Primera parte
Debido a la gran confusión que existe en torno al frontispicio de la Escuela de Medicina de la UABJO, expongo lo siguiente:
La hacienda se llamó originalmente, en el siglo XVII, “Hacienda del Buen Camino”. Se desconoce el nombre de su fundador y constructor.
En el siglo XVIII, ya figuraba como propietario el señor Miguel Aguilera, casado con la señora Bárbara de Frías Montemayor y Vásquez, y la hacienda era conocida a inicios de ese siglo como “Del Paso”.
En el año 1753, su nombre cambió a “La Palma”, y aparece como propietario el licenciado José Manuel Arellano y Floro. Cinco años después, en 1758, la Hacienda La Palma pasó a ser propiedad del Convento de Santa Catalina de Siena, mediante un remate celebrado el 6 de marzo de 1758 en el juzgado del corregidor, al que se le había embargado en pedimento de sus acreedores por la cantidad de $9,000.00 pesos. La gestión fue realizada por el vicario administrador del convento de las religiosas dominicas, Fray Pedro Fernández Franco.
Para el año 1784, el vicario y apoderado del convento, Fray Foachin (Joaquín) Castro, vendió y traspasó la hacienda a Florentino Sánchez de Cañas, quien era corregidor de San Pablo Guaxolotitlán. Diez años después, en 1794, este señor la vendió en $9,000.00 pesos, con todo y su ganado, así como la merced de agua, al señor Juan Estrella, denominándola desde entonces “Aguilera”.
Los caminos de Dios son inescrutables. El ingeniero en minas Conde de Bárboles, don Juan Nepomuceno Dimas Felipe Jiménez Garce (o Garza), conocido como Juan Estrella, era un rico comerciante ibero, nacido en la ciudad de Santander, España, en el año 1764.
Fue invitado a viajar a la Ciudad de la Antequera (hoy Oaxaca) por su abuelo, don Juan Ximénez Cerdán y Fernández de Heredia y Urrea, marqués de Bárboles de Villalba y Paramán por cédula real del rey Felipe IV, con el propósito de ser nombrado comendador de las propiedades familiares en dicha ciudad.
Aceptó gustoso esa aventura, que emprendió en su goleta llamada San Francisco, bajo el mando del capitán Domingo Corbera. Era un acaudalado comerciante de telas finas, muebles europeos, esencias y especias. Políglota, dominaba además del vascuence, los idiomas francés, inglés y alemán.
Llegó a Antequera (Oaxaca) en 1801, a los treinta y siete años de edad, acompañado de su esposa, la Condesa María Dominga Sargue Santibáñez Martínez (de grado real Santiago), con quien había contraído matrimonio en 1788, y de su hijo de doce años, Juan Nepomuceno Jiménez Sargue, nacido en 1789 en Santander, España.
El Conde Juan Estrella era un hombre culto, egresado de Ingeniería en Minas, con amistades que habían cruzado el Atlántico para establecerse en la Nueva España, particularmente en la ciudad de Guanajuato.
En 1796 emprendió su viaje a América, llegando a Antequera a la casa del Marqués, ubicada en la séptima calle de Segovia (hoy avenida Hidalgo) número 45, dentro del portal de Clavería, junto a la Catedral.
Vivió allí hasta 1809, cuando nombró como administrador al Conde don José Gabriel Hernández Fernández (de Santiago, grado real), hombre ibero, culto y honrado, residente en la casa número 3 de Catedral, casado con doña María Josefa Rosainz, hermana del licenciado Juan Nepomuceno Rosainz, posteriormente Benemérito de la Patria.
De esa unión nació un hijo, Gabriel Hernández Rosainz, en la mencionada casa.
En 1810, desapareció misteriosamente el Conde Juan Estrella, a la edad de 43 años. El hombre justo, que siempre se había preocupado por los más desprotegidos, no dejó rastro de su paradero. A partir de ello surgieron habladurías y calumnias contra su hijo, Juan Nepomuceno Jiménez Sargue, acusado de haber envenenado a su padre. Sin embargo, el Tribunal Clerical no lo enjuició al no haberse encontrado el cadáver, quedando todo en rumores.
Incapaces de soportar las habladurías, madre e hijo abandonaron su casa del Portal de Clavería y se mudaron al Mesón Congregal de la Soledad, llevando consigo sus pertenencias.
Por las mañanas, la condesa solía tocar en su piano de concha algunas melodías que los vecinos podían escuchar.
Por otro lado, se sabe que el Conde Juan Estrella, siendo ingeniero en minas, viajaba con frecuencia a los estados de Guanajuato y Querétaro, donde convivía con sus amigos, los esposos Domínguez (corregidores de Querétaro), y con el padre Miguel Hidalgo y Costilla.
En sus viajes al extranjero, Juan Estrella transportaba armas que entregaba a su amigo el patriota **don Viviano Prado**, un ibero casado con **doña María José del Carmen Muñuzuri**, de origen costarricense, quien residía en **Tututepec**, en la Costa Chica de Oaxaca.
Don Viviano era un acaudalado hacendado y comerciante de algodón, que apoyaba económicamente al movimiento independentista de Hidalgo y Morelos, además de encargarse de distribuir armamento a los líderes insurgentes.
Juan Estrella fue invitado a unirse al movimiento independentista por don Miguel Hidalgo y Costillay por su pariente Mariano Jiménez, residente en San Luis Potosí.
Ese fue el motivo de su misteriosa desaparición de la ciudad de Oaxaca: se dirigió a la **Villa de Santander, en Tamaulipas (hoy Villa de Jiménez), donde compró una finca y se estableció sin revelar su identidad, en el año 1810.
Incapaz de soportar la ausencia de su padre y la grave acusación que pesaba sobre él, Juan Nepomuceno Jiménez Sargue, su hijo, abandonó la ciudad de Oaxaca, dejando en el Mesón Congregal de La Soledad a su madre, acompañada de una pequeña servidumbre.
La condesa, siguiendo el ejemplo de su esposo, decidió ayudar a los más necesitados y puso las propiedades que rodeaban el mesón al servicio de peregrinos y clérigos nacionales y extranjeros que acudían al templo de La Soledad, brindándoles hospedaje temporal.
Continuará…….
Oaxaca de Juárez, Oax., a 27 de octubre de 2025.
JORGE BUENO.
Cronista de Oaxaca.
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la
Federación Nacional de Asociaciones
de Cronistas Mexicanos A.C.



































