En el despertar confuso, el inicio de los síntomas es típicamente dentro de las dos o tres horas posteriores al inicio del sueño, pero también puede ocurrir al intentar despertar del sueño durante la noche o la mañana. Por lo general, el niño se sentará en la cama, gimoteará, llorará o gemirá y puede pronunciar palabras como “no” o “vete”, parecerá angustiado y permanecerá inconsolable independientemente de todos los esfuerzos para calmarlo. No muestra alteraciones corporales evidentes y puede permanecer sentado en la cama con duración de cinco a treinta minutos. A la mañana siguiente, el paciente se despierta, sintiéndose alerta y refrescado, sin ningún recuerdo del evento en absoluto.
Los terrores nocturnos suelen producirse entre los cuatro a doce años. El niño despierta de forma súbita con un fuerte grito, agitado con cara enrojecida, sudoración y aumento en la frecuencia cardiaca. Puede saltar de la cama como si hubiera una amenaza invisible, sin respuesta a las maniobras de calma por los padres, sin que pueda recordar el evento en forma posterior cuando ya se encuentra alerta.
El sonambulismo, se presenta más frecuente en las edades de ocho a doce años. En las formas leves el niño pequeño se sienta y gatea alrededor de la cama o se levanta silenciosamente para pararse junto a la cama de los padres. Inicialmente pueden pasar desapercibidos. Otros niños pueden agitarse, correr por la casa o tener comportamientos inapropiados. Algunos se han lesionado al realizar actos peligrosos inconscientes.
Las alteraciones asociadas con MOR incluyen las pesadillas, la parálisis del sueño y trastornos de comportamiento. En general, ocurren en las primeras horas de la mañana.
Las pesadillas son sueños perturbadores que despiertan al niño. También se les conoce como ataques de ansiedad por los sueños. Son secuencias de sueños en apariencia muy reales, que suelen ser muy perturbadores en la medida que recurren con mayor frecuencia e implican ansiedad, miedo o terror, pero también pueden involucrar ira, rabia, vergüenza y disgusto. Las pesadillas son más comunes en niños con trastorno de estrés postraumático, y el contenido de sus sueños puede ser particularmente angustioso, con temas de violencia infligida, muerte o separación de familiares cercanos. Se distinguen de los terrores nocturnos al no tener manifestaciones corporales excesivas.
La incapacidad transitoria resultante para mover el cuerpo se llama parálisis del sueño. Durante un episodio de parálisis del sueño, la conciencia permanece intacta y el individuo es perfectamente consciente del entorno. Para un paciente que no está familiarizado con el fenómeno, puede surgir una sensación aterradora por la repentina incapacidad de mover el cuerpo mientras está completamente despierto, aunque sea momentáneamente. El niño también puede experimentar alucinaciones, como sentir la presencia de otras personas cercanas, sentir presión en el pecho o escuchar pasos.
En los trastornos de conducta del sueño, el afectado puede deambular y hablar representando lo que está ocurriendo en sus sueños, muchos de ellos violentos, lo que puede ocasionar agresiones en el paciente o de quien lo acompaña en la cama. Se distinguen de los terrores nocturnos, porque suelen permanecer en la cama. Es más frecuente en niñas de siete a nueve años.
Otras parasomnias incluyen la enuresis del sueño (nocturna) como episodios de incontinencia urinaria durante el sueño por lo menos dos veces por semana en niños mayores de cinco años. Se considera primaria cuando no ha existido control previo de la micción y secundaria cuando ya se tiene antecedente de dicho control; y de forma asociada, puede corresponder a una enfermedad que lo condiciona, mientras la primaria puede ser asociada con deficiencia de desarrollo o madurez neurológica.
Otras alteraciones se presentan entre los intervalos de las fases del sueño e incluyen el rechinado de los dientes (bruxismo), movimientos de piernas frecuentes (piernas inquietas), calambres durante el sueño, temblores localizados en algunos segmentos corporales. Somniloquias que pueden consistir en frases o diálogos elaborados o simples murmullos, en ocasiones relacionados a eventos o situaciones vividas por el paciente. Cada una de estas condiciones debe ser valorada de forma adecuada, para descartar afecciones orgánicas y su manejo puede redundar en beneficio posterior.


































