repetía en el camposanto, pero ahora dentro del ataúd que cuatro sepultureros colocaron en la tumba. Como en el primer caso, no tuvo un servicio con oraciones o la música que se ha vuelto parte de la tradición mortuoria entre los capitalinos. Sus deudos tampoco pudieron acompañarla las dos o hasta tres horas que empleados como Dagoberto Hernández han contado en despedidas como éstas. Tras el servicio sólo permanecieron unos minutos, pues desde hace más de tres meses, el tiempo máximo es de un cuarto de hora. Esta, sin embargo, no es la única restricción en el arribo a la última morada.
—Nada más viene la familia. Se le da permiso primero a uno o dos familiares para que vean el entierro y luego a los demás, hasta 10 personas, pero les tomamos la temperatura y las que la tengan alta no se les deja entrar.
Las medidas y restricciones establecidas por la autoridad municipal no los salvan de alguna discusión con los deudos. Hay quienes, como dice Dagoberto, sueltan “malas palabras”.
–Nosotros estamos aquí porque es nuestro trabajo, pero si no, estuviéramos en casa descansando.
En sus tres décadas como empleado de un panteón, no había visto inhumaciones como éstas. Pero en los últimos dos meses, a sus 56 años, ha contado varios servicios en los que se prescinde de un rezador o párroco. También se ha percatado que a este sitio han llegado los cuerpos de al menos una decena de difuntos con probable Covid-19, la enfermedad que ha dictado las nuevas reglas para los rituales de la muerte. Asegurar la enfermedad, dice, no es posible porque en las mismas boletas se señala como probable Covid.
—Desde que empezó esto, creo que al mes enterramos el primero. El más reciente se enterró ayer (sábado).
En el Panteón San Miguel, mejor conocido como General, son contadas las ocasiones en que se ha cerrado al público, como en ésta, en la que sólo tienen excepción las inhumaciones, mismas que incluso en tiempos de pandemia son pocas. La saturación del camposanto ha impedido que quienes carezcan de un espacio a perpetuidad en tal puedan utilizarlo como la última morada de sus seres queridos.
—Para los que no tienen un lugar es un poco difícil porque las oficinas del municipio casi no están trabajando. Es difícil para que les puedan ceder un lugar. Aquí ya no hay lugares, está saturado.
Ante una enfermedad como Covid-19, las autoridades de salud han recomendado la incineración de los cuerpos. Pero incluso si los deudos se deciden por ésta, serán otros los trabajadores funerarios que traten con los difuntos y el temor que puedan experimentar al manipular los restos. En el Panteón General, Dagoberto y sus compañeros no están exentos del temor o los riesgos. Pero se protegen, dice, con trajes especiales y caretas, además de tener un mayor cuidado.
¿Sienten miedo?
—La verdad, sí. Creo que este es un lugar en el que uno se puede infectar más rápido.











































