El segundo año de gobierno de Alejandro Murat concluyó el primero de diciembre. El inicio se dio en dicha fecha pero de 2016. En cualesquier administración gubernamental es tiempo de hacer un alto y revisar pausada, pero enérgicamente, la función que ha desempeñado cada uno de sus colaboradores. Hay una tradición en el sistema político mexicano de privilegiar en los cargos públicos a los amigos, a los familiares, a aquellos que están en los afectos de quien manda, independientemente que sepan o no de las áreas y temáticas que les ponen en sus manos. He ahí el fracaso de las políticas públicas que tienen al frente a inexpertos, incapaces e ineficientes. Sin embargo, la amistad, la cercanía, las adulaciones, entre otros, prevalecen sobre el compromiso institucional de responder al voto ciudadano y al compromiso del poder público. Para una parte importante de la ciudadanía oaxaqueña, el ejecutivo estatal tiene que dar un golpe de timón. Si los amigos no han funcionado, simplemente darles las gracias. Hay quienes están en el gobierno y viven en Oaxaca como si fuera un suplicio. Se escuchan a menudo comentarios de los cercanos que dicen detestar esta tierra y a los oaxaqueños. Viven del erario, sí, y muy bien, pero escupen al cielo.
Como ha sido en la historia política del país, a lo largo de décadas, los nuevos retos entrañan aires nuevos en los equipos de gobierno. Hay que imprimirle nuevos ánimos a quienes se han acartonado en su responsabilidad, creyendo que nada hay más qué hacer. A quienes se han regodeado en la comodidad de la oficina, de los policías que los custodian, de los buenos salarios, etc., asumiéndose merecedores de ello, sin reparar que dicha situación es efímera y que nada es para siempre. Los hay que con aires de perdona-vidas ven a los oaxaqueños con el rabillo del ojo y se asumen seres de otro planeta. Esa arrogancia debe ser extirpada. Y una lección para ellos es la gira que por tres días realizó el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, viajando en avión comercial y tratando con sencillez y humildad a los indígenas. ¿De qué están hechos algunos mediocres funcionarios del gobierno estatal que asumen comportamientos discriminatorios, burdos y prepotentes? Hacia ahí debe ir el gobernador para hacer una limpia en su equipo de trabajo. Pero los cambios urgen. Hay que darle un viraje a este equipo acartonado y soberbio.
Programas sociales: ¿Pero cuáles?
Si algo tenemos que criticar al gobierno estatal, es la orfandad en programas sociales, que atiendan con prioridad a los que menos tienen. Durante las pasadas comparecencias de los titulares de las dependencias estatales, ante las comisiones respectivas del Congreso local, se hizo referencia a la atención a grupos vulnerables y otros. Salvo el Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), poco se sabe de un programa articulado y con recursos para atacar de fondo la pobreza extrema, atención a los niños, a los adultos mayores o a los indígenas marginados. Es importante subrayar que tampoco hubo un programa social para dichos grupos en la administración de Gabino Cué. Seis años pasamos en blanco al respecto, salvo los programas sociales que impulsó el gobierno federal que, hoy se sabe, la famosa Cruzada contra el Hambre, sólo sirvió para engrosar cuentas bancarias en el país y el extranjero, arropadas por la impunidad de los presuntos responsables. Los programas sociales constituyen hoy mismo, un gravísimo vacío en el actual gobierno estatal, situación que debe atender si quiere caminar al tenor de los que habrá de impulsar la Federación.
Si bien es cierto que el régimen estatal tiene que hacer su parte, no hay que olvidar que en el Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF) 2019, con toda la crítica y obstáculos que tuvo en su aprobación, justamente por las inequidades y desequilibrios, la Secretaría de Bienestar, que sustituye a la SEDESOL, tuvo un incremento sustancial en su presupuesto. Ello implica que la política social del presidente López Obrador, será una especie de eje de las políticas públicas que emprenda su administración. No hace falta pues tener demasiada imaginación para poder aprovechar esa coyuntura y buscar el apoyo de la dependencia federal para promover programas locales. Tampoco debe verse como un burdo oportunismo. El gobierno de Murat Hinojosa debe articular una política social que vaya por delante de los programas federales y no a la zaga. Por otra parte, no se ha visto en la actual administración el menor intento de revisar los objetivos, los ejes temáticos y transversales del Plan Estatal de Desarrollo, 2016-2022. Tal parece que se trata de un documento obsoleto en el que nadie repara, mucho menos que sirva de guía a la labor de gobierno y las políticas públicas.
































