Mientras este país va de escándalo en escándalo, lo que le da al país un desafortunado foco a nivel mundial, en Oaxaca nos aprestamos a vivir los días de la Guelaguetza. En semanas previas se vio un incremento en los trabajos de embellecimiento de la imagen citadina, en lo que cabe y en lo que se alcanzó a hacer, porque aún hizo falta mucho; todos sabemos que se trata de darle al visitante una bonita imagen de Oaxaca, pero siempre será insuficiente en una ciudad como ésta que ha sufrido tantas acometidas durante años y generaciones.
Y es que los trabajos de embellecimiento no son para el habitante de Oaxaca, están enfocados en la visita tumultuosa que tenemos cada año, si no, no habría mejoras, aunque deseo de verdad que hayan finalizado lo que se inició, ya que apenas hace cuatro días aún había canteras sin colocar en las aceras del mercado Benito Juárez, en el centro, constituyendo un gran riesgo para todo el que, caminando por ahí, levante la cabeza a mirar lo que exhiben los negocios. Eso fue lo que yo vi en mi última visita al centro histórico y seguramente me quedo corta pues no recorrí muchas calles.
La Guelaguetza, tal como se presenta hoy, nada tiene que ver con aquella que se vivía hace algunos ayeres en Oaxaca. No me reconozco como detractora de esta fiesta, pues al fin y al cabo es lo que da de comer a muchos oaxaqueños, la afluencia turística es la industria sin chimeneas que aquí tenemos y es mejor acogernos a ella para salir adelante, cuando menos quienes tienen en su labor cotidiana alguna conexión con el tema turístico.
No obstante, la Guelaguetza ya no es nuestra, es ya una festividad ajena al oaxaqueño quien ahora debe abrevar en otras fiestas: en las de su barrio, en las de su pueblo, para vivir el gusto y el orgullo de la “oaxaqueñidad”. Hoy la Guelaguetza es un negocio que se explota desde el poder; lo que me consuela un poco es que algo le ha de quedar al taxista, aunque luego quiera confundir al oaxaqueño con turista a la hora de cobrar; que le quede algo al mesero, al artesano, al productor de mezcal, al pequeño comerciante, al pequeño prestador de servicios, vaya al oaxaqueño de a pie que vive bajo el lema de “el que no trabaja no come”.
Más allá de la discusión del espectáculo de la Guelaguetza como negocio, considero que seguramente ese era el camino natural que habría de seguir esta fiesta, de otra forma seguiríamos apartados del mundo que hoy desea venir a vivir la experiencia del colorido de nuestro folclor.
Es que la cultura nuestra está viva y como tal ha vivido y sufrido cambios y modificaciones importantes en su ser y estar. Con la Guelaguetza mostramos al mundo el fenómeno del mestizaje que se vivió en las comunidades, pues, como usted debe saber, querido lector, ninguno de los bailes representados en ella es prehispánico, todos tienen elementos de la presencia de los españoles y cómo en cada región se produjo y se asimiló la mezcla de costumbres y de actitudes, que fueron dando pie a nuevos valores comunitarios que a su vez se convirtieron en elementos culturales muy valiosos para definir lo que somos hoy: un pueblo mestizo con gran presencia indígena con alta influencia judeocristiana.
Hoy querido lector, daremos paso al visitante para que experimente el caminar por las calles de nuestro Oaxaca, el visitar sus mercados saboreándolos con los sentidos, el recorrer las zonas arqueológicas, el soñar con vestir los colores de nuestra tierra en sus textiles; llevarse también un pedacito de Oaxaca en imágenes, o recuerdos, o comida, o tantas otras opciones que hay para compartir y perpetuar la experiencia de lo vivido.
Ya después cuando la calma regrese a nuestra ciudad, los oaxaqueños saldremos a las calles a seguir disfrutando de lo que amamos cada día, del privilegio de vivir aquí en esta ciudad cada vez más invadida de extranjeros, de nómadas digitales que están conformando la nueva imagen de esta ciudad y encareciéndola cada vez más para los propios.
Los oaxaqueños seguiremos comiendo las memelas del barrio, las tlayudas nocturnas del puesto que ya conocemos, desayunando en los pueblos cercanos a la ciudad, comiendo y cenando fuera del centro histórico, pues éste ya está prohibido al bolsillo de quien hasta hace poco era el dueño de Oaxaca de Juárez. Sin duda el oaxaqueño está siendo desplazado de su territorio citadino, sin embargo, seguimos siendo y perteneciendo a esta tierra que nos vio nacer.


































