¿Qué me das?, ¿Qué te doy? Así inician las prácticas del clientelismo, que a decir de autores, son una realidad cotidiana en nuestra sociedad y se infiere que es difícil desprenderse de ellas, la forma histórica en la que México ha expresado la política social como paliativo de las políticas económica, financiera y hasta laboral.
“Como se observa, el clientelismo se practica en culturas como la mexicana, en las cuales persiste la falta de respeto a las reglas formales, convirtiéndose en un ideal para su sobrevivencia; por ello, “en términos de clientelismo político, como hemos señalado, se generan acciones como el fraude, la malversación de fondos, estafas y prácticas tales que lesionan seriamente, además de la economía, la credibilidad ciudadana y, con ello, a las instituciones, pero sobre todo, y lo que es peor, contribuyen a obstaculizar una consolidación democrática” (Audelo, 2004, p. 140)”.
Se dice que es intercambio de favores por votos entre los pobres del sector urbano y los partidos políticos en la Ciudad de México. Basado en un trabajo etnográfico realizado en una colonia popular, se estudian las condiciones sociales de las prácticas clientelares y las interpretaciones elaboradas por los propios “clientes” y “mediadores” a fin de clarificar las relaciones de poder, la distribución de recursos, el papel del líder y las alternativas de acción de los habitantes pobres del sector urbano.
Se analizan los cambios operados en las prácticas clientelares a partir del aumento de la competencia electoral, las alianzas y compromisos resultantes, la relación entre necesidades, política y legitimidad, y las posibilidades de autonomía de los colonos.
El clientelismo siempre es noticia en México, y durante los períodos electorales aparece como un escándalo político asociado a la corrupción. Se busca que exista una subordinación a un partido político de la población, o establecer condición de subordinación de la población pobre, la dominación a partir de la distribución desigual de recursos provenientes de políticas sociales y la existencia de una cultura política tradicional.
Estos autores indican: “Las prácticas clientelares, si bien no constituyen un delito electoral, son ubicadas en el espacio de lo “moralmente reprobable” por la mayoría de la población. Por otro lado, los políticos denuncian el “intercambio de favores por votos” cuando es utilizado por el partido adversario, pero lo entienden como una táctica cuando es practicado por sus partidarios y, de manera irónica, se animan a afirmar que “quien no haya regalado alguna despensa que tire la primera piedra”.
La problemática del clientelismo político en México fue abordada por los estudios sobre la transición democrática. Jonathan Fox (1994) señalaba que tanto la competencia electoral como la erosión del clientelismo autoritario eran dimensiones relevantes en el proceso de democratización. Sin embargo, su relación era políticamente contingente y podía orientarse en tres direcciones: reforzar el clientelismo autoritario, consolidar el semiclientelismo, o promover el ejercicio de los derechos ciudadanos.
En el clientelismo autoritario las organizaciones y sus líderes permanecían subordinados al partido político en el gobierno mientras que en el semiclientelismo, éstas eran capaces de negociar y acceder a recursos estatales sin perder su autonomía.
Se busca describir las condiciones sociales de las prácticas clientelares, clarificar el papel del líder, comprender las relaciones de poder, la distribución de recursos resultante y reconocer cuáles son las posibilidades de acción de los pobres. Las prácticas clientelares aparecen como un intercambio de bienes, servicios y favores por lealtad, obediencia y votos.
Estas prácticas presentan características contradictorias: habilitan una relación jerárquica pero son mutuamente beneficiosas, generan desigualdad y reciprocidad a la vez, son voluntarias pero también obligatorias, requieren bienes materiales pero son el resultado de una construcción simbólica.
Las prácticas clientelares no existen de manera aislada sino que conforman redes de intercambio asimétrico, “el líder o intermediario utiliza los servicios de varios ayudantes cercanos con quienes moviliza y organiza a los residentes de la barriada, cobra contribuciones e impone su voluntad. Los contactos del cacique con los líderes políticos fuera de la barriada son importantes porque le permiten mantener el flujo de recursos hacia la barriada operando de enlace con las autoridades políticas y jurídicas.” (Lomnitz, 1994: 124).
Para la comprensión del clientelismo resulta esclarecedora la definición de J. Auyero: “Las redes clientelares viven una vida en la objetividad de primer orden en tanto distribución de bienes y servicios a cambio de lealtades políticas, apoyo y votos, y una objetividad del segundo orden: las redes clientelares existen como esquemas de apreciación, percepción y acción (no sólo política) en las estructuras mentales de los sujetos involucrados en esas relaciones de intercambio.” (Auyero, 1996: 32).
Las prácticas clientelares consisten en un intercambio de todo tipo de recursos que se organiza en torno a un principio de reciprocidad “dar, recibir y devolver”: unos agentes dan mientras otros reciben y los que hoy son donatarios mañana serán donantes. Auyero recupera la interpretación propuesta por Pierre Bourdieu sobre la existencia de una “doble verdad” en las relaciones de intercambio basadas en la reciprocidad. La “doble verdad’ o “autoengaño” que viven los participantes surge de la apelación al desinterés en el discurso y la obligación implícita de devolver en los hechos (Auyero, 2001: 101).
En los estudios sobre los procesos democráticos en México a las prácticas clientelares, la compra de votos y la coacción se les ha denominado “manipulación” por considerarse opuestas al voto libre, autónomo y secreto. Aquí se considera que, si bien estas prácticas se asemejan porque condicionan las prácticas democráticas, es necesario diferenciarlas puesto que presentan aspectos propios que las oponen entre sí. En esta exposición se utilizan los términos venta o soborno para referir el intercambio del voto por una suma de dinero (Lomnitz, 1994: 42).
El establecimiento de un precio le otorga al sufragio un carácter mercantil, por lo que, por un lado, se vuelve susceptible del regateo inherente al mercado y, por otro, lo excluye de la lógica de la reciprocidad. El clientelismo puede entenderse como una dominación por constelación de intereses, por lo tanto no corresponde equipararlo a su opuesto: la aplicación de la fuerza para obtener el consentimiento, ante la Revocación de Mandato, una parte social o popular, se organizará, otras a favor de la permanencia del gobernante, esperemos no existan grupos manipulados, pagados, concertados para desvirtuar lo que el pueblo necesita, el pueblo da, el pueblo quita.


































