El encendido de ‘cuetes’, castillos y bombas es parte esencial del imaginario festivo en Oaxaca. Forma parte de celebraciones patronales, comunitarias y familiares que han pasado de generación en generación.
Sin embargo, con la llegada de la temporada decembrina, esta costumbre vuelve a mostrar su rostro más crítico: explosiones, daños materiales, heridos y un miedo latente a que ocurra una tragedia mayor. La falta de prevención, regulación deficiente y el manejo irresponsable mantienen encendida una alarma social que parece no ser escuchada.
TRADICIÓN PROFUNDA, PREVENCIÓN AUSENTE
En Oaxaca, difícilmente existe festividad que prescinda de la pirotecnia. Bodas, cumpleaños, bautizos, mayordomías, confirmaciones y procesiones patronales recurren a ella como símbolo de celebración.
Su uso, sin embargo, se expande cada año sin mecanismos efectivos de control, particularmente durante fiestas patrias y, sobre todo, en diciembre, cuando la intensidad del consumo aumenta y con ella los riesgos.

Apenas iniciado el mes, los percances comenzaron a multiplicarse. La explosión que destruyó por completo una vivienda donde se almacenaba pólvora y otros artefactos en Santa María Huazolotitlán, en la Costa de Oaxaca, es sólo uno de los ejemplos más alarmantes.
En la carretera México–Toluca, un taxi que transportaba pirotecnia estalló en pleno tránsito, dejando a varios ocupantes gravemente lesionados. En la ex Garita de Xoxocotlán, un castillo colapsó sobre líneas eléctricas y dejó sin servicio a parte de la zona. Estos hechos, junto con una larga lista de incidentes menores que no se reportan, muestran la fragilidad de un manejo desordenado y riesgoso.
DEVOCIÓN ENTRE RUIDO Y PELIGRO
Las celebraciones como las dedicadas a la Virgen de Juquila, la Virgen de Guadalupe y la Virgen de la Soledad provoca un incremento notable en el uso de ‘cuetes’. Vecinos señalan que desde las cuatro de la mañana hasta el amanecer se escuchan detonaciones continuas que dificultan el descanso y generan un ambiente de tensión en diversas colonias.
A esto se suma la contaminación auditiva, la afectación a mascotas y fauna silvestre, así como el deterioro del entorno. Para muchos habitantes, el exceso se ha normalizado al punto de pensar que la fe se demuestra con estruendo, aunque ello implique poner en riesgo la integridad de quienes participan y de quienes se encuentran cerca.
NIÑOS EXPUESTOS Y REGULACIÓN INEFICAZ
Autoridades de Protección Civil estatal han emitido recomendaciones para un manejo seguro de pirotecnia, pero estas medidas no parecen bastar. La venta clandestina continúa activa en colonias, tianguis y calles aledañas a mercados, lo que facilita que niñas y niños tengan acceso a artefactos peligrosos sin supervisión adulta.
La falta de controles sobre el almacenamiento, transporte y comercialización es un punto crítico. Muchos productos se mueven en vehículos particulares, en condiciones inadecuadas y sin permisos, situación que ha detonado varios de los accidentes recientes. La población, por su parte, suele desconocer las medidas básicas de seguridad o las ignora deliberadamente, confiando en la costumbre más que en la prevención.
GUADALUPE–REYES: UNA TEMPORADA DE ALTO RIESGO
Con el maratón Guadalupe–Reyes en marcha, especialistas alertan que los días más críticos aún están por venir. El incremento en festejos, posadas y peregrinaciones suele acompañarse de quemas masivas de pirotecnia, muchas veces sin planificación ni precaución. Protección Civil insiste en evitar manipulaciones innecesarias, especialmente en espacios reducidos o zonas densamente pobladas.
La población enfrenta un dilema: continuar con la tradición o replantear su práctica para evitar pérdidas humanas. El riesgo de una tragedia de gran escala es real y constante. Aun así, la regulación estricta no avanza al ritmo que requiere la situación, mientras la comercialización irregular mantiene viva una cadena de peligros.
UNA LLAMADA A LA RESPONSABILIDAD COLECTIVA
Especialistas, vecinos y autoridades coinciden en que es urgente adoptar una cultura de prevención que permita conservar la tradición sin poner en riesgo la vida. Revisar permisos, comprar sólo en lugares autorizados, supervisar a menores, evitar almacenamiento casero y reducir el uso excesivo son medidas mínimas para enfrentar una problemática que crece cada año.
La pregunta persiste: ¿será necesario que ocurra una tragedia mayor para tomar decisiones firmes? Mientras tanto, Oaxaca continúa entre la devoción y el peligro, a la espera de que la conciencia colectiva prevalezca sobre la costumbre.







































