El sonido del anunciante que anima a comprar medicamentos de tiendas naturistas se cuela entre los pasillos con puestos de venta de películas pirata y los que ofertan gorras, maquillaje y accesorios para el cabello. Se mantiene por la vía en la que cruzan las personas venidas del rumbo de Santa Rosa, Pueblo Nuevo y otras comunidades del distrito de Etla. Incluso, es posible escucharlo mientras se llega a la parada de los camiones, a un costado del estacionamiento público municipal en el que familias enteras guardan el vehículo en que han llegado sus tres, cuatro o más integrantes. Luego se pierde entre los vendedores de aguas frescas y frutas en vinagre instalados a un lado de los puestos de revistas y de artículos para celulares.
Si no fuera por los carteles y lonas sobre medidas sanitarias, por los recipientes de agua con jabón en los accesos, o por los policías y empleados que reparten gel antibacterial, la zona podría parecer la de hace un mes. Todo luce igual y normal en el Mercado de Abasto. Y sin embargo, no lo es. Los miles de visitantes, consumidores y comerciantes no viven en el mismo contexto de hace dos meses. La ciudad y el estado de Oaxaca conviven con el Covid-19, la nueva enfermedad cuyos primeros casos se registraron a miles de kilómetros de aquí: China. En aquel país, uno de los primeros pacientes fue el de un comerciante de un mercado de la ciudad de Wuhan.
—Pase, ¿qué se le ofrece? Sin compromiso.
En la zona seca, en la que se compra lo mismo un vestido de más de mil pesos que una prenda o artículo de menos de 50, hay varios locales cerrados, pero conforme avanza la mañana empiezan a levantar las cortinas. Estos negocios entran en la categoría de no esenciales, pero han logrado seguir trabajando, pues sus propietarios argumentan que viven al día. Ante las disposiciones de las autoridades, algunos avisan mediante carteles en sus locales que el horario se reduce. Si antes cerraban a las 22 horas, ahora lo hacen a las 19.
Gisela Mariscal Méndez es una de las comerciantes de la zona seca. Propietaria de un negocio familiar de venta de ropa, narra que las ventas se han desplomado en el último mes y se han visto afectados. “Gracias a Dios, nos han dejado trabajar siguiendo las medidas de seguridad, todos tenemos nuestro gel, cubre bocas y guantes”, explica quien aunque sabe que su negocio es de un giro no esencial, dice que se opusieron al cierre porque van al día.
Un cartel colgado en un pasillo de venta de flores resume la realidad aquí. “Estimados clientes, el Mercado de Abasto no cerrará ni un solo día; el comercio se mantiene de usted. Hasta que nos mate el Covid. Atentamente el coronavirus”. En la mayor zona comercial de la ciudad de Oaxaca, en la que se estima que a lo largo del día y parte de la noche se congregan diariamente unas 15 mil personas, 20 mil si se trata de un día de plaza. Una escena familiar contrasta con el anuncio de medidas sanitarias y el llamado a no traer infantes ni adultos mayores. Una mujer disfruta del desayuno con su par de menores de menos de 10 años en la zona húmeda.
La sana distancia está fuera de la lista de invitados en el trajín diario del Mercado de Abasto y sus alrededores. Como esta familia que se alimenta a un lado de los carteles, en el área de los taxis colectivos que conectan con el valle eteco, los puestos de tacos que se venden de a cinco por 10 pesos tienen desde temprana hora a varios comensales en sus bancos. Niños incluidos.
Noemí Alavés Aquino, coordinadora ejecutiva del Mercado de Abasto, dice que esta zona comercial está funcionando al 80 por ciento si se compara con la actividad de hace unas semanas. Incluso refiere que hay quienes cerraron “por voluntad propia, sin necesidad de un documento”.
“Estamos todavía insistiendo porque tampoco es un secreto que hay gente que se resiste. Sí la hay”, reconoce. Y prueba de ello es que “hay que estarles insistiendo para que usen el cubre bocas porque aparte es obligatorio.
La zona, aunque con riesgos por las aglomeraciones que pueden propiciar un contagio de la nueva enfermedad es, sin embargo, una en la que comerciantes como Gisela Mariscal se describe como zona segura. Una en la que la sana distancia se olvida en las cremerías que atienden a más de una decena o veintena de compradores en la zona húmeda. Y en la que, ante el ofrecimiento de gel antibacterial por parte de policías y otros empleados del ayuntamiento y el estado, hay quienes pasan de largo.










































