Desde chica, Joyce García tuvo mucho contacto con la música tropical. Los ritmos afrocaribeños y los afrocolombianos fueron constantes en su vida y en la cotidianidad de su natal Veracruz. “En la calle hay música, en los carnavales; siempre ha sido parte de mi infancia, de mi contexto social”, cuenta la realizadora que llevó ese gusto y amor por el baile a su ópera prima, el documental Yo no soy guapo. Solo que en él no habla de lo que le tocó vivir en su lugar de origen, sino de la música que le permitió tener un nuevo hogar en la Ciudad de México.
A partir de su contacto con una fiesta en La Merced, y en medio de una urbe donde todo transpira prisa y estrés, Joyce se enamoró de la cumbia sonidera. “Fue un reconocimiento con la música, pero como encontrar un nuevo amor”, dice la realizadora que ahora conduce al público por este camino. Bajo la guía de Guadalupe Tlacomulco, conocida como Lupita “La cigarrita”, y de Sonido Duende (padre e hijo llamados Ricardo Mendoza), Joyce comparte la vida en y en torno a la cumbia sonidera, además de la historia de esta en barrios emblemáticos de la Ciudad y Estado de México. Uno de ellos, Tepito.
La película producida por el colectivo La Furia Cine nace a partir de las fotografías que Joyce tomaba en las fiestas a las que acudía con sus amigos. Sin embargo, su paso al cine se da no solo por la necesidad de la veracruzana por experimentar este arte, sino por el querer reflejar un ambiente de cumbia, en donde tuviera gran valor el sonido.
Presentado como parte de la competencia México Primero, del VII Festival Internacional de Cine de Los Cabos, Yo no soy guapo se remite a parte de la historia de los sonideros, de su importancia en las fiestas de barrios como Tepito, pero también en la manera en que fueron incidiendo en la cultura local.
LA CUMBIA Y LAS MUJERES
Yo no soy guapo se adentra también en el papel de las mujeres en la cumbia sonidera. Entre ellas Elvia “La güera” y Guadalupe Reyes Salazar, “La socia” (fallecida hace tres décadas). Joyce sabía de esta última, pero no sabía cómo incluirla en el filme. Fue gracias a una inquietud de Lupita “La cigarrita” por ir a buscar sus raíces de sonidera que llegaron a los familiares de “La socia”. “Es uno de los logros más lindos de la película porque es una mujer a la que no se le ha dado ese lugar o reconocimiento, y que creo que va siendo hora de veamos a todas las mujeres que han estado atrás de los sonidos”, recuerda Joyce.
Las mujeres han sido parte esencial de esta expresión, ya sea como patrocinadoras de bailes, como las que compraban los discos o promovían las tocadas, señala García, sobre este trabajo que no se ha reconocido, pero que permite sostener a toda una estructura musical.
LA MÚSICA COMO IDENTIDAD
“Los sonideros surgen como la respuesta ante la marginalización, de que había una sola persona en el barrio que tenía un equipo de sonido y era la que lo prestaba para toda la comunidad. O se hacían bailes en la vecindad, en la que todo mundo cooperaba para pagarle algo al que prestaba el sonido”, señala Joyce sobre uno de los aspectos que toca el documental.
El filme replantea, además, a la cumbia sonidera como una forma de esparcimiento, de derecho a hacer y vivir la música en espacios públicos. Esto, al tener en contra situaciones de marginalización o estigmatización que invitan a pensar en sus necesidades de reafirmarse, de hallar una identidad y hermandad en comunidad.
“Lo que más me ha fascinado de ellos es que sus procesos son autogestivos, no hay nadie que los esté apoyando. Es una industria que han generado solos, en la que generan muchísimos empleos, han traído música, han instaurado un gusto musical en la población de la ciudad que es muy fuerte”.
La cumbia sonidera, que se muestra como elemento de unión y convivencia, es también presentada como una expresión con rasgos propios, que van desde las formas en que se anuncian los bailes, mediante pintas en bardas o carteles y estaciones de barrio muy distintivos.












































