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Arte y Cultura

Josué Ibarra se debate entre la artesanía y el arte

En su comunidad de origen, Santa María Huazolotitlán, es común la creación de máscaras de madera, una tradición que a Josué llevó hacia la escultura y la innovación


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Por cuestiones prácticas, Josué Ibarra López se presenta como artesano, aunque prefiere decirse alguien que trabaja la madera, sin más etiquetas. Claro que sabe que en el mercado y el mundo de las artes suelen plantearse diferencias entre un artesano y un artista. De ahí que también opte por la definición que le den las personas que conocen su trabajo, y que sea este el que le presente.

Entre aserrín, máquinas para cortar, gubias, pinturas y piezas en proceso, el originario de Santa María Huazolotitlán, municipio de la región Costa de Oaxaca, habla de sus raíces. Se remite a los recuerdos en la casa, al niño de seis años de edad que ayudaba a lijar y fondear las máscaras que hacía su padre, uno de los poco más de 100 que se dedican a ello en el pueblo. Pero en su caso y el de él, con mayor constancia y con la mirada en los retos, en las metas que le hagan ir más allá de lo común.

A Huazolotilán, su pueblo, se le identifica por las máscaras de tigre y de jaguar, parecidas a las que se usan para las danzas tradicionales. También, por las que se emplean en las danzas de “las mascaritas” y los “tejorones”, presentes en la mayor fiesta, la del viernes de Cuaresma.

“Sólo que las máscaras de jaguar y tigre casi no se usan en ese estilo. Se crearon como un signo con el que se le conoce al Huazolo”, aclara el joven de poco más de 30 años. Y es ese signo el que también le ha seguido a él, al menos en el imaginario de la gente a la que le cuenta que trabaja la madera. “Pero en mi caso no; trabajo las esculturas”.

Contrario a lo que se pudiera pensar, Ibarra no empezó su labor haciendo máscaras. A sus casi nueve años, fue directo a la escultura, con la figura de un armadillo (un mamífero de la familia de los osos hormigueros y los perezosos, con una piel que parece de escamas). “En vez de empezar con algo fácil, lo hice con algo más complicado, y con (la madera de) un árbol de guayaba, que es más duro”.

De ahí vinieron tortugas, conejos, coyotes, rinocerontes y otros animales, varios de los que le compró su tía, su primera clienta. A las máscaras de jaguar, llegó más tarde, y con mayor facilidad.

Entre las manos de Josué, la madera de cedro blanco (conocido en la región como árbol de tlacuache) cobra forma de conejos, jaguares, cabezas de cocodrilos e infinidad de animales que le permitan su imaginación y destreza. Los felinos pasan de las máscaras a las esculturas de gran tamaño, con un pintado nuevo, diferente del que se observa en los ejemplares vivos que corren aún en algunas áreas del estado. Los conejos, por su parte, parecen recrear mitos o leyendas, con colores que evocan aquella sobre su presencia en la luna. Los tejidos y bordados de culturas como la mixteca de la Costa también encuentran lugar en las reinterpretaciones de Josué, quien las lleva a sus piezas, como también la inspiración que encuentra en sus visitas a museos o en la observación de otras creaciones.

 

LA CONCIENCIA ECOLÓGICA Y LA SUSTENTABILIDAD

Con más de 20 años en la talla de madera, las mismas creaciones y necesidades han marcado la pauta para pensar en la conservación de la materia prima, una especie de árbol cotizado y del que Josué y su padre se dedican a reforestar desde hace unos tres años. “Es un árbol que no tarda mucho, en unos cinco o seis años ya está listo”, explica.

Sin embargo, reconoce que en la comunidad no todos los creadores han cobrado conciencia de ello. Ni de que en la innovación está también el camino para mantener el oficio y las tradiciones. Incluso, hace varios años a su padre se le tachó de “loco” por hacer algo distinto a las máscaras.

Y si bien esa no ha sido la suerte de Ibarra, sí la de forjarse un camino propio, lejos de los certámenes, exposiciones y otras estrategias que no siempre le funciona. Por eso prefiere que sea su obra la que hable y, a través de sus clientes, le vaya dando la recomendación de boca en boca.

 

CADA PIEZA ES PARTE DE LA VIDA DE QUIEN LA CREA

Cuando la escultura deja las manos del autor y pasa a pertenecer a quien la adquiere, sucede una especie de desprendimiento de emociones, de entrega de una parte de la vida de quien la creó. Así lo piensa Josué, aunque esto no siempre sea algo consciente en los demás.

“La gente a veces no sabe lo que pasa en la vida de quien está tallando la madera. Puede que tenga muchas preocupaciones, que pase por una situación difícil o de felicidad. Para mí implica emociones”, relata el tallador de madera que, como esta, sabe de otras situaciones que influyen en la valoración de las creaciones.

En su caso, observa que las esculturas en madera se valoran más en el mercado internacional o con compradores extranjeros. Pero no tanto en la propia comunidad, estado o país. Aunque reconoce que a diferencia de hace varios años se ha avanzado en ese aspecto.

“Anteriormente, no se valoraban mucho, pero aún seguimos teniendo ese conflicto de que el artesano es el que menos se beneficia. Los que se benefician son los intermediarios”.


 

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