Las labores empiezan casi con el primer rayo del sol, cuando sus comerciantes abren los locales en los que venderán los tamales, el atole y las tlayudas, así como frutas y verduras de la temporada, aquellas que se cosechan en los campos del valle central o de la sierra. Unos más, abren poco después, según los productos y giros que se manejan.
En el Sánchez Pascuas, uno de los 16 mercados públicos del municipio de Oaxaca de Juárez, la historia comenzó hace unos 70 años con los puestos que estuvieron en la plazuela del Carmen Alto, a unas cuadras del espacio que ocupa actualmente.
Desde hace 53 años, esa historia se sigue escribiendo día a día con las segundas y terceras generaciones de comerciantes que venden en él todo tipo de alimentos, flores, carnes, semillas, panes y demás productos para impulsar la economía familiar y local. Aunque también se pueden encontrar ropa típica o tradicional, las carnes, el chocolate y el café. Incluso, un menú casero y antojitos en el área de comedores.
Entrar por la calle Porfirio Díaz, en el centro de la ciudad, permite ver primero un mural que da colorido a su fachada, pero también las flores que provienen de las comunidades del valle central. Incluso los alcatraces de la temporada en tonos blanco, amarillo, rosa y vino.

Genaro Pérez es uno de los comerciantes de este emblemático mercado al que también se ingresa por la calle Tinoco y Palacios. Él cuenta que ser parte del mismo es una herencia familiar, como varios de sus compañeros. Originalmente, dice, el mercado era conocido como del Carmen Alto, por su anterior ubicación.
Dividido en naves, los locales ofrecen ropa, jugos, lácteos, cremería, panes, tacos placeros, entre otros productos, cuenta el locatario, al resaltar que todo el producto es fresco y de calidad. Y que de los locales y puestos dependen alrededor de 200 familias oaxaqueñas.
Genoveva Reyes Castellanos es una de las locatarias que fue parte del anterior mercado en el Carmen Alto, pues aún le tocó vender ahí en el último año antes del cambio de domicilio.
Ser parte de este mercado significa mucho para ella y otros de sus compañeros.
“Yo llegué con 18 años de edad acá y estamos en un mercado donde, como dice el dicho: entra el hambre, pero pasa nada más. No se detiene. Unos a otros nos fiamos, hacemos trueque, como se acostumbraba. Y aquí estamos, hasta que Dios diga que vamos para afuera”.










































