Ha comenzado el año 2026 y me pongo a pensar qué ha sido de mi vida. Solo sé que aprendí en la escuela de la vida, porque nadie te pregunta si quieres inscribirte: basta con nacer y ya estás matriculado. No hay uniformes ni pupitres asignados, y el curso escolar nunca termina, por lo que no hay diplomas.
Lo curioso es que, en esta escuela, somos alumnos y maestros, donde el gran maestro es el tiempo: ese profesor exigente, paciente y a veces severo. No avisa de los exámenes. Un día te despiertas y ahí está el examen en el pupitre. Y si no has estudiado —autoconocimiento—, no tiene sentido pedir una segunda oportunidad.
Algunas materias son fáciles: el amor, la amistad, la alegría. Otras requieren más esfuerzo: la paciencia, la tolerancia, el perdón. También hay materias que preferiríamos no cursar: el dolor, la pérdida, la soledad. Pero es a través de ellas como el aprendizaje se profundiza, para bien de uno mismo.
El creador de la vida —muchos lo llamamos Dios— tiene una forma muy particular de preparar las clases. A veces enseña desde el cariño; otras, desde la dificultad. Y así acumulamos calificaciones, sin una boleta impresa, pero con un registro invisible en nuestros corazones.
En el conflicto aprendemos a valorar la paz del año que terminó, este pasado 2025; y en la escasez descubrimos lo suficiente para prevenir tiempos nuevos. En este 2026, espero que, al presenciar la injusticia, practiquemos la empatía con quienes nos necesitan y les brindemos nuestro apoyo.
Y así, en la vida diaria, aprenderemos el difícil arte de amar al prójimo, una lección que algunos repiten durante años sin llegar a dominarla.
En la escuela de la vida no hay descanso; no suena la campana para terminar el día. Cada jornada es una nueva lección. Y quizá el diploma final sea la serenidad de mirar atrás y decir: APRENDÍ. Cometí errores, pero aprendí. VIVÍ la lección hasta el último capítulo.
Así fue como, durante 60 años o quizá más, al recorrer campos y pueblos —primero como excursiones y después trabajando— he acumulado el conocimiento de lo que es el estado de Oaxaca. En este poco más de medio siglo también he conocido a cientos de seres humanos en las ocho regiones de su territorio, por lo que lo considero el estado reserva espiritual de la mexicanidad.
En el conocimiento empírico de los pueblos aprendí que el canto de la tortolita en la región de la Cañada, en el distrito de Cuicatlán, durante el tiempo de frío, indica que este se prolongará y que el ave pide más calor, aun cuando la Cañada registra una de las temperaturas más altas del estado, llegando hasta los 40 °C.
El chirriar de las chicharras, durante la Cuaresma, augura la continuación del calor en el verano, pero también anuncia el apareamiento, aunque se crea que solo piden agua.
El paso de los zopilotes —hoy en extinción— en parvada por nuestro cielo de zafiro, así como la agitación o el “juego” de los cerdos en el chiquero, señala un cambio drástico en el clima.
En las noches de octubre, cuando se observa en el cielo estrellado el doble halo lunar o “casa de la luna”, se señala un temblor o lluvia. Al recorrer el firmamento oaxaqueño, la luna también indica la acentuación del calor durante el año; y si se presenta de lado, el verano traerá agua.
Cuando se observa en el cielo un “pañuelo blanco” o banco de nubes a un costado del cerro de San Francisco Cajonos, en la Sierra Norte, es señal —para algunos serranos— de la aproximación de la temporada de lluvias.
Al recorrer el campo observé muchas veces la agitación de las hormigas y la aparición de humedad en pozas secas, lo cual indica la proximidad de la temporada pluvial en algunas regiones del estado.
En la región del Papaloapan se cree que la muerte de un hombre ahogado en el río augura que no lloverá durante 15 días; si el cuerpo es el de una mujer, indica que lloverá pronto o que las lluvias continuarán.
La nieve o las heladas que caen en lo alto del cerro de San Felipe del Agua, en la cañada de la Nevería, durante el Año Nuevo, presagian un buen año agrícola para los Valles Centrales de Oaxaca.
La muerte de una persona el primer día del año, máxime si se trata de una muerte violenta, es tomada como augurio de un año nefasto en general para todo el estado de Oaxaca.
El canto del tecolote dorado cerca de una casa, en el Istmo de Tehuantepec, presagia desgracias para quienes la habitan; y la muerte de un enfermo es trágica, por lo que la conseja dice: “cuando el tecolote canta, el indio muere”.
También, cuando se observan en el cielo las “peleas” de las enormes águilas arpías, estas son tomadas por los lugareños de la Sierra Norte —Sierra Juárez, particularmente en la región de Villa Alta— como signo de la muerte próxima de una mujer embarazada.
En la Costa, quienes sueñan que se les cae un diente lo interpretan como señal de la muerte de un familiar cercano o de una desgracia en la familia.
En Oaxaca también se cree que los colores tienen significado. Por ejemplo, se dice que el morado es de buena suerte; que el blanco es menos favorable que el morado; que el rojo es aún menos favorable que el blanco; y que el negro se considera de muy mala suerte.
En la Mixteca Alta y Baja —Huajuapan, Tlaxiaco, Teposcolula y Nochixtlán— también se cree que los días de la semana influyen en la vida del hombre. El sábado y domingo se consideran buenos para todos; el lunes es menos favorable, por lo que se dice: “En lunes ni las gallinas ponen, ni la mujer del albañil come”. Los miércoles y viernes tampoco son considerados días propicios para algunos.
Pero más allá de los mitos de antaño y ogaño, está la historia viva de nuestros antepasados, la cual nosotros, los vivos, conservamos. Así vemos cómo la historia de la Iglesia ha evolucionado durante veinte siglos, acumulando años de feligresía pese a guerras, terremotos, epidemias y terribles invasiones, como las de los hunos liderados por Atila en el siglo V d. C.
A través de la lectura conocí que, con el paso del tiempo, los hombres crearon distintas iglesias. Martín Lutero, al no estar de acuerdo con la Iglesia católica, fundó la Iglesia Luterana en 1517, presentando sus 95 tesis.
Juan Calvino (1509-1564), líder francés de la Reforma protestante, influyó en el desarrollo de las iglesias reformadas en Suiza, Francia y Escocia. Su teología se centró en la soberanía de Dios, la predestinación y la autoridad de la Biblia, y quedó plasmada en su obra Institución de la religión cristiana.
Posteriormente, John Smith fundó la Iglesia Bautista al separarse de la Iglesia Anglicana.
William Miller, religioso que afirmaba recibir revelaciones divinas, influyó en el surgimiento del adventismo. Ellen G. White, seguidora de sus ideas, fundó la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
Charles T. Russell lideró en 1872 el movimiento de los Estudiantes de la Biblia, del cual surgieron los Testigos de Jehová.
Joseph Smith (1805-1844) fundó la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días —los mormones— el 6 de abril de 1830 en Nueva York.
John Wesley inició el metodismo en 1739, separándose de la Iglesia Anglicana.
Posteriormente surgió el movimiento pentecostal en 1906, en la calle Azusa, en Los Ángeles, del cual derivaron numerosas iglesias.
Y así, cada quien, si no le gusta lo que existe, puede levantar una carpa y fundar su propia iglesia, pues lo importante parece ser llenar de creyentes los templos para obtener beneficios económicos, aun cuando en ello vaya la fe.
Feliz Año Nuevo 2026.
Oaxaca de Juárez, Oax., a 05 de enero de 2026.
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la Federación Nacional de Asociaciones de Cronistas Mexicanos A.C.



































