El dato pasó casi inadvertido cuando el INEGI lo publicó. En 2025, el 44.5% de los mexicanos mayores de 12 años practicó algún deporte, la cifra más alta desde 2014. Detrás de ese porcentaje no están solo los gimnasios ni los corredores de fin de semana. Están las cascarítas dominicales, los torneos de barrio que se organizan por WhatsApp, las ligas llaneras que llenan canchas polvorientas cada sábado y una nueva generación de organizadores que profesionaliza lo que antes era pura tradición. Las ligas amateurs y los torneos locales mexicanos viven, sin que casi nadie haya hecho ruido al respecto, su mejor momento en al menos dos décadas.
De la cancha llanera al corazón del fútbol mexicano
Hablar de fútbol amateur en México todavía evoca campos de tierra y árbitros improvisados. La realidad sobre el terreno es otra. En Oaxaca, la Liga Mayor A de los Valles Centrales regresó esta temporada con 20 equipos, calendarios fijos, jornadas dobles y una cobertura mediática que poco tiene que envidiar a divisiones inferiores profesionales. Algo parecido ocurre en circuitos como la Liga Bari, la Liga Intermexicana o las decenas de torneos regionales que cada fin de semana mueven a miles de jugadores adultos por todo el país.
Lo que cambió no es la pasión, eso siempre estuvo. Cambió la logística. Las ligas amateurs ahora se gestionan con apps de calendario, transmiten finales por Facebook Live, contratan árbitros certificados y sostienen presupuestos modestos pero estables. Los clubes participan en torneos interestatales. Los torneos generan estadísticas reales. Y todo ese movimiento empieza a tener un valor económico que va más allá de la inscripción de cada equipo.
Cuando las ligas amateurs mueven dinero (no solo en la cancha)
El crecimiento de los torneos locales atrajo la atención de actores que tradicionalmente miraban únicamente a la Liga MX. Sponsors regionales, marcas de equipamiento deportivo, medios digitales especializados en fútbol mexicano y, cada vez más, operadores del ecosistema digital de apuestas deportivas han identificado al aficionado amateur como un nicho fiel y muy activo en redes sociales.
No se trata de que las ligas locales acepten patrocinios masivos, eso sigue siendo raro. Se trata de que el aficionado que juega su torneo dominical también es el mismo que sigue al Tri, que sigue por curiosidad la Premier League los fines de semana y que compara, entre semana, bonos de apuestas deportivas en México antes de abrir cuenta en una nueva casa. Comparativas independientes entre operadores, lecturas con calma de los requisitos de apuesta y guías que separan bonos genuinamente atractivos de los que esconden letras chicas se han convertido en una capa habitual del consumo deportivo del adulto mexicano. La maduración del aficionado amateur, en pocas palabras, también es maduración del consumidor. Un recordatorio que conviene mantener visible siempre que se hable del tema: la verificación de la regulación aplicable y la práctica del juego responsable son el primer filtro, antes que cualquier comparativa.
Los números detrás del fenómeno
El INEGI lo cuantifica con claridad. En 2025, los jóvenes de 12 a 19 años lideraron la práctica deportiva con 52.7%, mientras que el 49.1% de los hombres y el 40.7% de las mujeres mayores de 12 años se declararon físicamente activos, todos máximos históricos del módulo. Más relevante para el fútbol amateur: el 66.1% de la población identifica espacios cercanos para hacer deporte, y de esos espacios, el 86.6% se considera en buen o regular estado, según datos del MOPRADEF 2025.
Traducido a la cancha: hay más jugadores potenciales, más infraestructura usable y más motivación. La consecuencia natural es lo que están viendo organizadores regionales como los de la Mixteca oaxaqueña, donde el fortalecimiento del deporte regional ya se nota en la cantidad de clubes que se forman cada temporada. No es un boom mediático. Es uno demográfico.
El Mundial 2026 como catalizador
A ese crecimiento orgánico se le suma un factor inédito en la historia del fútbol mexicano: la coorganización del Mundial 2026 junto con Estados Unidos y Canadá. La Federación Mexicana de Fútbol presentó hace pocos meses, junto con la FIFA, el Análisis del Entorno del Fútbol Amateur (AFEA), un estudio diseñado para identificar palancas concretas que fortalezcan la base de la pirámide deportiva. La inversión llega con dinero real: el programa FIFA Forward 3.0 contempla hasta 8 millones de dólares por federación miembro en el ciclo 2023-2026, y México ya destinó parte de esos recursos a la renovación del Centro de Alto Rendimiento de la Selección.
Lo interesante es que la estrategia conjunta FMF-FIFA reconoce de forma explícita algo que para los organizadores locales era evidente desde hace años: sin un amateur sano no hay cantera, sin cantera no hay selección, y sin selección no hay Mundial competitivo. La presión del 2026 está acelerando una conversación que llevaba pendiente al menos una generación.
Lo que viene para los torneos locales
El reto, ahora, es que ese impulso no se quede en eventos puntuales. Las ligas amateurs más sólidas, las que llevan años organizando torneos sin perder calendarios, son las que están en mejor posición para capitalizar el momento. Las que apenas se forman al calor del Mundial corren el riesgo de desaparecer cuando termine el ruido mediático. La diferencia entre unas y otras será, casi siempre, la misma de siempre: continuidad, gestión sobria y comunidades que sostienen sus canchas todo el año, no solo en julio de 2026.
Si algo enseña este momento es que el fútbol mexicano de base, ese que se juega en pasto irregular y se transmite con un celular sobre un cono, dejó hace tiempo de ser un detalle pintoresco. Es la infraestructura silenciosa sobre la que se sostiene todo lo demás.










































