La ignorancia de los mexicanos hizo de él una aberración del poder, y esa fue la imagen que se construyó del personaje que gobernó al país durante 31 años. Sí, hablo del Soldado de la Patria, don Porfirio Díaz Mori, quien logró impulsar la educación de los mexicanos con Justo Sierra Méndez (26 de enero de 1848 – 13 de septiembre de 1912). Justo Sierra es, quizá, el hombre más importante que México tuvo sin que la mayoría lo sepa. Fue el intelectual que vivió del lado incómodo de la historia, pues, sirviendo a una dictadura, logró construir la institución que más ha democratizado el conocimiento en el país y por cuyo legado hoy estudian millones de personas que nunca han escuchado su nombre.
Nació en Campeche el 26 de enero de 1848. Fue hijo de un notable historiador y, desde joven, quedó claro que era la persona más brillante en cualquier lugar donde estuviera: abogado, poeta, periodista, historiador, orador de los que hacen callar a las salas y escritor a quien Ignacio Manuel Altamirano reconoció como su mejor discípulo. Para cuando tenía treinta años ya era diputado federal y, en 1881, propuso en el Congreso la creación de la Universidad Nacional de México, iniciativa que nadie le aprobó. Sin embargo, esperó veintinueve años para verla hecha realidad.
A lo largo de esas casi tres décadas, Justo Sierra hizo algo que la historia le ha cobrado y que le costó su reputación entre los liberales puros: se convirtió en el cerebro cultural e ideológico del gobierno de Porfirio Díaz. Formó parte del grupo de los Científicos, los intelectuales y tecnócratas que daban sustancia filosófica al régimen.
En 1905, Díaz lo nombró primer secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes del país y, desde ahí, Sierra ejecutó en seis años lo que había diseñado durante treinta: creó la educación primaria pública, obligatoria, laica y gratuita de carácter nacional; organizó el magisterio; estableció becas para alumnos destacados; impulsó el estudio de las culturas indígenas y fortaleció el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología.
El 22 de septiembre de 1910, diez días después de que Porfirio Díaz inaugurara los festejos del Centenario de la Independencia con la iluminación de la Ciudad de México mediante un millón de bombillas, Justo Sierra inauguró la Universidad Nacional de México, la misma institución que había propuesto veintinueve años antes en un Congreso que no lo escuchó.
Dos meses después estalló la Revolución Mexicana. Sierra apoyó a Francisco I. Madero, quien lo nombró ministro en España, país al que se trasladó. Sin embargo, murió en Madrid el 13 de septiembre de 1912, a los 64 años de edad, sin alcanzar a ver lo que su Universidad llegaría a ser. En 1948, con motivo del centenario de su nacimiento, la UNAM lo declaró Maestro de América y sus restos fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres.
La paradoja de Justo Sierra es esta: el hombre que construyó las instituciones que más han democratizado el saber en México fue el ideólogo de la dictadura que más concentró el poder. La UNAM existe gracias a un porfirista convencido. Eso no lo enseñan en muchos libros de texto, convertidos en propaganda ideológica. Basta leer la belleza de su discurso “La religión del porvenir”.
El discurso “La religión del porvenir”, premiado en 1891 por el Ateneo de la Juventud, es una verdadera belleza:
Señores, voy a hablar de una religión nueva.
Señores:
La humanidad camina. El pasado es un cementerio de dioses muertos. Sobre las ruinas de los templos antiguos se levantan los laboratorios y las bibliotecas.
La religión del porvenir no tendrá templos de piedra, ni altares, ni ídolos. Su templo será el Universo; su altar, la conciencia; su ídolo, la Verdad.
No tendrá sacerdotes con vestiduras sagradas, sino hombres de ciencia con la blusa del trabajo. No tendrá ritos misteriosos, sino experimentos. No tendrá oraciones balbucientes, sino himnos al progreso.
La religión del porvenir tendrá por dogma la Ciencia, porque la Ciencia es la única que no engaña, la única que demuestra, la única que redime. Tendrá por culto el Arte, porque el Arte es la expresión suprema de lo Bello, el consuelo de los que sufren y la patria de los desterrados del ideal.
Tendrá por moral el Bien, porque el Bien es la ley eterna de la vida, la armonía de los mundos y la justicia inmanente de las cosas.
Ya no habrá revelaciones misteriosas escritas en libros sellados, porque todo estará revelado por la razón a quien sepa interrogar a la Naturaleza. Ya no habrá milagros que suspendan las leyes, porque la Naturaleza misma es el milagro eterno, regido por leyes inmutables.
Ya no habrá cielo ni infierno fuera de nosotros, porque llevamos en el alma nuestro cielo cuando obramos bien y nuestro infierno cuando obramos mal.
Los sacerdotes de esa religión serán los sabios que arrancan secretos a lo desconocido, los poetas que hacen visible lo invisible, los filósofos que buscan la razón de las cosas; todos los que trabajan por la luz y por la justicia.
Sus oraciones serán el estudio que ilumina; sus sacrificios, el trabajo que fecunda; sus milagros, el vapor que suprime las distancias, la electricidad que borra la noche y la vacuna que vence a la muerte.
La religión del porvenir será la religión de la Humanidad. No conocerá fronteras, porque la Verdad es universal. No tendrá sectas, porque la Ciencia no admite herejías. No tendrá odios, porque el Arte y el Bien son fraternales.
Entonces todos los hombres serán hermanos ante la Ciencia que iguala, ante el Arte que eleva y ante el Bien que redime. Entonces la Tierra será el Paraíso reconquistado por el esfuerzo humano y Dios no estará fuera del mundo, sino en la conciencia de cada hombre que piensa, ama y trabaja.
He dicho.
Hoy lo recuerdo, a 114 años de su muerte, ocurrida el 13 de septiembre de 1912 en Madrid, España. Así como yo lo recuerdo, también lo hacen muchas personas que no necesariamente vivieron el porfiriato ni nacieron en esa época (1876-1911). Solo comparto estos datos para mostrar cómo, a través de los años, se llegó a creer que los restos de don Porfirio Díaz ya descansaban en Oaxaca, como lo aseguraban don Guillermo Reimers y otros intelectuales oaxaqueños. Veamos los comités que se formaron para la expatriación de los restos del Soldado de la Patria; para ello mostraré una carta fechada el 12 de noviembre de 1949.
CARTA
12 de noviembre de 1949
En una amplia carta escrita por las hijas del general Porfirio Díaz, doña Amada Díaz Ortega de la Torre y doña Luz Rincón Gallardo, dirigida en esos años al presidente del Comité Pro Traslado de los Restos del Héroe, le confirmaron que los restos de su padre reposaban aún en el cementerio parisino de Montparnasse, un camposanto con gran historia en París, desmintiendo así las versiones propagadas en el sentido de que, secretamente, habían sido traídos a Oaxaca por su viuda, doña Carmen Romero Rubio, cuando esta regresó al país en 1939.
El primer Comité Estatal Pro Traslado de los Restos del General Don Porfirio Díaz Mori se constituyó el 20 de octubre de 1949 y quedó integrado de la siguiente manera:
Presidente: Lic. Ricardo Torres Gris.
Vicepresidente: Profr. Luis Sarmiento Jiménez.
Secretario: Lic. Fernando Ramírez de Aguilar.
Prosecretario: Dr. Jorge Pérez Guerrero.
Tesorero: Juan Díaz.
Protesorero: Joaquín V. Guzmán.
Vocales propietarios: Lauro Candiani Cajiga, Guillermo Reimers Fenochio, Guillermo Brena, Arturo Ruiz, Juan Baigts, Eduardo Pimentel y Enrique Vásquez.
Vocales suplentes: Everardo Ramírez Bohórquez, Ezequiel Ruiz Gómez, Enrique Pacheco Caballero, Alfredo Ramírez, Joaquín Fagoaga, Manuel Ramírez, Juan Revilla y Tomás Robles, entre otros.
La fecha nos indica que hace 76 años seguía vivo el interés por traer los restos del general, considerado por muchos como un “Héroe de México”. Bajo ese carácter, sostenían que debía regresar a México con los honores correspondientes, pero, sobre todo, a Oaxaca.
Continuará…
Oaxaca de Juárez, Oax., a 6 de julio de 2026
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la Federación Nacional de Asociaciones de Cronistas Mexicanos A.C.




































