Hoy se cumplen exactamente 210 años de su muerte. Quiero recordar en esta página al Generalísimo José María Morelos, quien entró a la ciudad de Oaxaca el 25 de noviembre de 1812 y vivió casi dos meses entre nosotros. Durante ese tiempo, José María Morelos y Pavón se enamoró de la ciudad de Antequera. Su casa estaba con vista al Jardín de la Constitución, desde donde salió el 9 de febrero de 1813, iniciando así su cuarta campaña, con el fin de apoderarse de Acapulco.
Después de tres años de lucha, Morelos cayó en manos de los realistas al mando del veterano español Félix María Calleja del Rey (1753-1828), vencedor del Puente de Calderón en 1811, quien informó al rey de la siguiente manera:
“Me satisface participar a vuestra excelencia que este 30 de noviembre de 1815, Morelos fue apresado el 5 del mes en curso en el río Mezcala, en el camino real de Acapulco”.
Con ello concluyó el liderazgo del cura de Carácuaro, que duró cinco años y lo convirtió en la cabeza más visible de la causa insurgente.
Félix María Calleja no se engañaba: la captura efectivamente desataría la reacción de los insurgentes que aún daban pelea. El traslado de Morelos a la ciudad de México para su condena lo realizó el propio Calleja, quien vivía en Nueva España desde hacía más de veinte años (1789) y, al haberse casado con una rica heredera criolla, sentía ya algunas simpatías —no tan encubiertas— por la independencia del reino.
Calleja llegó con el virrey Revillagigedo y fue el sexagésimo virrey, por lo que representaba a la Corona, además de ser el gran rival militar de Morelos. Aquel perdón sería, sencillamente, imposible. La captura del cura desmoralizó a las tropas insurgentes, que entraron en crisis y dispersión. En su informe de noviembre, Calleja aseguró que “no hay reunión en la actualidad que sea de cuidados”.
El virrey dio cuentas: Nueva España estaba pacificada. Calleja quiso que el proceso inquisitorial de la degradación sacerdotal de Morelos fuera conocido por los ciudadanos de México para infundir miedo y evitar que otros sacerdotes se sumaran a la insurgencia. Sin embargo, más de veinte lo hicieron, convirtiéndose después en nuevos cabecillas del movimiento.
El 24 y 25 de noviembre, Morelos fue enjuiciado por el Santo Oficio por herejía y por abandonar el sacerdocio, arruinando —según el tribunal— su alma al despreciar las amenazas de excomunión de los obispos del Bajío contra los insurgentes. Incluso el hecho de haber enviado a su hijo Juan Nepomuceno a estudiar a Estados Unidos se convirtió en cargo criminal contra este michoacano.
El Santo Oficio forzó la norma, pues el cura no incurrió en ninguna de las causales. El clero, para desvanecer sospechas de simpatizar con la insurgencia, chantajeó a Morelos haciéndole saber que no podría morir como católico a menos que se retractara de su pasado guerrillero y proporcionara información relevante para acabar con los insurrectos.
Morelos reveló una lista de trece generales insurgentes. Aunque en ella aparecían López Rayón y Guadalupe Victoria, no mencionó a su sucesor Vicente Guerrero. Tampoco dio nombres de quienes apoyaban el movimiento en las ciudades del reino ni delató a los criollos insurgentes agrupados en la logia secreta de Los Guadalupes, con quienes tenía relación.
Sin embargo, al día siguiente de la degradación, el oidor Miguel de Bataller —criollo leal a la Corona— pidió para este reo la pena de muerte. Se planteó cercenarle las manos: la izquierda sería clavada en la Plaza Mayor de la ciudad de México y la derecha enviada a Antequera, hoy Oaxaca. Calleja, ya convertido en virrey (1813-1816), tardó casi un mes en dictar la sentencia.
El 20 de diciembre anunció que Morelos moriría fusilado como traidor, fuera de la capital del reino, pero sin mutilación. Hombre de honor, Calleja evitó a su gran contrincante esa afrenta. Arrodillado, José María Morelos escuchó la sentencia en voz del coronel Manuel de la Concha.
La muerte llegó sin dilación. El fusilamiento se realizó en Ecatepec. Concha sacó previamente a Morelos de la Ciudadela y lo condujo al norte del valle. El sentenciado llegó a la Villa de Guadalupe, donde, a pesar de los grilletes, se arrodilló para encomendarse a la Virgen de Guadalupe, patrona de la causa insurgente. Al llegar a Ecatepec, el general se mostró sereno; incluso charló con su ejecutor.
El lugar era árido y el caudillo lo comparó con el jardín donde nació, en Valladolid. Ese día comió caldo de garbanzos y fumó su puro. Se confesó y, cerca de las tres de la tarde, abrazó al coronel de la Concha. Alguien —no se sabe quién— le prestó un crucifijo, al que dijo:
“Señor, si yo hube obrado bien, tú lo sabes; y si acaso hice mal, me acogeré a tu infinita misericordia”.
Morelos estaba en paz. Al inicio de su prisión escribió a su hijo Juan Nepomuceno: “Morir será nada cuando por la patria se muere, y yo he cumplido como debía con mi conciencia y como americano”. Él mismo se vendó los ojos y se colocó de espaldas al pelotón. Fueron necesarias dos descargas para matarlo, aquel 22 de diciembre, en San Cristóbal Ecatepec.
Ocho años después de su muerte, ya consumada la independencia y caído el imperio de Agustín de Iturbide, se dice que los restos de Morelos fueron exhumados y llevados a la Villa de Guadalupe, donde se reunieron con los de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, en un acto de desagravio rendido por el Congreso.
Para 1828, Morelos era ya un héroe, por lo que la ciudad de Valladolid tomó el nombre de Morelia. Al trasladar los restos a la Catedral de la ciudad de México, se realizó un funeral de héroes de la patria. En 1895, el deterioro obligó a depositarlos en urnas y, tras una jornada de homenajes en el patio de la antigua Aduana —hoy parte de la Secretaría de Educación Pública—, los restos fueron colocados con solemnidad en la Catedral Metropolitana.
En 1925, el reportero Jacobo Dalevuelta, de origen oaxaqueño y cuyo nombre real era Fernando Ramírez de Aguilar, aseguró en primera plana del periódico El Universal que los restos de Morelos habrían sido sustraídos en 1866 por Juan Nepomuceno Almonte, hijo del cura de Carácuaro, cuando abandonó México para marcharse a Francia.
Dalevuelta retomó un testimonio confuso del cronista Luis González Obregón sobre una mala identificación de los restos, además de viejas habladurías derivadas de la mala prensa de la época y del desprestigio que sufrió Almonte al aliarse con el partido conservador y el proyecto imperial.
Sin embargo, el periodista no presentó una sola prueba sólida. Hoy sabemos, por testimonios de 1823, que los restos de los caudillos se mezclaron en aquel primer funeral, por lo que Almonte nunca pudo haberlos sustraído ni identificado.
En el terreno del “se dice”, se habla de un dudoso análisis forense realizado por el INAH en 2010 a un cráneo hallado en una urna de plata con el nombre de Morelos, que supuestamente coincidía con sus características físicas y las circunstancias de su muerte.
“Haiga sido como haiga sido”, a lo largo de los siglos XX y XXI la idea del robo de los restos de Morelos ha gozado de popularidad y ha sido noticia de primera plana en varias ocasiones, sin que nadie haya logrado comprobarlo. Con todo ello, el Siervo de la Nación —título que adoptó en Chilpancingo de los Bravos tras las críticas de Rayón al de Generalísimo— sigue, a mi modo de ver, aún distante de su patria y de la lucha por la independencia por la que México idolatra al gran José María Morelos y Pavón.



































