Fue el 5 de noviembre de 1815, que fue hecho prisionero el General José María Morelos y Pavón, motivo por el cual escribe el virrey Calleja al Ministro de Indias: Me satisface participar a vuestra excelencia este 30 de noviembre de 1815, “que Morelos fue apresado el 5 del mes en el río Mezcala en camino real de Acapulco”. Acaba el liderazgo del cura de Carácuaro que durara cinco años, que lo hizo ser esa cabeza más visible de aquella causa de la insurgencia.
Calleja no se engaña: la captura desataría la reacción de insurgentes que aún daban pelea. Trasladó a Morelos a la Ciudad de Méjico para su condena. Calleja al vivir en Nueva España desde hacía más de 20 años y al haberse casado con cierta rica heredera criolla, él ya sentía algunas simpatías no tan encubiertas por la independencia del reino.
Pero era el representante de aquella Corona además del gran rival militar de Morelos: aquel perdón será, sencillamente, imposible. La captura del cura por supuesto desmoralizó a las tropas insurgentes entrando en crisis y dispersión. En su informe de noviembre Calleja asegura que ‘no hay reunión en la actualidad que sea de cuidados’.
El virrey da cuentas: Nueva España parecía pacificada. Quiso Calleja que ese proceso inquisitorial de la degradación sacerdotal de Morelos fuese conocido por la Ciudad de Méjico para infundir miedo, y que el escarmiento evitara que otros sacerdotes se lanzaran a la insurgencia para luego convertirse en aquellos nuevos cabecillas del movimiento.
El 24 y el 25 de noviembre lo enjuicia el Santo Orificio por herejía y abandonar sacerdocio arruinando su alma al despreciar amenazas de excomunión de obispos del Bajío contra insurgentes. Todo, hasta por haber enviado a su hijo Juan Nepomuceno a estudiar a Estados Unidos, se convirtió en cargo criminal en contra de este michoacano.
El Santo Oficio forzó esta norma, el cura no incurrió en ninguna de las causales. El clero para desvanecer sospechas de simpatizar con la insurgencia chantajea a Morelos y no podría morir como un católico, a menos que se retractara de este pasado guerrillero y proporcionara toda aquella información relevante para acabar con esos insurrectos.
Morelos revelará una lista de 13 generales insurgentes, si bien estaba López Rayón y Guadalupe Victoria, no menciona a su sucesor Vicente Guerrero. Tampoco da nombres de los que apoyan al movimiento en las ciudades del reino ni delató a esos criollos insurgentes agrupados en aquella logia secreta Los Guadalupes, con quienes tenía relación.
Al día siguiente de aquella degradación, este oidor Miguel de Bataller mismo que era un criollo leal a la Corona pidió para este reo la pena de muerte. A su cadáver le cercenarían las manos para clavar una en esa plaza mayor de la Ciudad de Méjico y otra será llevada a Oaxaca. Al virrey Calleja tomó casi un mes en poder dictar aquella sentencia.
En el día 20 de diciembre anunció que Morelos morirá fusilado como un traidor, afuera de esa capital del reino, pero sin que se le mutilara. Hombre de honor, Calleja le evitaría a este gran contrincante aquella afrenta de cercenarle ambas manos. Arrodillado, José María Morelos escucharía de esa voz del coronel Manuel de la Concha, su sentencia.
La muerte llega sin dilación. El fusilamiento es en la casa de virreyes, Ecatepec. Concha sacará a Morelos de la Ciudadela, van al norte del valle. El sentenciado para en la Villa de Guadalupe donde a pesar de los grilletes se arrodilló para encomendarse a la patrona de la causa insurgente. Llegan a Ecatepec. Sereno Morelos charla con su ejecutor.
Ese lugar era árido y lo comparó al jardín donde nació, en Valladolid. Comerá caldo de garbanzos y fuma puro. Se confiesa. Daban las tres de la tarde. Abraza al coronel de la Concha. Alguien le prestó aquel crucifijo, al que le habló de esta forma ‘Señor, si yo hube obrado bien, tú lo sabes; y si acaso hice mal me acogeré a tu infinita misericordia’.
Ya estaba en paz. A principios de su prisión, le habría escrito a su hijo Juan Nepomuceno ‘morir será nada, cuando por la patria se muere, y yo he cumplido como debía con mi conciencia y como un americano’. Él mismo se vendó esos ojos y se puso de espaldas a aquel pelotón de fusilamiento. Pero serían necesarias esas dos descargas para matarlo.
Ocho años tras su muerte, ya concretada la independencia y caído el imperio de Agustín de Iturbide, se dice que aquellos restos de Morelos fueron exhumados y conducidos para esta Villa de Guadalupe. Allí se les reunió con aquellos despojos de Hidalgo y de Allende, de Aldama y de Jiménez, en un acto de desagravio que este Congreso les rendía.
Al llevarlos a esa Catedral de Ciudad de Méjico, hay funeral de héroes de la patria. A los restos les llegó este deterioro inevitable. En 1895 el mal estado hizo se les depositara en urnas y después de una jornada de homenajes en ese patio de la antigua Aduana que hoy es parte de la sede de la secretaría de Educación Pública. Son traídas a Catedral.
En 1925 el reportero Jacobo Dalevuelta aseguró en primera plana, en la víspera del traslado de restos a esta columna de la Independencia, que estos restos de Morelos habrían sido sustraídos hacia este año de 1866, por Juan Nepomuceno Almonte, el hijo del cura de Carácuaro, al momento en que abandonara Méjico, para marcharse a la Francia.
Dalevuelta recuperaba este confuso testimonio de aquel cronista Luis González Obregón acerca de una mala identificación de los restos de estos insurgentes, además de un montón de viejas hablillas derivadas de aquella malísima prensa y este escaso aprecio que Almonte sufrió al aliarse con este partido conservador y con aquel proyecto imperial.
Sin embargo, aquel periodista Dalevuelta no tenía ni una sola prueba sólida. Hoy sabemos, por aquellos testimonios de 1823, que los restos de todos los caudillos, se hicieron mazacote entre este primer funeral, de tal modo de que Almonte nunca pudo haberlos sustraído, pues no tenía elementos como para poder identificar estos restos de su padre.
En el tenor del ‘se dice qué’ se habla de un bastante dudoso análisis forense prácticamente desconocido, que el INAH realizaría en 2010 al cráneo que fuera encontrado adentro de aquella urna misma que llevara este nombre de Morelos y dizque trazara un perfil coherente con estas características del cura y esas circunstancias de su muerte.
En un haiga sido como haiga sido, a lo largo de aquellos siglos XX y XXI esta idea del robo de aquellos restos de Morelos gozaría de gran popularidad y por varias ocasiones sería aquella noticia de primera plana. Pero todos los que siguieron el paradero fallaron en hallarlos. Con todo el Siervo de la Nación sigue aún muy alejado de su patria.
Los dos primeros mártires de la independencia de Oaxaca fueron: José María Armenta y Miguel López de Lima, precursores de la Independencia de México en Oaxaca, quienes nacieron en el rancho de Cacalote, sujeto al pueblo de Puruándiro, que hoy se conoce como la Tenencia de Galeana, Michoacán.
Detalles de sus nacimientos
– José María Armenta: -Nacimiento: alrededor de 1775 en Cacalote, Puruándiro, Michoacán, Oficio: Sastre, -Estado civil: Casado con María Regina Parra.
– Miguel López de Lima: -Nacimiento: 1772 en Cacalote, Puruándiro, Michoacán, -Oficio: Arriero, -Estado civil: Casado con María Salvadora Díaz.
Ambos fueron emisarios de Miguel Hidalgo y Costilla en Oaxaca, donde lideraron la lucha por la independencia. Fueron capturados y sentenciados a muerte por las autoridades españolas, siendo ahorcados en las canteras de Ixcotel en la sala del crimen que estaba en el exconvento del Carmen, siendo sentenciados el 31 de diciembre de 1810, fueron enterrados en el panteón en donde hoy está el atrio del templo de el Carmen Alto.
Oaxaca de Juárez, Oax., a 13 de octubre de 2025
JORGE BUENO.
Cronista de Oaxaca.
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la
Federación Nacional de Asociaciones
de Cronistas Mexicanos, A.C.


































