José Palacios Y Román
En la historia de la pintura mexicana —tanto en el siglo XIX como en el XX y el XXI— existen creadores excepcionales que han abordado el culto a la muerte como eje primordial de su expresión. Sería una tarea inmensa abarcar semejante riqueza en este espacio; por ello, prefiero centrarme en los generosos del arte de Oaxaca: cuatro personajes fundamentales con quienes tuve el privilegio de entablar una sincera relación y amistad.
1. Rufino Tamayo: La infinitud cósmica y el silencio
El primero de ellos, y el más grandioso de todos, es Rufino Tamayo (1899–1991).
Tamayo abordó la muerte desde una perspectiva profundamente poética, marcando un rotundo contraste con aquella visión folclórica tan frecuentada a mediados del siglo pasado por diversos pintores mexicanos. En su obra, la poesía hecha pintura busca el origen mismo del universo, rescatando los mitos precolombinos para cuestionar la postura del ser humano ante la inmensidad.
Es fundamental recordar que, siendo muy joven, allá por los años veinte, Tamayo trabajó como jefe del Departamento de Dibujo Etnográfico en el Museo Nacional de Antropología. Ese contacto directo con urnas funerarias, esculturas de piedra y figuras de barro marcó para siempre su sensibilidad.
Decimos que estos creadores son, ante todo, generosos, porque Rufino Tamayo no solo acumuló sabiduría y visión: a mediados de la década de 1970, donó a su tierra natal una extraordinaria colección de arte prehispánico, dando origen al Museo de Arte Precolombino Rufino Tamayo en la ciudad de Oaxaca.
Así, su dimensión como artista visionario y coleccionista nos entrega una muerte cargada de misterio y de una sobria fuerza dramática. A través de formas sólidas y de esa paleta inconfundible —que es, en esencia, la paleta de la tierra oaxaqueña—, Tamayo confronted la infinitud humana: retrató cómo el hombre se detiene ante el cosmos, donde la muerte no es estridencia, sino el más profundo de los silencios.
2. Francisco Toledo: El mito vivo y la metamorfosis de la tierra
El segundo creador de este cuadro de generosos —cuya obra y persona marcaron honda huella en mi memoria y en mi afecto— es Francisco Toledo (1940–2019).
Si Rufino Tamayo elevó la muerte hacia el silencio cósmico e infinito, Toledo la devolvió a la tierra, al mito sagrado y a la intimidad cotidiana de la cosmovisión zapoteca. En su pintura y su obra gráfica, la muerte pierde cualquier atisbo de solemnidad para convertirse en una metamorfosis constante: un espacio donde el cuerpo humano se funde con la fauna —iguanas, murciélagos, sapos y grillos— y donde la carne y el hueso se reintegran con naturalidad al flujo vital de la naturaleza.
Trabar relación con Toledo era adentrarse en un universo arropado por el rito, la fábula y una sencillez casi sagrada. Su visión de la muerte no buscaba la complacencia ni el folclor tradicional; era visceral, erótica y, al mismo tiempo, profundamente compasiva. Para él, los esqueletos y las ánimas no habitaban un reino lejano, sino el mismo suelo que pisamos, flotando en el aire de Oaxaca a través de sus célebres papalotes de papel de amate, donde las almas y la memoria comunitaria encuentran ligereza para elevarse.
Su generosidad no se limitó a la creación plástica. Al igual que Tamayo, Toledo entregó a Oaxaca su propio espíritu transformador, refundando espacios culturales, bibliotecas y talleres de arte que abrieron horizontes a generaciones enteras. En su legado, la finitud de la vida es apenas una transformación que nos devuelve al origen, recordándonos que el arte verdadero pertenece a su tierra, pero trasciende al tiempo.
3. Rodolfo Morales: La nostalgia de las ánimas y el luto pueblerino
El tercer maestro de esta nómina entrañable de creadores generosos es Rodolfo Morales (1925–2001), el gran señor de Ocotlan de Morelos.
En el lienzo de Morales, la muerte abandona el dramatismo estruendoso para vestirse de una inmensa nostalgia y ternura. En su pintura no hay lugar para la desesperación; hay, en cambio, una pausada coexistencia entre los vivos y las almas que flotan entre los arcos de las iglesias, los campanarios y las plazas de los pueblos oaxaqueños.
Para Rodolfo Morales, el luto es un hábito cotidiano y poético. Sus míticas novias que vuelan entre cielos melancólicos, sus mujeres cubiertas de rebozos oscuros y sus velatorios pueblerinos no representan la pérdida definitiva, sino la presencia viva del recuerdo. Las ánimas en su obra son figuras tutelares que caminan entre nosotros con total naturalidad, arropadas por una paleta de tonos pastel, transparencias y azules de ensueño que dotan a la muerte de una profunda espiritualidad mestiza.
Hablar de la generosidad de Morales es recordar a un hombre que devolvió a su comunidad todo lo que el arte le brindó. Desde su fundación se dedicó a restaurar exconventos y retablos en los Valles Centrales, a sembrar árboles y a patrocinar la cultura local. Su legado nos enseña que el luto no es abandono, sino una forma de amor que permanece, cuidando los templos, la memoria y la tierra de Oaxaca.
4. Alejandro Santiago: El duelo colectivo y la memoria de la ausencia
El cuarto y último maestro de esta entrañable nómina de generosos es Alejandro Santiago (1964–2013), originario de Teococuilco de Marcos Pérez, en la Sierra Norte de Oaxaca.
En la obra de Alejandro Santiago, la muerte deja de ser un misterio individual o una estampa poética para transformarse en un duelo comunitario, en el luto de la ausencia y el despojo. Tras regresar a su pueblo natal y encontrar un territorio desolado por el fenómeno de la migración —donde familias enteras partieron dejando casas vacías y campos en silencio—, Alejandro tradujo la muerte no como el fin del cuerpo, sino como el vacío que dejan los que se van.
Su tratamiento de la finitud fue profundamente testimonial y desgarrador. Su proyecto magno, 2,501 Migrantes, dio vida a miles de esculturas de barro de tamaño natural: un ejército de ánimas, de figuras cadavéricas e inconclusas que emergieron de la tierra oaxaqueña para reclamar el lugar de los ausentes. Cada pieza representa un alma, un fantasma de la migración que habita el umbral entre la vida y la memoria, fundiendo la tragedia social con la piedad popular.
Como los grandes de su tierra, Alejandro Santiago fue un hombre de una generosidad desbordante. Creó espacios culturales como La Calera y el Centro Escultórico en Suchilquitongo, brindando cobijo, herramientas y trabajo a jóvenes creadores. Su partida temprana nos dejó el testimonio de un artista que supo moldear el dolor de Oaxaca en barro, recordándonos que la muerte también es el silencio de los pueblos abandonados que claman por no ser olvidados.
Gratitud a cuatro gigantes del arte
Hablar de Rufino Tamayo, Francisco Toledo, Rodolfo Morales y Alejandro Santiago es adentrarse en la fibra misma de Oaxaca. Pero, sobre todo, es dar gracias.
Gracias a Tamayo, por haber tenido la visión y la finura de enseñarnos a mirar el cosmos y el infinito despojados de estridencias, dejándonos un museo que es tesoro para su tierra y para el mundo.
Gracias a Toledo, por su espíritu incansable y rebelde, por transformar la materia en mito y por regalarnos espacios, bibliotecas y papalotes que nos enseñaron que el arte también es dignidad, lucha y memoria viva.
Gracias a Morales, por habernos dejado la ternura de sus calles, la poesía de sus novias fantasmales y por restaurar con sus propias manos la belleza y los templos de sus Valles Centrales.
Y gracias a Alejandro Santiago, por moldear en barro el dolor del ausente, por darle rostro y voz al duelo de la migración y por cobijar a las nuevas generaciones de creadores.
A estos cuatro hombres excepcionales, con quienes tuve el privilegio inmenso de cruzar palabra, compartir momentos y entablar amistad: mi gratitud eterna por su herencia, por su amistad inolvidable y por esa inmensa e inagotable generosidad que sigue iluminando el arte de México.
































