Bersahín López
A través de los años, México ha sido un país con una base social intensa, que en el momento de defender las libertades, impulsar cambios estructurales y concentrar esfuerzos por el bien común, lo ha hecho con la fuerza necesaria para construir un desarrollo hacia el futuro.
La lucha independentista, la guerra por las reformas, la revolución para alcanzar la democracia y los procesos políticos para darle solidez a las instituciones y proyectar un México con desarrollo integral, son ejemplos de cómo una sociedad participativa puede lograr cambios profundos, cuando son motivados por causas humanas que generan beneficios colectivos.
Dentro de estas luchas sociales, el sindicalismo fue un factor fundamental para cohesionar múltiples causas debido a la cantidad de afiliados, la presencia territorial y la influencia política que estas organizaciones fueron ganando de manera paulatina.
La defensa de los derechos colectivos y la eliminación de las injusticias hacia la clase trabajadora fueron puntos de coincidencia para una lucha que pasó de las fábricas y las calles hacia la Constitución, donde se plasmaron las garantías laborales, todo ello como parte de un esfuerzo incansable de los trabajadores y sus familias en beneficio del país.
Desafortunadamente, las estructuras sindicales, al ganar tanto poder, se fueron corrompiendo sexenio tras sexenio. Si bien lograron beneficios para sus agremiados, también fortalecieron actitudes caciquiles en quienes estaban al frente, pervirtiendo su actuar en una doble cara: conquista de derechos y totalitarismo en su vida interna.
Los aires democráticos fueron invadiendo al país en las últimas décadas del siglo XX, pero esa dinámica de conquista social no pudo hacerse palpable en los múltiples sindicatos. La lucha entonces se concentró más hacia el interior; las grandes disputas ya no solo eran contra el “patrón”, sino por la democracia interna, una negociación colectiva real y la adecuación de las y los trabajadores a la nueva realidad tecnológica del mundo.
Actualmente, los grandes sindicatos de México han sufrido una reestructuración total, mucho de ello provocado por la injerencia de los gobiernos en turno y no solo por una necesidad genuina de transformarse.
Con bastante preocupación hemos sido testigos, a través de los medios de comunicación, de la vinculación de algunas organizaciones con grupos delictivos, una situación que el Estado mexicano debe combatir con firmeza.
Ante este panorama, el sindicalismo tiene la posibilidad de reconfigurarse de manera auténtica, alejándose de la seducción del poder político, de la delincuencia organizada y de la injerencia extranjera. Es urgente que las y los trabajadores retomen la conducción de sus organizaciones mediante una participación directa y libre, asegurando que el gremio responda a la colectividad y no a intereses personales.
El viejo esquema de los líderes sindicales plenipotenciarios ha terminado. Hay que reconocer el temple y la visión con la que concretaron muchas causas, pero también dejaron herencias nocivas para la transparencia y la pluralidad. El nuevo sindicalismo mexicano debe centrarse en el bienestar de la y el trabajador, adaptándose a los nuevos esquemas de la tecnología, configurando dirigencias más horizontales y con toma de decisiones en conjunto.
Los tiempos han cambiado y el gremio debe reinventarse con claridad para ser, al mismo tiempo, un sostén dinámico para las empresas que impulsan la economía nacional. La lucha legislativa ha sido importante, pero debemos redoblar esfuerzos para garantizar en la Constitución la solidez legal de las conquistas laborales.
Esto no debe llevar a las dirigencias al protagonismo político, sino a enfocarse totalmente en el trabajo gremial sin perturbaciones: hacer política siempre, pero sin enredarse políticamente. Porque un México competitivo y con futuro solo es posible con un sindicalismo autónomo y verdaderamente consagrado al desarrollo de las trabajadoras y trabajadores.
@bersahinlopez
































