Cuántas veces nos hemos encontrado con personas caminando por la calle mientras van absortas mirando el celular, muchos de ellos son jóvenes, la gran mayoría; yo los veo cada día de camino a mis actividades. ¡No levantan la cabeza! Las demás personas debemos esquivarles para no “chocar” con ellos… ¡y nadie dice nada!
Esos jóvenes absortos como muertos vivientes seguramente pasan gran parte de su día mirando el celular: mientras hacen su tarea, mientras se trasladan, mientras comen, mientras van al baño, mientras fingen escuchar a maestros o a padres.
Me he preguntado cuál es la razón de estas actitudes, pues yo creo que la vida está afuera, sobre todo afuera del celular; pues resulta que recientes estudios han señalado que las aplicaciones que consumimos todos han sido creadas para ser tan adictivas como la cocaína, ya que activan las mismas zonas cerebrales de un adicto a esa sustancia.
Justamente los adictivos algoritmos de las redes sociales son, según especialistas, los principales causantes de los problemas de salud mental en niños y jóvenes, lo que se ha agravado en los últimos años, con una mayor prevalencia de ansiedad, depresión, trastorno por déficit de atención con hiperactividad o el trastorno de la conducta alimentaria.
Sicólogos han relatado un aumento de visitas de niños con autolesiones en brazos y piernas, lo que revela un sufrimiento importante que requiere de una atención inmediata, aunque reconocen que muchos padres no son conscientes de algunas de estas conductas.
Las causas de todo lo anterior son multifactoriales, pero el denominador común es el uso y abuso de la tecnología. Y es que no es el Internet en sí, sino en cómo están diseñadas las aplicaciones que lo usan, que están creadas específicamente para ser adictivas, una adicción que está al nivel de la cocaína, ya que activan las mismas zonas cerebrales y con la misma intensidad. Innegable, estamos frente a un nuevo tipo de esclavitud, pues al igual que muchos jóvenes en edades escolares, así mismo están muchos adultos.
Hoy día una práctica común es proporcionarle el celular a un niño, o incluso a un bebé, porque “los niños de hoy ya vienen con chip integrado” se justifican los padres o cuidadores. Lo anterior sin saber el daño que se hace a las infancias que con esos estímulos van creciendo y cada vez necesitan más… como una droga.
Hace algunos años a los chicos se les daba un celular hasta los 14 ó 15 años y se restringía su uso en ciertos momentos y lugares, como la hora de comida, se les retiraba a cierta hora del día, los celulares quedaban “depositados” fuera de las habitaciones y se limitaba la apertura de cuentas indiscriminada. Muy pronto se relajaron estas limitaciones, y hoy puede verse a muchos niños que usan el celular todo el tiempo y en todo lugar con una tendencia clara a no socializar ni con familia, ni con amigos presentes, con el argumento de que el niño o el joven “se aburre” si no usa el dispositivo.
Los especialistas coinciden que el uso temprano de dispositivos móviles con internet y aplicaciones retrasan el desarrollo del lenguaje, presentan problemas de atención y una mayor irritabilidad, con rabietas más largas y duraderas, así como retrasos en el desarrollo cognitivo.
En los primeros años de escuela se está comenzando a usar, en algunos casos, el celular a manera de instrumento de investigación. En educación secundaria y preparatoria es un requisito usar el celular o la tablet en algunas materias; mientras tanto, se va dejando de lado el conocimiento del español, el uso del diccionario, la búsqueda de temas en un libro a través del índice, ya no digamos la lectura de libros en libros físicos.
Los jóvenes universitarios son hoy menos proclives a tomar notas escritas a mano, pues no tienen la capacidad de recordación de la frase recién pronunciada por el catedrático y “pierden el hilo”, entonces aquello se convierte en una serie de interrupciones a la secuencia de quien expone. Pero si el profesor decide dictar notas, entonces tampoco funciona pues los chicos escriben muy despacio, ya que no tienen por costumbre trazar y cuando lo hacen, su caligrafía es de estudiantes de primaria, es decir refleja inmadurez y falta de costumbre de escribir a mano. Es por ello que se opta por las presentaciones que luego el profesor deberá compartir con sus alumnos para que puedan dar seguimiento al contenido visto en clase. Y si el maestro escribe en el pizarrón, pues los alumnos, sólo tomarán una captura de pantalla en vez de copiar lo expuesto complementado con sus propias ideas o con lo dicho por el profesor.
Se puede considerar que estamos ante una emergencia de salud pública y de educación, lo que debería buscar solucionarse desde la educación pública, sin embargo, no se ven iniciativas que vayan encaminadas a ello. Mucho podría hacerse con la escuela para padres y con la institucionalización de talleres de salud e inteligencia emocional para apoyar al estudiantado en las diversas problemáticas que presentan en las diferentes etapas educativas, brindándoles herramientas para verbalizar emociones con claridad.
Aunque lo ideal sería limitar el uso de celulares en casa y en el espacio educativo hasta tal vez los 16 años, pues nuestros niños y jóvenes están en riesgo permanente; asimismo se habrían de establecer controles de calidad para esas aplicaciones, tal como ocurre con los juguetes convencionales, con el objetivo claro de proteger al menor.


































