
La Guerra de los Cristeros comenzó el 3 de agosto de 1926 y duró hasta el 21 de julio de 1929. El motivo principal de este conflicto fue el rechazo a la Ley Calles, promulgada el 14 de junio de 1926, que limitaba la influencia de la Iglesia católica en México y establecía restricciones a la libertad de culto, aun cuando estas limitaciones ya estaban contempladas en la Constitución de 1917.
Otro motivo fue la expropiación de bienes que aún conservaba la Iglesia —como el caso del exconvento Betlemita, ocupado por el Seminario de la Santa Cruz—, así como la prohibición de manifestaciones de fe fuera de los templos —como las calendas—. También se restringió el toque de campanas, cuyo incumplimiento se castigaba con una multa de $100.00, además de reducirse el número de sacerdotes permitido por el gobierno.
El número de muertos en el país fue de aproximadamente 250 mil personas. La guerra terminó con la firma de acuerdos entre el gobierno y la Iglesia católica, en el contexto de la política anticlerical del presidente Plutarco Elías Calles.
Estamos a unos meses del primer centenario del inicio de este conflicto y quiero contarles lo que muchos ignoran, pues todavía hay quienes creen que la guerra cristera solo se vivió como un conflicto armado en el Bajío y en la Perla de Occidente. Hoy, con los ánimos apagados, comparto lo que los últimos testigos nos contaron; quienes conocían la historia se han ido. Recuerdo, entre otros, a don Luis Castañeda Guzmán, Alberto Bustamante Vasconcelos, Guillermo Villa Castañeda, al querido José de la Luz Bonequi Sandoval y a don Everardo Ramírez Bohórquez. Pero, sobre todo, a don Jorge F. Iturribarría Martínez, a quien conocí y admiro por su obra histórica.
Empezaré diciendo que, durante la cristiada, el clero llegó a tener acuerdos con el Gobierno del Estado para ocultar las rebeliones del pueblo entre 1926 y 1929. En esos años, México vivió un conflicto social y armado por la aplicación estricta de leyes anticlericales. La Guerra Cristera sacudió el centro y occidente del país. La polémica se generó por la implementación de la Ley Calles, lo que provocó levantamientos rurales conocidos como cristeros. La represión, la movilización popular y la intervención diplomática marcaron años de confrontación y negociaciones. El conflicto dejó miles de muertos y profundas heridas sociales. Décadas después, las relaciones entre el Estado y la Iglesia evolucionaron, pero la cristiada sigue siendo un episodio complejo de nuestra historia.
Hoy seguimos creyendo que la política y la religión deben mantenerse separadas. Recordemos el motín en Santa María de la Asunción Tlaxiaco, donde soldados asesinaron al padre y al hijo por repartir publicaciones católicas —ambos en proceso de beatificación en Roma—. Y en 1926, cuando el Gobierno del Estado intentó tomar el templo de Santa María de los Ángeles, conocido como el de Los Siete Príncipes, la población del barrio se amotinó y murieron dos soldados. Sus compañeros, espantados por lo ocurrido, respondieron con las armas y fusilaron a un parroquiano. Este hecho fue ocultado por el padre Carlos Gracida, entonces Gobernador de la Mitra.
Aunque el gobierno intentaba ocultar los hechos, la información sobre la rebelión se filtraba. En el estado, la situación llegó a ser un verdadero peligro. El padre Ignacio Colmenares fue arrestado en mayo de 1927 porque el pueblo de San Juan Mixtepec, en el distrito de Tlaxiaco, se había levantado. Fue liberado gracias al padre Carlos Gracida.
En 1928 se rebelaron pueblos de la Sierra Norte de Oaxaca. En el Valle, los cristeros tomaron San Lorenzo Zimatlán y aniquilaron a una partida del 56 Regimiento de Infantería en Elotepec, donde murieron 36 soldados; días después mataron a otros 12. Poco después se rebelaron San Pedro el Alto, Amialtepec y Tlaxiaco, cuyo cuerpo cristero conquistó Putla. Para diciembre, los cristeros podían organizar operativos a gran escala contra el ejército, al que tendían emboscadas con frecuencia. A principios de 1929, el gobierno federal tuvo que reconocer a Oaxaca como uno de los estados rebeldes, junto con Colima, Nayarit, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Aguascalientes, Zacatecas, Durango, Sonora, Veracruz, Puebla, Hidalgo, Querétaro y Sinaloa.
El general Matías Ramos publicó una circular en Oaxaca que decía: “El presidente de la República ordena la reconcentración de todos los párrocos a esta capital del estado por la labor sediciosa que ha estado desarrollando el cura Benito Vásquez de San Juan Mixtepec en la Mixteca y los curas de Cuilápam de Guerrero, Tepelmeme y Silacayoapan, y de cuya labor no son ajenos los demás que residen en el estado”. Sin embargo, cuando los curas no acudieron, no pasó nada.
Los rebeldes cristeros invadieron Huajuapan al grito de “¡Viva la Religión, muera el mal gobierno!”, aunque días después las fuerzas del gobierno recuperaron la plaza. En Tezoatlán de Segura y Luna, el líder José I. Salazar se levantó en armas y se unió a Ismael Guzmán “a favor de la religión”, reuniendo cerca de 400 rebeldes en la Mixteca. También surgió David Rodríguez como jefe rebelde en la región de Juquila. La Secretaría de la Defensa Nacional mencionó un levantamiento en Putla y otro cerca de Tlaxiaco, ambos de posible origen católico, así como movimientos en San Jerónimo Doctor (hoy Ciudad Ixtepec) y en la zona de Santo Domingo Tehuantepec encabezados por Pedro Castillo.
El rebelde Raymundo Ávila asaltó Santa Catarina Juquila. Ante ello, el gobernador Genaro V. Vásquez —quien gobernó con el lema “Escuelas y carreteras”— ordenó la reconcentración de todos los sacerdotes en la ciudad de Oaxaca solo para cumplir con órdenes federales, y posteriormente les permitió regresar a sus comunidades.
En Miahuatlán, hoy “de Porfirio Díaz”, hubo un levantamiento armado. Tras horas de combate, los rebeldes tomaron la población, saquearon oficinas públicas y un cabecilla de los cuerudos fue abatido por hombres de Genaro Ramos, jefe de la Defensa Social de la región.
En 1928, en un combate en San Pedro Pochutla, murió el “general brigadier” Arnulfo Viveros, jefe “libertador” que había atacado San Pedro Mixtepec al grito de “¡Viva Cristo Rey!”, matando y robando. Entonces apareció el grupo llamado “de la Montaña”, del Ejército Libertador, y la Brigada Santa María de Guadalupe.
Mientras tanto, la relación entre el clero y el ejército se mantuvo relativamente tersa: se celebraban misas en casas particulares, las iglesias permanecían abiertas con feligreses haciendo guardia, y en algunos casos los sacerdotes oficiaban misa. Aunque oficialmente el Seminario de la Santa Cruz estaba clausurado, seguía funcionando con autorización del gobernador Genaro V. Vásquez Quiroz. Nadie parecía notar la ausencia del arzobispo Eulogio Gillow, fallecido el 18 de mayo de 1922 y amigo cercano de Porfirio Díaz.
En su Informe de 1928, el gobernador mencionó a cuatro sacerdotes, entre ellos Epigmenio Hernández y Eugenio Martínez, acusados de dirigir a rebeldes en Pochutla, Jamiltepec, Juquila y Huajuapan.
Al llegar a la presidencia de la República el licenciado Emilio Portes Gil, comenzaron las negociaciones y se logró un acuerdo de amnistía general para todos los levantados en armas. También se acordó devolver todas las casas curales y episcopales que habían sido requisadas por el gobierno, evitando mayores confrontaciones.
Hoy, 8 de diciembre, celebramos a la Virgen de Juquila. Miles de creyentes durante todo el año caminan hacia Santa Catarina Juquila, santuario de esta milagrosa imagen, venerada por todos…
¡Feliz Navidad!
Oaxaca de Juárez, Oax., a 8 de diciembre de 2025.
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la Federación Nacional de Asociaciones de Cronistas Mexicanos A.C.



































