La noche del 1 de noviembre, mientras las calles del Centro Histórico de Uruapan se iluminaban con miles de velas en honor a los difuntos, el estruendo de seis disparos quebró la calma y tiñó de sangre la festividad. En cuestión de segundos, el alcalde Carlos Manzo Rodríguez, conocido por su abierta confrontación con el crimen organizado, cayó herido de muerte frente a su esposa, sus hijos y decenas de asistentes que participaban en la tradicional Carrera y Festival de Velas.
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— El Imparcial de Oaxaca (@ImparcialOaxaca) November 2, 2025
De acuerdo con los primeros reportes, el ataque ocurrió cuando el edil convivía con su familia y equipo de seguridad. Sus escoltas, elementos de la Guardia Nacional, respondieron al fuego y abatieron a uno de los agresores, además de detener a dos presuntos implicados. Aun así, Manzo fue alcanzado por las balas.
Videos difundidos en redes sociales muestran la desesperación del momento: paramédicos intentando reanimar al alcalde mientras una multitud, paralizada entre el miedo y la incredulidad, grababa la escena. “¡A donde sea, pero vámonos!”, se escucha gritar a una persona que ayudaba a subirlo a una ambulancia. Pocos minutos después, el edil falleció antes de llegar al hospital.
UN POLÍTICO QUE SABÍA LO QUE ARRIESGABA
Carlos Manzo no era un funcionario común. Desde el inicio de su administración, había hecho de la lucha contra el crimen organizado una bandera personal. Su figura se volvió mediática al mostrarse en operativos armados junto a las fuerzas de seguridad, enfrentando directamente a células del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) que operan en Michoacán.
Su estilo frontal le ganó admiradores, pero también enemigos. En varias ocasiones denunció la colusión entre autoridades y grupos criminales, advirtiendo que muchos funcionarios preferían mirar hacia otro lado. Su valentía, sin embargo, venía acompañada de una amarga certeza: “Continuaré combatiendo a los grupos criminales, aunque me cueste la vida”, había declarado públicamente meses atrás.
Y no fue la única advertencia. En septiembre, envió una carta a la entonces presidenta electa Claudia Sheinbaum y al actual secretario de Seguridad federal Omar García Harfuch, con una súplica que hoy suena profética:
“No quiero ser un alcalde más de los ejecutados.”
La respuesta nunca llegó.
EL CRIMEN Y LA IMPUNIDAD: UN CÍRCULO QUE NO SE ROMPE
Horas después del atentado, el Gabinete de Seguridad federal confirmó la muerte del edil y aseguró que “este crimen no quedará impune”. Sin embargo, la frase se repite con un eco ya gastado en un país donde más de 30 alcaldes y exalcaldes han sido asesinados en la última década, muchos de ellos por desafiar estructuras criminales que dominan territorios enteros ante la pasividad —o complicidad— de las autoridades.
El gobernador de Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla, condenó el homicidio y ordenó reforzar los operativos en la zona con apoyo de la Guardia Nacional y la Secretaría de Seguridad Pública estatal. La dependencia confirmó que ningún civil resultó herido, pero el asesinato volvió a sembrar el miedo entre los habitantes de Uruapan, una ciudad que ha vivido por años bajo el fuego cruzado del narcotráfico y la disputa territorial.
EL PESO DE UN ESTADO AUSENTE
El caso de Carlos Manzo no es aislado: se inserta en un patrón que exhibe la vulnerabilidad de los gobiernos locales en México, donde los alcaldes se encuentran en la primera línea de fuego frente al crimen organizado, muchas veces sin recursos, sin protección suficiente y sin respaldo político real.
Su asesinato vuelve a cuestionar la eficacia de las estrategias de seguridad pública y la falta de coordinación entre los distintos niveles de gobierno. En Michoacán, como en otras entidades del país, la violencia política se ha normalizado al punto de parecer parte del calendario electoral.
Mientras tanto, las promesas de justicia y combate al crimen quedan atrapadas entre discursos y comunicados oficiales, mientras los hechos siguen mostrando que el poder local continúa siendo el eslabón más débil del Estado mexicano.
ENTRE LA FE Y LA TRAGEDIA
La imagen de Carlos Manzo tendido sobre el pavimento, rodeado de veladoras caídas y pétalos de cempasúchil, se volvió símbolo del contraste entre la tradición y la tragedia. El Festival de Velas, que debía rendir homenaje a los muertos, terminó recordando a un alcalde que se negó a vivir con miedo.
En Uruapan, la gente no sólo lamenta la pérdida de su presidente municipal; también llora el vacío de autoridad, la impunidad y la certeza de que en Michoacán —como en gran parte del país— los muertos por la violencia ya no se cuentan sólo por las fechas, sino por los nombres que el crimen se lleva cada día.










































