ADRIANA ALEJANDRA RAMOS LEÓN*
Hace algunos años —2020 para ser más precisa— en una plática con mi hija, le compartía que llamaba mi atención la situación económica de México, en comparación con nuestro vecino país del Norte. Ambos obtuvimos formalmente nuestra independencia en la misma época; de España en 1810; e Inglaterra en 1776, respectivamente. Sin embargo, el nivel de vida es sustancialmente distinto: Estados Unidos de Norteamérica es una potencia mundial y México está catalogado aun como un país en desarrollo.
Enseguida me recomendó que leyera Por qué fracasan los países, escrito por Daron Acemoglu y James A. Robinson —que ella recién había leído, por recomendación de su profesor de Oratoria— y me dijo que ahí podía encontrar una explicación a mis preguntas.
Ha sido noticia de los últimos días que el premio Nobel de Economía 2024 fue otorgado a los autores de Por qué fracasan los países; así como a Simon Johnson —estudioso de la misma disciplina—. Un libro que además de haberse convertido en un best seller, está sustentado en datos sólidos y varios años de investigación.
A lo largo del libro, los autores utilizan ejemplos históricos (apoyadas algunas de ellas por imágenes) para mostrarlo. Uno de estos es la comparación que hacen en el capítulo 1, de dos ciudades fronterizas que tienen el mismo nombre: Nogales, Arizona y Nogales, Sonora; incluso el mismo clima desértico. “Los habitantes de Nogales (Arizona) y Nogales (Sonora) comparten antepasados, disfrutan de la misma comida y música e incluso nos aventuraríamos a decir que tienen la misma cultura”.
Los autores destacan cómo a pesar de estar geográficamente separadas solo por una frontera, presentan grandes diferencias económicas, sociales y políticas. Hacen notar que esas diferencias no se explican solamente por factores geográficos o culturales, sino fundamentalmente por sus instituciones.
Así, una de las premisas de esta obra —destacada por muchos de sus comentaristas y abordada, particularmente en el capítulo 4—, es que las instituciones de un país que fomentan la participación y el bienestar de la mayoría de las personas, son fundamentales para el crecimiento sostenible.
Otra parte del libro —el capítulo 12, por ejemplo— explica cómo el conflicto político es clave para el cambio institucional; la transición hacia instituciones inclusivas muchas veces requiere grandes movimientos sociales y políticos; el cambio institucional no es un proceso sencillo ni automático; sino producto de un proceso de disputas y compromisos entre grupos con diferentes propósitos.
(Estos enunciados me hacen mirar hacia atrás para recordar los movimientos que han precedido a los cambios paradigmáticos en nuestro país).
Si todas estas premisas son así —y deberíamos partir de que lo son, pues el premio Nobel se otorga a personas reconocidas y seleccionadas por diferentes comités y organizaciones— es necesario tener claro dos cosas: que debemos trabajar, mucho, porque nuestras instituciones sean cada vez más fuertes, lo cual de primer momento, parece una tarea asignada al gobierno; pero también, ser ciudadanos y ciudadanas más participativos en cualquier escenario de nuestra vida cotidiana; desde el comité de la colonia, el tequio —tan característico de nuestro Estado—, las asambleas comunitarias; hasta los procesos electorales, cuando éstos tienen lugar.
La desigualdad económica es uno de los problemas más evidentes en México. La lectura nos deja ver que las instituciones inclusivas —llamadas así por quienes lo escriben— son fundamentales para reducir la brecha de riqueza. Es necesario mejorarlas; desde aquellas que se desenvuelven en el sector salud, hasta las que actúan en el ámbito de la impartición de justicia.
Los autores sostienen que un sistema de justicia que funcione correctamente es crucial para crear instituciones inclusivas. De no ser así, los derechos —de propiedad, por ejemplo— no podrían estar garantizados, con las consecuencias económicas y sociales que esta falta de garantía genere. Por lo tanto, fortalecer el sistema judicial y la aplicación de la ley es un aspecto fundamental para mejorar las instituciones en México (Aspecto a tener en cuenta en el panorama de reforma judicial que actualmente vivimos).
La lectura de esta premiada obra no solamente es una reflexión y crítica hacia la situación que viven los países menos desarrollados; también nos deja un mensaje esperanzador: los países, las comunidades -y yo agregaría, las personas-, no están condenadas por su pasado, ni por su ubicación geográfica. Con instituciones fuertes y personas participativas es posible caminar hacia la prosperidad.
El futuro, evidentemente, no está escrito. Tenemos la capacidad de mejorar como país. Como destaca constantemente el prestigioso historiador Miguel León-Portilla —cuya obra, por cierto, admiro profundamente— México es una gran Nación, una de las contadas civilizaciones originarias; de una riqueza extraordinaria.
Somos protagonistas de esta parte de la Historia de este país. De nuestro compromiso, pero sobre todo del actuar como ciudadanos y ciudadanas, depende transformar nuestras instituciones para acercarnos a la prosperidad en todos los aspectos. Debemos apostar por la inclusión y la justicia.
*Magistrada de Circuito (las opiniones aquí vertidas son a título personal y no representan ni influyen en el criterio del cargo judicial ejercido).



































