Hoy, lunes 12 de enero, les recuerdo que aún existen elementos que son usados en los hogares oaxaqueños como enseres indispensables en la cocina oaxaqueña; por ejemplo, el metate existe mucho antes del 12 de octubre de 1492, así como también el molcajete, que ya se vendía en los tianguis de Mesoamérica y aún se vende hoy en día en medio del bullicio de los mercados de Oaxaca, entre voces que ofrecen frutas, hierbas y colores, en distintas lenguas. Aún hay en ellos una mujer indígena que clama el nombre del metate en diferentes dialectos, de los que hoy solo les proporcionaré su nombre en diversas lenguas: en chatino de Tataltepec de Valdés es metate/quich, mano/yaa quichi; en mazateco de Chiquihuitlán se dice metate/natsi, nano/tsja natsi; en zapoteco de Santo Domingo Tehuantepec es metate/gui’che, mano/bezaba; en mixteco de San Miguel el Grande, metate/yosó, mano/nda yosó; en chontal, metate/lotsijmah, mano/lene; en chinanteco de San Juan Lalana, metate/taa, Mano/jaá; en huave de San Mateo del Mar, metate/cow, mano/owix cow; en zoque de Francisco León, metate/vacucha, mano/coje; en mixe de Totontepec, metate/paan, metate sin pies/tsa paan y mano/paan majntc; y por último, en trique de Chicahuaxtla, metate/to, mano/yuda’a.
Pero de lo que también hoy les hablaré es del molcajete, que, como el metate, proviene de Magdalena Ocotlán; por eso, frente a esa anciana siempre hay una fila de molcajetes tallados con paciencia. Algunos quizá son de San Juan Teitipac, “Zee Tobaa”, Tlacolula, donde son hechos con la destreza de manos que heredaron la sabiduría del manejo de la piedra, temor perdido desde Monte Albán. Pero nadie se detiene frente a ella, nadie le compra; la gente solo mira, algunos sonríen con indiferencia, otros preguntan el precio y regatean como si su trabajo no valiera nada. Claro que en Oaxaca todo se regatea, hasta el tiempo, como si la dedicación que guarda en cada pieza fuese solo un objeto sin alma.
Ella, la vendedora de Ocotlán, baja la mirada y, entre las arrugas de su rostro, se deslizan lágrimas silenciosas de dolor de madre, que se desespera por no vender, ya que no es solo la tristeza de no vender: es el dolor de sentirse totalmente invisible en una tierra que debería abrazarla, quererla, admirarla por su trabajo, honradez y perseverancia. Cada lágrima lleva la memoria de su pueblo, de sus abuelos que enseñaron a respetar lo hecho con las manos, lo que nace de la tierra, lo que Dios creó para todos, hasta la dura piedra que marca las manos callosas del pueblo. Pero ahí está, cada día de plaza, la vendedora sola entre la multitud, con el bullicio de un mercado y con la esperanza quebrada, pues no vende nada.
Su llanto no es solo por los molcajetes que nadie quiere llevar, sino porque en esos instantes se da cuenta de que lo que para ella es su raíz, su tradición y su vida, para muchos es apenas un objeto más al que se le puede regatear el valor.
Y así, mientras la tarde se apaga, la mujer se queda con sus piezas —molcajetes y metates— intactas, con su corazón herido y con la amarga certeza de que, en un mundo que corre deprisa, su trabajo, su historia y su dignidad de oaxaqueña parecen no tener lugar; en un mundo que cada día es más frío, más impersonal, más desprendido de las cosas que significan identidad y cultura. Lean este poema:
MI HISTORIA ME COMPROMETE
Provengo de los volcanes
que forjaron mis afanes,
soy roca de sus entrañas,
preludio de mil hazañas.
Junto a la obsidiana, lava
y al jaspe que no se acaba,
primo soy del magma ardiente,
en tremolina ferviente.
De esos interiores lares,
en furiosos avatares,
fui expulsado al exterior
por designio del Creador.
Cual parte de un yacimiento
me trajo a renacimiento
un cantero, en laja dura,
de un monte sin espesura.
Surgí a la luz como informe
material, así, deforme;
de raíz me reconocen
y en los pueblos me conocen:
Piedra negra de recinto,
pétrea, dura por instinto,
fuerte, recia, poderosa,
resistente, aunque porosa.
Mi señor, el artesano,
con un marro en diestra mano,
a golpes bien me cincela,
me esculpe, pues, me modela.
Labrar roca es cantería,
fabricante maestría
en su precario taller,
desde siempre, en el ayer.
Tarda en redondear mi forma,
cóncava, asaz me conforma;
precolombino de origen,
tres pies muy firmes me rigen.
Por medio del verso hablo,
molcajete es un vocablo
que en náhuatl es “mollicaxtli”,
también dicho “temolcaxtli”.
Que “cajete” significan
y a mi cuerpo identifican
como vasija honda y gruesa,
utensilio de realeza.
Que aprecian por milenario,
soy docto factor culinario;
el buen moler es mi trote
junto al muñón tejolote.
Antes de por fin usarme
se hace menester “curarme”
con frijol, maíz del duro,
pulverizar… así perduro.
Soy tradicional mortero
pa’l machacado certero
de granos o vegetales
y las especias vitales.
Las salsas ricas, sabrosas,
entre otras muchas cosas,
pa’ martajar alimentos
y sin dejar sedimentos.
Les evito cualquier brete
de la sazón: en molcajete
el tejolote moltura,
a mano regia tritura.
Hago lucir la cocina,
de retro la visto fina,
mexicanísima antigua,
prehispánica ahora exigua.
El autor de este poema es el Lic. Gonzalo Ramos Aranda, oriundo de Tecozautla, Estado de Hidalgo, y el poema fue dedicado al maestro artesano don Marcos Leocadio Martínez. (Reg. SEP Indautor No. en trámite)
En esta ocasión también comentaré que el petate es un elemento indispensable en la vida de los mesoamericanos. Fue el petate, sí, ese que aún se usa confortablemente en nuestros pueblos de Oaxaca, ese que no imaginaste como un objeto que pudiera ser tu cama, tu mesa y mucho más.
En México, este genio de la versatilidad existe desde hace siglos. Hablamos del petate, un tapete tradicional originario de la palabra náhuatl “petlat”. Y es que este no es solo un objeto: es parte de la familia que, por su resistencia y flexibilidad, resulta increíble. El petate se ha usado en todos los tiempos como un cómodo lugar para echarse una siesta, colocado en una superficie plana para compartir alimentos y hasta como un elemento esencial en festividades y reuniones. Y sí, su versatilidad llega a ser tan amplia que tradicionalmente también ha servido como mortaja, o sea, una cobija para el último viaje, dando origen a la expresión “ya se petateó”, pues fue a partir de la Decena Trágica que, al ver a tantos muertos tirados en las calles de la Ciudad de México, decidieron levantarlos envueltos en petates, quedando como un dicho que refleja el ciclo completo de la vida con respeto y cariño.
¿Te has preguntado de qué está hecho el petate y cómo se crea? Tejiendo lo que comienza con el tule, una planta acuática resistente que crece en los lagos y ríos de México, especialmente en lugares tan singulares como San Agustín del Pulque, donde los artesanos, con una profunda conexión con su entorno, cortan cuidadosamente el tule. Este proceso se hace con un respeto extraordinario por la naturaleza, asegurando que el tule vuelva a crecer, manteniendo así el equilibrio y la belleza de su hábitat natural. Los artesanos secan el tule al sol y luego lo trenzan con maestría en patrones intrincados. Este proceso no solo requiere habilidad, sino también paciencia, transformando un recurso natural en una pieza de arte y utilidad desde tiempos inmemoriales.
Así, cada petate lleva en sí la esencia del agua, el sol y el toque humano, convirtiéndolo en un verdadero regalo de la naturaleza. Esos recuerdos, a la vez, nos recuerdan que cada petate no es solo un objeto de utilidad, sino un pedazo de nuestra historia personal y colectiva, un lazo que nos une a nuestras raíces y a los ciclos de la vida. En cada entrelazado no solo hay técnica, sino amor y tradición. Y ahora ¿cuál es tu recuerdo más preciado relacionado con el petate?
¡Feliz Año Nuevo!
Oaxaca, Oax., a 12 de enero de 2026.
JORGE BUENO
Cronista de Oaxaca
Presidente de la A.E.C.O.
Secretario General de la Federación Nacional de Asociaciones de Cronistas Mexicanos A.C.






































