Con los pocos recursos que ahorraron durante su estancia como obreros en los Estados Unidos, migrantes oaxaqueños que han sido deportados vuelven a sus lugares de origen para reiniciar sus vidas con sus familiares.
A pesar de los malos tratos que recibió por parte de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de los Estados Unidos, Jesús Hernández, migrantes originario de una comunidad del Valle de Etla, señaló que se siente agradecido por los ciudadanos del país vecino por haberle otorgado empleo durante una estancia de más de 10 años.
“Mi proyecto fue irme por unos dos o tres años, llegué como ayudante de plomería con unos paisanos que ya estaban trabajando en Los Ángeles, California, después me independicé e inicie la labor de pintor en las viviendas, esa labor me dio para sacar hacia adelante a mi familia y ahora que estoy de vuelta, hay que reiniciar de nuevo, a cumplir primero con las obligaciones del pueblo y luego a buscarle a ver en qué podemos trabajar”.
Al igual que Jesús, el ciudadano Noel Manzano Martínez, originario de un municipio conurbado a la ciudad de Oaxaca, fue deportado recientemente desde Atlanta, en donde laborado en el sector de la construcción.
Al exponer su caso en el Centro de Atención al Migrante Deportado, explicó que mientras se dirigía a su centro de trabajo fue detenido con varios de sus compañeros por los agentes estadounidenses.
“En el momento que nos detuvieron me llagaron por atrás y me preguntaron si teníamos licencia de conducir a todos, les dije que no y con ese pretexto nos dijeron que no teníamos papeles, nos bajaron y me esposaron”.
Refirió que en fechas recientes había tramitado su matrícula consular, sin embargo, los agentes no les importaron y lo trasladaron a un centro de detención en donde vivió una verdadera pesadilla.
“Me encadenaron los pies, la mano y la cintura, para caminar apenas podíamos dar un paso, nos encaminaron hasta la cárcel central de Atlanta, nos llevaron a un cuartito pequeño de 4 por 4, nos hicieron todo el papeleo y de ahí como a las 12 de la noche nos llevaron al centro de detención donde nos quitaron todas nuestras pertenencias y nos pusieron ropa de prisioneros”.
Detalló que al estar ven prisión empezó la rutina con tratos de prisioneros sin haber cometido ningún delito.
“Desde las 5 a 6 de la mañana nos daban de desayunar un café con sandwich y nos volvían a meter otra vez, de ahí nos sacaban a las 11 de la mañana para hacer un poco de ejercicio, después nos volvían a meter a las 12 para después salir a comer frijoles y jamón a la 1, a las 6 de la tarde nos daban de cenar y nos volvían a meter a la cárcel, a las 9 pasaban lista y así era la rutina diaria.
Señaló que a pesar de la situación que enfrentaban en prisión, recibieron nulo apoyo del consulado de México, ya que solamente les informaban que podían intervenir después de tres meses de su detención.



































