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Así volvió a caminar Jered cinco años después de quedarse parapléjico

Cinco años después de sufrir un accidente con una moto de nieve y no poder mover ni un solo músculo de sus extremidades inferiores


Así volvió a caminar Jered cinco años después de quedarse parapléjico | El Imparcial de Oaxaca

Cinco años después de sufrir un accidente con una moto de nieve y no poder mover ni un solo músculo de sus extremidades inferiores, Jered Chinnock, de 29 años, ha vuelto a experimentar lo que se siente al caminar. Gracias a su participación en un ensayo clínico estadounidense realizado en la Clínica Mayo (Rochester), ha pasado de no agilizar ni siquiera un dedo del pie a recorrer la longitud de un estadio de fútbol.

Lo más novedoso es que lo ha hecho sin las señales del cerebro implicadas en los movimientos voluntarios. Es precisamente ésta la conexión que se rompe en las lesiones graves de la médula espinal y la que impide ponerse en pie y caminar. Como argumenta Manuel Murie, presidente de la Sociedad Española de Neurorrehabilitación, “a día de hoy, no tenemos ningún tratamiento eficaz para una persona con daño medular completo, como es el caso del paciente de la Clínica Mayo”.

Una realidad cada vez menos desoladora, a tenor de los resultados del ensayo clínico que acaba de publicar la revista Nature Medicine. Un equipo de investigadores de la Universidad de California-Los Ángeles (UCLA) y de la Clínica Mayo en Estados Unidos ha logrado sortear la ausencia de señales cerebrales que guíen los pasos con una combinación de electroestimulación y terapia física.

Los resultados los muestra este joven que hace dos años se enroló en el estudio que hoy da esperanza a aquellos pacientes que se encuentran en su misma situación. Llevaba cinco años sin poder moverse por culpa de la lesión que sufría en las vértebras torácicas, a mitad de la espalda. “Le habían diagnosticado pérdida completa de función por debajo de la lesión de la médula espinal, lo que significa que no podía moverse ni sentir en la zona afectada”, exponen los autores en el artículo.

En la primera fase del ensayo, el hombre participó en un programa de terapia física durante 22 semanas y después, Kendall Lee y su equipo, del departamento de Medicina Física y Rehabilitación de la Clínica Mayo, le implantaron quirúrgicamente un electrodo colocado en el espacio epidural, la parte más externa del canal espinal, justo por debajo del área lesionada. “El electrodo se conecta a un dispositivo generador de pulsos eléctricos debajo de la piel del abdomen y se comunica de forma inalámbrica con un controlador externo”. Se sabe que la estimulación eléctrica de la médula espinal tiene potencial terapéutico en humanos al facilitar contracciones musculares voluntarias, aunque el uso de este dispositivo requiere el permiso expreso de la Agencia Americana del Medicamento (FDA).

Cuando el paciente se recuperó de la cirugía, regresó al laboratorio para continuar con las sesiones de rehabilitación y la electroestimulación medular. La clave está en que los impulsos eléctricos se van ajustando y modulando mientras los fisioterapeutas ayudan al paciente a movilizar los músculos, con tareas específicas. Es decir, no es que estos impulsos den lugar al movimiento sino que, con mucho entrenamiento, son capaces de generar el aprendizaje necesario para caminar sin necesidad de que el cerebro intervenga. Según explican los autores, “con estos impulsos eléctricos se consigue imitar las señales del cerebro que de forma natural envía a los músculos para ejecutar movimientos voluntariamente”.

Así, tras 43 semanas de terapia física intensiva con electroestimulación medular (un total de 113 sesiones), el joven logró algunos hitos. Recorrió una distancia de 102 metros, caminó 331 pasos a una velocidad media de 0,20 metros por segundo y estuvo un total de 16 minutos caminando con asistencia.

Su primer logro fue mantenerse de pie. “El mero hecho de ponerse de pie disminuye la osteoporosis, el riesgo de fractura, los dolores…”, explica Murie. Después, dar pasos mientras estaba suspendido en un arnés. Los entrenadores le ayudaban a movilizar las caderas o las rodillas, a balancearse y a cambiar el punto del peso. Según iban transcurriendo los días y las semanas, el paciente dejó de utilizar el arnés y, con el apoyo de un andador con ruedas delanteras, fue capaz de gestionar todo su cuerpo para transferir el peso, mantener el equilibrio y propulsarse hacia delante. “La combinación de electroestimulación y rehabilitación permitió a las neuronas recibir la señal de que quería parase o dar un paso”, argumenta uno de los principales autores de la investigación, Kristin Zhao.

En palabras del neurocirujano Lee, “esto demuestra que las redes de neuronas que se encuentran por debajo de una lesión medular aún pueden funcionar después de una parálisis”.

Desgraciadamente, este experimento no supone un tratamiento para el estadounidense ni para ninguna persona que se encuentre en su misma situación. Como explica Antonio Oliviero, neurólogo y responsable de la dirección científica del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo y experto en técnicas de estimulación del sistema nervioso, “de momento, este tipo de pacientes no tiene posibilidad de recuperación. Se les enseña a moverse con la silla de ruedas y a realizar transferencias con los brazos y las manos (para ir de la cama a la silla, por ejemplo)”.

Lo que sí muestra este trabajo es un camino esperanzador. Según Ángel Gil, experto en biomecánica y jefe del servicio de rehabilitación del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, “los avances que se están produciendo en robótica, neuroprótesis, electroestimulación e incluso con células madre acabarán convergiendo para que en un futuro puedan dar resultados positivos”.

En la misma línea, Murie confía en que “en los próximos 15 años va a haber una revolución en el tratamiento del sistema nervioso, tanto cerebral como modular, porque estamos obteniendo resultados que antes eran impensables”.

Aunque estos resultados son “revolucionarios”, aún queda trabajo por hacer, argumenta Oliviero. “Hay que replicar las conclusiones en un grupo de pacientes para ver cuántos se podrían beneficiar y descartar que el hallazgo haya sido algo ocasional”. También hay que tener en cuenta que “el tratamiento es muy intenso, muchos días, muchos horas y meses”


 

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