Estamos ya en plena etapa de sequía, de racionamiento de agua potable, de calores infernales y agotamiento de los mantos freáticos. La falta de suministro del vital líquido genera, cada temporada, soterradas protestas de vecinos tanto de colonias urbanas como zonas marginadas, hasta donde no llega dicho servicio. Hay viviendas que reciben un pequeño chorro cada quince días, otras menos afortunadas cada mes. El pasado viernes, en nuestra nota principal de portada, dimos cuenta de información del Sistema de Agua Potable y Alcantarillado de Oaxaca (SAPAO), en la que reconoce que, pese a trabajar a marchas forzadas, existe un déficit de suministro cercano al 60%. Se trata pues, de una situación grave, de la que poco se sabe. Ante la falta de lluvias, los pozos con los que se hace frente a una demanda cada vez más creciente, están agotados. A ello hay que agregar que, las instalaciones por donde fluye el agua para llegar a los hogares está, desde hace mucho tiempo, inservible.
Durante la administración anterior, se realizaron importantes inversiones para mejorar el suministro y trajo resultados favorables. Una de esas obras relevantes tuvo como destinatario San Agustín, Etla, de cuyos manantiales proviene un flujo importante del vital líquido que surte a colonias citadinas ubicadas hacia el norte-oriente de la capital. Sin embargo, también fue coto de vivales. Autoridades locales y comunales exigían millones para el paso del acueducto, además de que, dueños o directivos de fraccionamientos y asentamientos habitacionales se conectaban a dicho tubo para extraer el agua sin pagar los derechos correspondientes. Pese a todo ello, la dotación de agua a las familias de la capital y el área conurbada fue exitosa. Los citadinos poco padecimos de falta de líquido.
La crisis que pasamos actualmente y la que se avizora en el futuro inmediato debe poner en alerta tanto al gobierno estatal como al municipal, sobre todo a quienes ya piensan en el futuro político. La capital oaxaqueña y los municipios conurbados requieren un Plan Maestro de Desarrollo Urbano que planifique el crecimiento urbano, lo que conlleva un incremento en la dotación de servicios, para cuya satisfacción es prácticamente imposible por las razones que exponemos antes, además deben recuperarse proyectos como el de “Paso Ancho” u otros, que garanticen el suministro de agua potable por muchos años.
La mendicidad, agenda pendiente
De nueva cuenta se observan en calles de la Colonia Reforma y el Centro Histórico, niños y niñas de la etnia tzeltal o tzotzil de Chiapas, vendiendo chicles, dulces, cigarros o niñas cargando bebés, pidiendo la moneda. Hace al menos tres años, la Fiscalía General del Estado en coordinación con el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), realizaron un operativo para liberar a decenas de niños y niñas que vivían hacinados en una vivienda de Santa María Atzompa, durmiendo en el suelo y con animales domésticos conviviendo con ellos. La mayoría eran explotados por sujetos y mujeres, que con engaños los traían de sus comunidades chiapanecas. Cerca de cien menores de edad fueron liberados en tanto que los responsables fueron consignados. Se desconoce su situación jurídica actual, pues desde el lado que quiera verse, es un delito de trata sin más.
Aunque en menor escala, las niñas con bebés en brazos han vuelto aparecer, sin que autoridad alguna parezca reparar en el problema. De igual manera persisten los menores de edad que deambulan por las calles con cajones provistos de mercancías. Otros más, recorren mercados y avenidas con cajones de lustrar zapatos. Es evidente que no son originarios de comunidades oaxaqueñas, pues el acento y su idioma indígena advierte que son de poblaciones chiapanecas. En otra vertiente, es necesario subrayar que la pandemia trajo consigo, asimismo, un incremento en la mendicidad. En donde se percibe con mayor crudeza es el Centro Histórico. Los restaurantes y cafés son sitios favoritos para quienes piden la moneda o el alimento. En los mercados ni se diga. Son asimismo lugares idóneos para quienes se dedican a la mendicidad.
Hay, sin embargo, ejemplos de personas de extracción campesina y mayores de edad, que lejos de solicitar la moneda, venden lo que traen de sus comunidades de origen. Causa sorpresa ver a ancianas de 90 años o más, cargando pesados canastos de tortillas tostadas o con sus puestos de nopales, calabacitas criollas, yerbas de olor u otros, en las banquetas que rodean los mercados. Es decir, aún son productivos y viven de lo que venden. Sin duda alguna, la mendicidad da una mala imagen al turismo que nos visita. Y no se trata de aquellos que cantan con sus guitarras o aparatos de pistas en las calles, sino de muchos que con brazos y piernas sanas, solicitan la limosna a automovilistas o comensales, poniendo en evidencia la falta de trabajo remunerado o el mal hábito de vivir de los demás.
































