Por Eduardo Aragón Mijangos
El 13 de agosto se celebraron/conmemoraron 500 años de Resistencia indígena —se conmemora la caída del imperio azteca, se celebra la resistencia, porque como los zapatistas dicen, no fuimos conquistados, seguimos en pie de lucha—, por tal motivo hubo un evento donde destacó el discurso pronunciado por Claudia Sheinbaum:
“Si no cuestionamos esa visión [la de los vencedores] estamos condenados a seguir preservando una cultura de la discriminación y la renuncia a nuestra historia como la riqueza milenaria de nuestros pueblos originarios…”
La palabra conquista implica la eliminación de la diversidad —dijo—; necesitamos una política de la memoria porque en esa época se originó uno de los fenómenos que hoy lastiman a nuestra sociedad, el racismo. Nos recordó que es en la colonia donde se estableció una jerarquía social con base en el origen étnico. Y esos valores del colonialismo permanecen en nuestra sociedad y reproducen prácticas y valores discriminatorios.
Hoy en día ser indio es ser el eslabón más bajo de la calidad humana, por eso, con el pretexto del mestizaje, nos aferramos a la parte española muchas veces imperceptible, por eso nadie quiere ser indio o mulato.
Hay 2 tipos de mestizos, una minoría blanca, que se asume criolla y una inmensa mayoría indígena con antecedentes genéticos españoles mínimos, que por sobrevivencia renuncia a la identidad dominante biológicamente, la indígena y asume una identidad casi ajena, la blanca.
Los mestizos no blancos en realidad somos indios sin pueblo, perdimos nuestra tierra, emigramos a las ciudades; nuestro idioma, adoptamos el español; nuestra cultura y tradiciones y adoptamos las occidentales, tan perniciosas para la humanidad; nuestras creencias, nuestra ideología, nuestra religión. Somos indios sin pueblo, sin identidad, sin cosmovisión, sin creencias propias, somos una mala copia de algo que no podremos ser nunca.
Habría que construir una identidad mestiza, pero para eso tendríamos que dejar de pretender ser blancos y asumir la parte indígena tan valiosa que nos avergüenza. Pero eso no lo haremos mientras sigamos comprando el discurso de la “conquista”, identificando a lo indígena como lo malo, el indio como el tonto incivilizado y lo blanco como lo bueno, como la civilización, como el deber ser.
De ahí la importancia de construir esta política de la memoria, a la que Sheinbaum se refirió, de recordar que fuimos saqueados, violados, desplazados, esclavizados, que el catolicismo y el español fue impuesto, que los barbaros, los invasores, los asesinos y violadores, los malos, los perniciosos, fueron los invasores.
De ahí también la importancia de una disculpa, no porque la disculpa valga en sí misma, no por rencor, no porque hayamos sido completamente conquistados o porque ello signifique que hemos claudicado —porque es claro que estamos vivos en resistencia, me atrevería a decir más vivos que nunca, pero también nos siguen despojando, matando, tratando de imponer otra cultura—, sino porque es necesario que lo que pasó en América no se vuelva a repetir nunca, pero principalmente, porque es necesario que nos perdonemos a nosotros mismos y nos aceptemos como los indígenas que la mayoría de nosotros somos.
La disculpa implica el reconocimiento de la barbería, de las atrocidades cometidas; implica un dialogo abierto, no es que sin la disculpa no podamos seguir adelante, de hecho, el simple debate sobre la pertinencia o no de la disculpa ya es un avance porque implica esa revisión histórica que necesitamos.
No es la disculpa importante en sí misma, es el camino hacía ésta lo que necesitamos y lo que ello implica. La trascendencia de la disculpa está en la construcción de una memoria que nos permita a los indios estar al mismo nivel que los blancos, no solamente en el discurso vacío, sino en los hechos, que le dé el mismo valor a la lengua, creencias y tradiciones que pretendieron desaparecer, que a las que nos impusieron. Que ser indígena no salga tan caro.
La ausencia de esa disculpa, de ese reconocimiento de las atrocidades cometidas y su condena moral es lo que permite que el racismo, el clasismo y la discriminación sea tan normalizado, es lo que permite que a la fecha los indígenas sigan siendo desplazados de sus territorios; es lo que le permite decir a un presidente de la RTVE que la conquista fue evangelizadora y civilizatoria; o insinuar a Alberto Peláez que deberíamos agradecerle al torturador que nos hayan impuesto un idioma; es lo que licencia a cualquier escritor a comparar a los aztecas con los nazis; es lo que le permite a VOX decir, con todo cinismo, que los invasores vinieron a liberarnos.
Pero independientemente de que haya o no disculpa, lo importantes es que los que nos decimos mexicanos nos aceptemos a nosotros mismos, aceptemos al indígena que en mayor o menor grado somos, honestamente, como un reencuentro con esa parte de nuestro origen que rechazamos por los efectos de una dominación que seguimos viviendo.




































