Diego Ángel L. M., de 32 años, conocido por sus amigos como “El By Choco’s”, fue despedido como vivió: entre motores encendidos, cornetas desgarradas y el rumor metálico de las grúas que lo vieron crecer en el oficio. Tras una misa de cuerpo presente, familiares, amigos y compañeros de ruta lo acompañaron en un cortejo que no quería avanzar, como si cada paso hacia el panteón fuera un recordatorio de que la muerte, esta vez, llegó demasiado pronto.
El féretro salió de la funeraria ubicada en la última calle de Independencia, avanzando lentamente hacia la iglesia de Los Siete Príncipes en la plataforma de la grúa.
Ahí, entre rezos quebrados y manos temblorosas, se escuchó el primer “hasta pronto” así como aplausos. Después, la escena cambió: el cuerpo de Diego fue subido a la grúa de la misma empresa donde trabajaba, como si su último viaje sólo pudiera hacerse a bordo de la maquinaria que tantas veces maniobró con precisión y orgullo.
CAMINO AL PANTEÓN JARDÍN

Una caravana que parecía eterna. Desde lejos se observaban las luces de preventiva de las grúas que marcaron despedidas imposibles: al arribar al camposanto se escucharon las notas musicales de “Mi última caravana”, “Cuando un amigo se va” y “Diles que me fui de viaje”. Cada melodía se mezclaba con los ecos metálicos de los cornetazos que sus compañeros gruyeros lanzaron al aire, rompiendo el silencio y dejando marcada la tarde con un lamento de acero.
Ya frente a la tierra abierta que lo esperaba, sus compañeros de grúas formaron una guardia espontánea. No faltó ninguno: todos querían estar ahí en la fotografía junto a la tumba de Diego. Todos querían verlo partir, aunque fuera por última vez.
LA HISTORIA DETRÁS DEL ADIÓS
Horas antes de que su nombre se volviera noticia, Diego salió como cualquier mañana, el jueves 22 de enero de las instalaciones de la empresa Grúas Fuentes con destino a la carretera Ventanilla-Barranca Larga, antes de salir le dijo a la secretaria de la empresa “Ahorita regreso”, alcanzó a decir. Nadie se imaginaba que sería la última frase, el hilo más delgado entre la rutina y la tragedia.
Esa jornada lo llevó hasta el kilómetro 45 de la población de Coatlán de la citada carretera, donde un camión Torton cargado de cerdos había quedado siniestrado. Como tantas veces, Diego tomó los mandos de su unidad para comenzar la maniobra. Él conocía los riesgos, sabía leer cada crujido del acero… pero aquel día el destino no dio tregua.
El cable de acero cedió sin aviso. Un chicotazo brutal, seco, definitivo lo impacto. En un instante, la carretera quedó muda y el gremio perdió a uno de los suyos. Diego murió haciendo lo que sabía hacer, lo que hacía con orgullo: liberar caminos, sacar vehículos siniestrados.
Su nombre ahora pesa entre los compañeros que crecieron con él en la empresa, y duele en su familia y amigos que lo esperaban de vuelta. Su ausencia abre un hueco que nadie llenará.
DIEGO, QUE TU ÚLTIMO VIAJE SEA LIGERO
Hoy, sus amigos lo acompañaron hasta el final. Con cornetas, con motores y con la lealtad de quienes saben que la carretera se cobra vidas, pero también forja hermandades.
Descansa en paz, sobrino Diego.






































