Ganar elecciones vs gobernar | El Imparcial de Oaxaca
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Opinión

De Paradojas y Utopías

Ganar elecciones vs gobernar

 


1).- De medio pelo o menos

En México se expresa con meridiana claridad una dualidad: una cosa es ganar elecciones; otra, muy diferente, gobernar. La trayectoria, la experiencia, el conocimiento —no precisamente los méritos académicos obtenidos en las mejores universidades norteamericanas o europeas— dan sabiduría, pues ahí enseñan a robar, dijera AMLO. ¿Se estudia para gobernar? Es posible. Pero lo ideal es prepararse para hacerlo. Lograr un escaño en el Senado o una curul en la Cámara de Diputados, sobre todo en una entidad como Oaxaca, en donde la marca AMLO ha permeado, no es certificado de sapiencia. Puede ser trabajo político o inercia; suerte o chiripa.

Sólo hay que ver la productividad legislativa de nuestros senadores (a) y diputados (as) federales, para doblarse de risa. Los locales están peor, con sus excepciones. Son —como decía F. Savater— amateurs con “coartada profesional”. De medio pelo o menos. Repiten en sus curules no por ser brillantes tribunos, oradores convincentes o juristas del quehacer parlamentario. Se reciclaron porque el votante se ha clavado con una idea, llámese membrete, partido o ente mesiánico. Y porque asume, que ahí está la salvación del país, luego de un pasado ominoso permeado por la corrupción neoliberal.

2).- La locura sucesoria

La realidad es que los oaxaqueños vivimos en una sociedad exhausta, limitada en muchos sentidos, polarizada, pero capaz de enfrascarse en una discusión donde la divisa sea pulverizar al adversario. Cada proceso electoral; cada jornada en las urnas, terminamos peor. Decía el filósofo franco-rumano E. M. Cioran que “quien no haya conocido la tentación del poder, no comprenderá el juego de la política, de la voluntad de someter a los otros para convertirlos en objetos, ni adivinará cuáles son los elementos del arte del desprecio”. (Historia y utopía, Tusquets, Barcelona, 1998, p. 63).

La ambición política es una droga, que convierte a quien le es adicto, en un demente potencial (Ibídem). La miseria de esta práctica —que algunos llaman carrera y otros, “el último recurso de la inteligencia”— es rebajarse por un lado para ennoblecerse por el otro. No es casual pues que ese afán de supremacía conduzca, a quienes lo padecen, a esconder defectos, fingir virtudes, exaltar una vida ideal y ponerse máscaras. Es casi como tomar la bandera, cual Niño Héroe, de la preocupación por el pueblo. Convertir en un arma retórica la defensa de los pobres, de los indígenas, rodeados de paleros o de accesorios de utilería.

3).- Jugar a gobernar

Carlos Fuentes apuntó en una de sus últimas novelas que: “para llegar al poder, la falta de sinceridad es indispensable”. (La voluntad y la fortuna, Alfaguara, México, 2008, p. 297). Pero, si son ignorantes, torpes o párvulos que aprueban de panzazo o por suerte en las urnas, se extravían cuando tienen que pasar de la luz electoral a la sombra de la experiencia (Ibid). Hay que insistir: no es lo mismo ganar elecciones que gobernar. Esto es otro boleto.

José Antonio Marina cita un pasaje de Théodore Sorensen. Cuenta en la biografía de Kennedy la excitación casi infantil con la que los hermanos John y Robert, ocuparon el despacho oval de la Casa Blanca, tras las elecciones. “Tenían un gran juguete en sus manos —dice— y todavía sufrían la impresión de que alguien podía entrar para decirles que el recreo había terminado”. (La pasión de poder, Anagrama, Barcelona, 2008, p. 21).

Por ello, insistimos, el tamiz de la experiencia, de las tablas que da el desempeño administrativo y gubernamental, aún en niveles modestos, es una conditio sine qua non, que no debe soslayarse. Aquello de mucha política y poca administración, ya es un mito. Oaxaca ya no está para experimentos políticos, ni los oaxaqueños somos ratones de laboratorio partidista.

BREVES DE LA GRILLA LOCAL:

—Miahuatlán de Porfirio Díaz, mi tierra natal, recuerda hoy los 155 años del triunfo de las armas nacionales contra el ejército de Napoleón. El 3 de octubre de 1866, la tropa al mando del general oaxaqueño, con miahuatecos comandados por los coroneles Feliciano y Apolinar García, habrían de infligir al ejército francés, una de las derrotas más espectaculares. “Fue la batalla más estratégica de las que libré en la Guerra de Intervención”, anotaría don Porfirio en sus “Memorias”. Estigmatizado y vilipendiado por muchos y por quienes hoy quieren construir nuevos mitos históricos, en mi terruño, a Porfirio Díaz se le respeta y admira. Y vox populi, vox Dei.  

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