OAXACA, OAX.— Durante años, para muchas familias oaxaqueñas atender una enfermedad grave en un niño no significaba únicamente enfrentar un diagnóstico: también implicaba hacer maletas, conseguir dinero y trasladarse a otra entidad en busca de servicios médicos especializados.
En ese escenario surgió una iniciativa que terminó modificando el panorama de la atención pediátrica en Oaxaca. Alma Marta Altamirano Vásquez formó parte del grupo de ciudadanos que, a mediados de la década de 1990, decidió convertir esa carencia en un proyecto concreto: construir un hospital dedicado a la niñez.
Su fallecimiento este fin de semana vuelve a colocar en la memoria pública aquella historia, pero también abre una pregunta vigente: ¿cuánto ha cambiado realmente la atención médica infantil en Oaxaca desde entonces?
UN PROYECTO QUE NO NACIÓ DESDE EL GOBIERNO
La creación del Hospital de la Niñez Oaxaqueña tuvo como punto de partida la organización de ciudadanos, médicos y benefactores.
En 1995 se constituyó el Patronato Pro-Hospital del Niño Oaxaqueño, encargado de reunir recursos y voluntades para hacer realidad el proyecto. Alma Marta Altamirano participó en ese esfuerzo, encabezado por su esposo, Diódoro Carrasco Palacios.
No fue una obra inmediata. Durante más de tres años se realizaron gestiones para reunir los recursos necesarios, construir las instalaciones y conseguir el equipamiento que permitiera brindar atención especializada.
Finalmente, en 1998, el hospital abrió sus puertas en San Bartolo Coyotepec.
El dato adquiere relevancia cuando se observa desde la perspectiva de las familias: la creación del nosocomio significó que determinados tratamientos y servicios dejaran de depender exclusivamente de hospitales ubicados fuera del estado.
EL LEGADO QUE SE MIDE EN PACIENTES
Más que una obra asociada a una familia o a una administración política, el Hospital de la Niñez Oaxaqueña puede ser leído como el resultado de una demanda social que encontró una respuesta institucional.
Esa diferencia es importante.
Las personas que participaron en su creación pueden quedar en la memoria por sus nombres, pero la verdadera dimensión del proyecto está en los pacientes que han pasado por sus instalaciones y en las familias que pudieron evitar un traslado a otro estado.
El hospital se convirtió así en una pieza relevante de la infraestructura médica de Oaxaca y en un recordatorio de que algunas de las obras públicas con mayor impacto comienzan cuando una sociedad identifica una necesidad que no puede seguir siendo ignorada.
CASI 30 AÑOS DESPUÉS, LA NECESIDAD SIGUE
La muerte de una de las mujeres vinculadas con aquella iniciativa también permite revisar el presente.
Casi tres décadas después de su apertura, la atención pediátrica especializada continúa siendo un asunto sensible para Oaxaca. La existencia de un hospital especializado no elimina los problemas relacionados con disponibilidad de medicamentos, personal médico, infraestructura, equipos y capacidad de atención.
Por ello, el mejor homenaje a quienes impulsaron su creación no debería reducirse a recordar el origen del hospital.
También tendría que traducirse en garantizar que la institución conserve las condiciones necesarias para cumplir con la finalidad para la que fue concebida.
Una obra de salud no termina cuando se inaugura. Su verdadero éxito depende de que pueda mantenerse funcionando y responder a las necesidades de la población durante generaciones.
UNA DESPEDIDA CON REGRESO A CUICATLÁN
Alma Marta Altamirano Vásquez será despedida en Oaxaca antes de ser trasladada a San Juan Bautista Cuicatlán, población con la que mantuvo una relación cercana durante buena parte de su vida.
Sus restos serán velados en la capilla 4 de la sucursal Reforma de Funerales Núñez Banuet. La ceremonia religiosa está prevista para el lunes 14 de septiembre y posteriormente será sepultada en el Panteón Municipal de Cuicatlán, donde también descansan los restos de su esposo.
Altamirano Vásquez fue madre del exgobernador de Oaxaca Diódoro Carrasco Altamirano. Quien gobernó la entidad entre 1992 y 1998 y posteriormente ocupó la Secretaría de Gobernación.
Sin embargo, su muerte deja una historia que va más allá de los cargos públicos de su familia.
Su nombre permanece ligado a una iniciativa que surgió de una necesidad concreta: que ningún niño o niña de Oaxaca tuviera que abandonar necesariamente su estado para recibir atención médica especializada.







































