El pueblo de este país, está desposeído de su memoria histórica y su identidad cultural ancestral. A través de una estrategia realizada por el Estado mexicano desde 1824, para dejarlo en un estado de total indefensión por medio de una amnesia que lo deja vulnerable e inconsciente.
A pesar de que los ciudadanos de este país, son herederos culturales de una de las seis civilizaciones más antiguas de la humanidad, y la que, alcanzó uno de los niveles más altos en desarrollo humano, especialmente en los más de diez siglos del periodo Clásico (200 aC a 850 dC), están desposeídos de ese valioso patrimonio cultural que podría cambiar al país, y mejorar sus vidas radicalmente.
La ideología criolla, de la clase dominante, por una parte, siempre se sintió disminuida y acomplejada, por recibir el desprecio de los peninsulares en los tres siglos de Colonia, y en los dos últimos siglos, se siente acomplejada por las culturas europeas y norteamericana, a las cuales han querido imitar torpemente con desastrosos resultados. Pero al mismo tiempo, ha despreciado y marginado a las culturas de la Civilización Madre del Anáhuac, excluyéndolas y folclorizándolas. Los poderosos en este país nunca se han sentido arraigados a esta tierra, a sus culturas y a sus pueblos, por el contrario, siempre se han sentido superiores y ajenos.
Como lo definió el Dr. Guillermo Bonfil, cuando señaló que existían “dos Méxicos”. Uno profundo; de estirpe anahuaca, ancestral, proveniente de la Civilización Madre, pero marginado, explotado, aferrado a una cultura de resistencia. Y un “México imaginario”, nacido con la invasión-ocupación española, sustentado ideológicamente, primero en España y posteriormente en Francia y Estados Unidos. Bonfil dice que es “imaginario”, porque nunca ha tomado en cuenta al “México profundo”, en los desafortunados proyectos de nación que ha tratado de crear. Uno es “profundo”, el otro es superficial, ambos siempre en permanente lucha.
En el periodo porfirista, se inició la construcción ideológica de una identidad nacional. Los criollos, desde 1824 hasta 1872, se la pasaron entre guerras fratricidas por el poder e invasiones, de modo que fue hasta que, en 1884, Porfirio Díaz le ordena a Vicente Riva Palacio crear “la historia oficial”, con la publicación del libro “México a Través de los Siglos”. En el que, en la “Historia Prehispánica”, los mexicas o aztecas, ocuparán el lugar prevalente.
Esto viene de la “herencia” de los textos del siglo XVI, escritos por ignorantes conquistadores y fanáticos misioneros, en donde los primeros pretenden hacer del holocausto invasor, una epopeya de heroísmo, y los segundos, del brutal epistemicidio, una piadosa jornada de evangelización. Unos y otros, harán de los mexicas la cultura más importante y representativa de las tierras invadidas y conquistadas. Los pueblos y culturas mayas, zapotecos, mixtecos, purépechas, entre muchas otras, pasarán a un segundo plano.
Este discurso maniqueo, es la forma en la que el Estado mexicano, logra que el pueblo, desconozca su milenario pasado y quede marginado de su verdadero potencial de sabiduría. De esta manera, gracias a la SEP, las universidades, los intelectuales colonizados, los medios masivos, las iglesias y la iniciativa privada, “el pasado ancestral”, queda reducido a la “historia prehispánica” de solo 196 años, es decir, desde la fundación de la ciudad de México-Tenochtitlán en 1325, a su destrucción en 1521. El “discurso del Estado mexicano” se ve materializado en “la catedral del México Prehispánico”, nos referimos al Museo Nacional de Antropología e Historia, en donde la sala principal se reserva para glorificar a la cultura mexica, sobre todas las demás.
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