Durante la larga hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), desde las altas esferas del poder público, se estableció el 7 de junio como “Día de la Libertad de Expresión”, una más de las fechas dedicadas a homenajear y reconocer a la prensa libre e independiente y a quienes colaboramos en la tarea de informar con certidumbre y oportunidad o formar opinión. En esos ayeres, digamos antes de los años 90 del Siglo pasado, se premiaba a los periodistas afines al gobierno y a los medios impresos que seguían a pie juntillas las consignas que surgían del Palacio Nacional o de Los Pinos o del antiguo Palacio de Covián, en Bucareli. En torno a los medios impresos, quien se salía de los esquemas impuestos por el gobierno federal, recibía como castigo la cancelación del suministro de papel periódico, cuyo monopolio tenía la Federación, hasta antes de que lo que hoy se conoce como Pipsamex, fuera adquirida por particulares.
Sin duda alguna, los premios se les otorgaban a los panegiristas del régimen en turno. Y a las comidas o desayunos que se llevaban a cabo en los sitios más exclusivos de la Ciudad de México, sólo asistía la llamada “prensa nacional”. La del interior del país siempre fue excluida. Eran los tiempos del llamado besa-manos; de halagos mutuos y del sobado discurso del respeto a la libertad de expresión. Aunque para muchos, dicha celebración era una ominosa subordinación al poder en turno, sin duda alguna las cosas han cambiado… pero para peor. Lo hemos dicho hasta el cansancio: descalificar a los medios de comunicación y a los periodistas, se ha convertido en el deporte favorito del presidente Andrés Manuel López Obrador. Ha tomado a algunos comunicadores como clientes cotidianos de su veneno mañanero, como es el caso de Carlos Loret de Mola, Ciro Gómez Leyva y varios más.
La semana antepasada, se le fue a la yugular a los medios de comunicación luego de su gira por la zona del llamado “Triángulo Dorado”, para inaugurar los trabajos de la carretera que comunica a Badiraguato, Sinaloa con Guadalupe y Calvo, Chihuahua. Un grupo de reporteros fue detenido en un retén impuesto por un grupo delictivo, con uniformes tácticos y armas de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas. Pues bien, la queja de la prensa que padeció este atropello fue minimizado por López Obrador y señaló que reporteros y demás descreditaban a su gobierno, prestándose al juego de los conservadores.
Ominoso abandono
El desarrollo de las comunicaciones, el uso del internet y las redes sociales, que nos permiten conocer en tiempo real los acontecimientos, ha hecho que el pueblo, así viva en una comunidad remota, esté mejor informado y tenga conciencia plena de sus derechos. Vamos a esto. Durante el paso del Huracán “Paulina” en 1996, no había estos elementos. La población carecía incluso de energía eléctrica y de servicios básicos. De hecho, aún hay carencias, pero en ese entonces no se contaba con un medio eficaz de denuncia que hubiera paliado el saqueo de la ayuda humanitaria que llegó a la misma zona de la Costa y la Sierra Sur, que recién devastó el Huracán “Agatha”. Los medios nacionales y locales dieron cuenta puntual de las irregularidades en el manejo del apoyo económico y en especie, del que se responsabilizó al gobierno estatal.
Los damnificados que acaban de perder su patrimonio, sus caminos y carreteras y familiares que perdieron la vida, ya no tienen el apoyo que antes se tenía lo que ya mencionamos del Fondo Nacional para Desastres Naturales (Fonden). Es decir, lo que el gobierno de Alejandro Murat tiene en puerta es un camino sinuoso: el de la reconstrucción de las afectaciones, con los magros recursos de que pueda disponer su administración. Lo que llamó la atención en los primeros días de la tragedia fue la ausencia ominosa de los y las representantes populares tanto federales como locales. Éstos se aparecen, sí, cuando se enteran que tal o cual municipio tuvo tantos recursos para obras carreteras o de beneficio social, para exigir les sean otorgadas a sus contratistas con los que, previamente, han concertado “moches”. Pero en tiempos de emergencia, ni sus luces. Es decir, nuestras comunidades de la Sierra Sur, la Costa o el Istmo, sólo son visibles en tiempos de campaña, cuando llegan a pedirles el voto.
Con sus excepciones, varios diputados (as) locales y federales que nos representan en San Lázaro o San Raymundo Jalpan, puede ser unos ignorantes y tapados para cuestiones legislativas, pero para los negocios en poco tiempo se han convertido en verdaderos expertos. Sobre todo, en el tema de obras. Es increíble que cada uno (a) de los locales ya tenga etiquetadas las que le corresponden al distrito por donde fue electo (a). Pero, hoy en la tragedia, nada más no se asoman, haciendo de ello una omisión penosa y digna de crítica.


































