El pasado viernes se realizó el segundo simulacro nacional de terremoto en nuestro país, cada año se realiza uno, con él se trata de concientizar a la población de la posibilidad de salvar muchas vidas en caso de terremoto, pues al fin y al cabo nuestro país es una zona sísmica y nuestro estado lo es también.
El pasado 19 de septiembre se cumplieron cuarenta años del terremoto que en 1985 devastó la capital del país y parte de la Mixteca oaxaqueña, y ocho años del terremoto que en 2017 volviera a sacudir la Ciudad de México y también Oaxaca. Esos y muchos más son eventos que hemos vivido en este México nuestro y que han dejado huella profunda por las pérdidas humanas, sobre todo, pero también por las secuelas que dejan a muchas personas, secuelas como la ansiedad y el miedo ante la posibilidad de un nuevo evento telúrico.
Los especialistas lo llaman estrés postraumático (TEPT) y puede aparecer por diversos motivos, pero es posible enfrentarlo de una manera profesional, debido al impacto psicológico, como consecuencias que se presentan, en este caso, luego de sismos tan devastadores como el de 1985 y 2017 en México. Este padecimiento puede aparecer semanas o meses después de un desastre y afectar la vida cotidiana, si no se detecta y atiende a tiempo.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), hasta un 30 por ciento de las personas expuestas directamente a desastres de gran magnitud presentan síntomas como ansiedad intensa, insomnio, pesadillas, sobresaltos constantes o evitar lugares y situaciones que recuerden el evento.
Las soluciones son diversas con terapias psicológicas como la terapia cognitivo-conductual o la terapia de exposición, así como intervenciones médicas cuando los síntomas afectan de forma severa la vida diaria. La detección temprana puede reducir el riesgo de complicaciones como depresión, consumo problemático de sustancias o aislamiento social.
Cuando ocurre un temblor, la atención suele centrarse en los daños físicos visibles: edificios colapsados, objetos caídos o personas heridas. Sin embargo, existe un impacto silencioso, pero igualmente importante: el psicológico.
Saber cómo brindar primeros auxilios psicológicos (PAP) puede marcar una gran diferencia en la forma en que las personas procesan la emergencia y comienzan a recuperarse emocionalmente.
Este tipo de apoyo es clave para disminuir el miedo, el desconcierto y la ansiedad inmediata que suelen aparecer tras un evento sísmico, especialmente en grupos vulnerables como niños, adultos mayores o personas que ya enfrentan problemas de salud mental.
De acuerdo con una investigación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), una crisis psicológica es un estado temporal de desorganización emocional y mental que puede durar desde unas horas hasta un máximo de seis semanas.
Durante este periodo, la persona ve reducida su capacidad para afrontar situaciones específicas derivadas de una emergencia.
Este estado se caracteriza por una intensa sensación de amenaza, vulnerabilidad o peligro inminente, lo que dificulta tomar decisiones racionales y actuar de forma adecuada. No es simplemente “estar nervioso”: se trata de una alteración temporal de la estabilidad emocional que requiere contención, calma y apoyo inmediato.
La UNAM explica que la atención en situaciones de crisis se desarrolla en dos etapas fundamentales, como son los PAP y la Terapia de crisis. Los PAP consisten en una intervención emocional breve, inmediata y práctica, que se aplica durante las primeras horas (y hasta 72 horas) posteriores al evento traumático; buscando brindar contención, reducir el miedo, ofrecer información clara y conectar a la persona con su red de apoyo (familia, amigos, instituciones).
La OMS define los PAP como un conjunto de acciones humanas y de apoyo destinadas a aliviar el sufrimiento inmediato y a promover el funcionamiento adaptativo a corto y largo plazo; es decir estabilizar emocionalmente y restablecer la seguridad de la persona.
Los PAP pueden aplicarse incluso por personas no especialistas (docentes, brigadistas, personal de protección civil) que hayan recibido capacitación básica, siempre con empatía, escucha activa y sin hacer juicios.
La terapia de crisis es una intervención más profunda que se ofrece días o semanas después del evento, cuando se identifican secuelas emocionales persistentes, como insomnio, ataques de pánico, ansiedad crónica o depresión.
Esta etapa requiere atención profesional por parte de psicólogos o psiquiatras capacitados en salud mental en situaciones de emergencia.


































