He escrito en algunas ocasiones y en este mismo espacio, sobre la inspiración para escribir sobre algún tema.
Me inscribo entre quienes rechazan esa inspiración y a las musas mismas para lograr una composición, y me adhiero a quienes refieren que lo importante es la disciplina, es decir escribir diariamente,, algún asunto bueno o malo pero diariamente al menos quince minutos, y quien escriba observará fenómenos extraños a veces incomprensibles.
Por ejemplo me sucede a menudo que tengo un tema en mente para desarrollar, ya sea un artículo o un capítulo de la nueva novela que estoy escribiendo, -Los Gemelos- y de pronto mis dedos inician el trabajo sobre un asunto totalmente distinto al planeado, como si una entidad extraña escribiera usando mis manos.
Escalofriante pero cierto.
Así las cosas, este día que escribo mi colaboración para El Imparcial el Mejor Diario de Oaxaca, tenía el tema del agua potable y resulta que empecé a escribir nombres de viejos amigos, aparentemente sin razón alguna.
Es inusitado pero resulta que en la mente tenía esos nombres, que debí haber mencionado en mi colaboración de hace quince días, y no lo hice cuando me referí a un grupo de personas que fuimos recibidos por el señor Presidente en aquellos años Don Gustavo Díaz Ordaz, de quien recordé de pronto que su segundo apellido era Bolaños Cacho, es decir que tenía dos apellidos compuestos, de tal manera que muchas personas, todavía piensen que era oaxaqueño.
Pero esa es otra historia.
Como sea, el caso es que esos nombres pendientes de relatar, salieron por el solo hecho de sentarme a escribir.
Recuerde querida lectora, amigo lector, que íbamos a pedir a Díaz Ordaz la carretera a la costa, hace cosa de cincuenta años, quizás un poco más.
Pertenecíamos a la Cámara Nacional de Comercio de Oaxaca y eran los siguientes: Presidente Don Romeo Díaz San Ginés. Consejeros Don Adalberto Castillo Avendaño, el licenciado Ernesto Miranda Barriguete, Don Luis Tarasco Camino y su servidor Jorge Martínez Gracida; creo que además el Gerente de la Cámara Don Vicente prieto.
Quizás alguien más, que ahora no recuerdo, pero allí está el fenómeno maravilloso de lo que es nuestra mente y su memoria.
































