Un diario de circulación nacional publicó esta semana una nota sobre las dudas que una celebridad telenovelesca mexicana tenía respecto a la vacuna contra la Covid-19. En la nota, el popular personaje señalaba que existía mucha desinformación con respecto al tema e, incluso, la nota, en tono sensacionalista señala en su encabezado “va a cambiar ADN” (https://bit.ly/3c2kHIk).
Pésimo “periodismo”, hecho indiscutible. Pero la nota aprovecha la sensación que muchas y muchos tienen con respecto a las vacunas que prometen sacarnos de esta pesadilla: duda. La vacuna se desarrolló con rapidez nunca antes vista, eliminando el margen para que exista suficiente evidencia de la aplicación en entornos prácticos antes de iniciar su aplicación a grandes porciones de la población. Existen riesgos, sí, pero estos son medibles, razonables y conocidos, lo que hace plausible su plena implementación frente al peligro de no hacerlo (https://bit.ly/2M1Kdme).
Está bien dudar. De hecho, un elemento que generalmente se omite en nuestra discusión pública sobre la ciencia es que la construcción del conocimiento científico se basa justamente en la duda. No asumir hechos, causas o prejuicios. Actuar con duda siempre, observar, experimentar y repetir. Cien, mil, millones de veces. Dudar, de los métodos, los resultados, los motivos y los conceptos. La duda, el escepticismo y la crítica como eje de la generación de conocimiento. Y cuando llegamos a un cierto nivel de convicción, en el que los resultados son consistentes, esperar a que otras y otros duden, y verifiquen.
El método científico no es más que una serie de pasos que nos dan un cierto nivel de certeza para poder confiar en que un hecho o circunstancia es verificable y lo más apegado a un hecho que podamos tener. Sin embargo, no es la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad. Este método -de otros tantos que nos pueden otorgar conocimiento- nos brinda un nivel aceptable certidumbre a través de la reiterada duda, la repetición y la verificación.
Pero hay una gran diferencia entre la duda y la desinformación. Dudar y criticar es deseable y siempre debe ser incentivado. Sin embargo, abrazar solo la duda sin emprender un ejercicio de verificación en fuentes derivadas de ejercicios de cotejo, comprobación o de aplicación del método científico, para comenzar a establecer como hechos, consecuencias o destinos aquellas ideas derivadas de la desconfianza, constituye desinformación.
Sí, gran parte de la academia, de las instituciones científicas y de los centros generadores de conocimiento se han convertido en organizaciones desconectadas de las personas de a pie. En algunos casos se han convertido en élites que parecen constituirse en guardianes de “la verdad”. Y, en otros casos, el lenguaje técnico que se emplea parece una barrera infranqueable para entender si quiera de lo que se está hablando.
Ante la pandemia que nos ha arrebatado tanto, y ante los retos que nos plantea las sociedades que hemos construido, no queda más que replantear como sociedad el papel de la ciencia, sus recursos, sus discursos y sus lenguajes.
Es momento de abandonar la politización de la ciencia (https://bit.ly/3pdYOcH; https://bit.ly/2MfPmqI), de los discursos tendientes a la desinformación y de la reclusión del conocimiento en jaulas decoradas con un lenguaje excluyente y altos costes de admisión.
Hoy, más que nunca, tendremos dudas. Pero ante ellas, la ciencia es uno de nuestros mejores remedios.



































