El Estado de Oaxaca, no dimensionó al hombre que tuvo trabajando para Oaxaca, por más de 30 años a favor de una educación innovadora, cuyo objetivo fue el desarrollo regional, que en capítulos subsecuentes explicaré, porque no tienen idea quienes, hoy dirigen el SUNEO. Pero realmente me quiero referir a la visión del Dr. Modesto Seara Vásquez como abogado del futuro que pudo advertir del desastre que sucedería en el espacio interplanetario sino se regulaba. En el año de 1959, una vez aprobados sus estudios en la Sorbona de París, presentó su tesis doctoral acerca del derecho del espacio exterior, la cual llevaba por título “Études de Droit Interplanetaire”, la cual fue motivada por el lanzamiento del Satélite Sputnik I, realizado por la Unión Soviética el 4 de octubre de 1957, y se convirtió en una de las primeras obras en abordar el derecho sobre el espacio exterior o ultraterrestre. Sin duda se adelantó a su época, con su teoría de reglamentación del espacio.
Hoy cobra vigencia tal necesidad de regular el espacio, que a 66 años, más de medio siglo, nadie ha atendido tal propuesta sin imaginar la magnitud de lo que ocasionaría tal omisión. Pues con la actividad inter espacial de Elon Musk que sin ninguna reglamentación genera basura espacial con el constante lanzamiento de cohetes al espacio interplanetario. La primera vez que escuché el término basura espacial pensé en algo lejano, casi poético: fragmentos de metal suspendidos en la nada, girando eternamente alrededor de un planeta que no los vemos. Pero en los últimos años, mientras el mundo celebra cada lanzamiento de cohetes como si fueran fuegos artificiales del progreso, esa nube de desechos ha crecido en silencio, como una sombra que se extiende sin que nadie mire hacia arriba.
La historia comienza con un sonido que nunca escuchamos: el golpe seco de un objeto metálico contra la superficie lunar. Fue en agosto de 2026 cuando la NASA confirmó que una etapa del cohete Falcon 9, lanzado por SpaceX, había impactado la Luna a casi nueve mil kilómetros por hora. El cráter, de dieciocho metros, apareció en las imágenes como una herida reciente. No hubo titulares escandalosos ni discursos oficiales. Solo un registro técnico, casi frío, que decía: otro objeto abandonado ha llegado al final de su viaje. Ese impacto fue un recordatorio de algo que preferimos no pensar: cada cohete que asciende deja atrás piezas, etapas, tornillos, adaptadores, fragmentos que no vuelven. Y allá arriba, donde no hay viento ni lluvia que limpie, todo permanece. En la Tierra, seguimos con nuestras rutinas. Encendemos el GPS para llegar a una cita, revisamos el clima antes de salir, enviamos mensajes que viajan por satélites invisibles. Pero esos satélites, los que sostienen nuestra vida digital, viven en un vecindario cada vez más peligroso. La NASA lo sabe bien. El satélite Aqua, uno de los ojos más importantes para estudiar incendios forestales y fenómenos climáticos, ha tenido que esquivar basura espacial más de una vez. Maniobras precisas, calculadas al milímetro, que consumen combustible y reducen su vida útil. Cada maniobra es una especie de respiración contenida: si falla, un fragmento de cinco centímetros podría destruirlo por completo.
Desde 2005, la flota EOS ha realizado más de treinta maniobras evasivas. Treinta veces en que la ciencia tuvo que apartarse para no chocar con los restos de su propio avance. La basura espacial no es un concepto abstracto. Tiene números, peso, velocidad. Más de 25,000 objetos mayores de 10 centímetros orbitan la Tierra. Medio millón de fragmentos medianos. Cien millones de partículas diminutas que viajan a velocidades capaces de perforar metal. En total, más de 9,000 toneladas de desechos giran sobre nuestras cabezas. Los astrónomos lo describen como un “campo minado potencial”. Una frase que parece exagerada hasta que uno imagina la escena: miles de objetos moviéndose sin control, cruzando trayectorias, chocando entre sí, multiplicándose en fragmentos cada vez más pequeños. Es el síndrome de Kessler, una reacción en cadena que podría convertir la órbita terrestre en un basurero intransitable. Y si eso ocurre, no solo perderíamos satélites. Perderíamos comunicaciones, pronósticos meteorológicos, navegación aérea, vigilancia climática. Perderíamos parte de la infraestructura invisible que sostiene la vida moderna.
Mientras tanto, en la atmósfera superior, los científicos han detectado algo inquietante: nubes de litio asociadas a la reentrada de cohetes. No es un fenómeno natural. Es contaminación química, un rastro de los objetos que se desintegran parcialmente al caer. Nadie sabe aún qué efectos podría tener en el clima o en los procesos atmosféricos, pero el hallazgo abrió una puerta que no se puede cerrar: la basura espacial también puede afectar la Tierra. Y en las costas mexicanas, especialmente en Playa Bagdad, Tamaulipas, pescadores han encontrado restos de lanzamientos: piezas metálicas, propulsores sumergidos, fragmentos que llegaron con las mareas. La basura espacial, esa que imaginábamos suspendida en la nada, terminó en la arena. La pregunta inevitable es: ¿quién es responsable? La respuesta es compleja. SpaceX, con su ritmo frenético de lanzamientos, es el actor más visible. Pero no es el único. Agencias espaciales, empresas privadas, gobiernos: todos han contribuido a llenar la órbita de objetos que nadie quiere reclamar. La regulación internacional avanza lento, demasiado lento para la velocidad con la que se lanza tecnología al espacio. Y las soluciones técnicas —redes, brazos robóticos, vehículos de captura— son costosas y experimentales. Mientras tanto, la basura sigue allí, orbitando, esperando.
Quizá la parte más inquietante de esta historia es que no la vemos. No hay imágenes dramáticas, no hay humo, no hay ruido. La contaminación espacial es silenciosa, invisible, persistente. Y como toda contaminación, crece cuando nadie la mira. Pero ahora sabemos que existe. Que nos rodea. Que afecta la ciencia, la comunicación, el clima, la seguridad. Que es parte de nuestra época, como los plásticos en el océano o el smog en las ciudades. La basura espacial es la huella de nuestra ambición. Y también, quizá, el espejo de nuestra falta de previsión. La pregunta no es si nos afectará. La pregunta es cuándo decidiremos mirarla de frente.
































