Este 23 de diciembre se habrá de celebrar la “Noche de Rábanos”, una tradición ancestral que, en la última década, no tuvo el lucimiento merecido, en virtud de que el espacio donde se exhiben los trabajos, el Zócalo de la capital, estuvo copado por una de decena de organizaciones que aglutinan a comerciantes en la vía pública, grupos de protesta e indígenas triquis que, desde 2010, mantuvieron secuestrados los pasillos del Palacio de Gobierno. Como muchos oaxaqueños, hay que reconocer como un gran mérito gubernamental la recuperación de dicho espacio público. Ya era tiempo de actuar. El corazón de la capital no merecía ese destino que, por falta de voluntad política o por miedo a actuar conforme a derecho, hizo a los dos regímenes anteriores, cómplices de esa imagen deplorable que mostró ese espacio de nuestro Centro Histórico.
Hoy, las familias oaxaqueñas de los diversos sectores sociales, pueden acudir y disfrutar del Zócalo que, a lo largo de la historia había sido el sitio de reunión favorito. Hasta los años ochenta del Siglo XX, eran tradición los paseos vespertinos; el disfrute de la Banda de Música o las Marimbas del Estado o el café en los portales. Se trata de uno de los placeres que, por torpeza política o pésimas decisiones oficiales, simplemente se eliminaron. Devolverle al Centro Histórico su ancestral lucimiento fue un gran paso. Habrá que restituirle también su papel de ser uno de los espacios de expresión cultural y artística que siempre le caracterizaron. La capital oaxaqueña, como dicen los expertos en cuestiones de turismo, es un destino que se vende solo. Tiene un gran imán que, a pesar de bloqueos, abandono o protestas, está en el radar de nacionales y extranjeros que, en temporadas como ésta, abarrotan sus calles y llegan a disfrutar de su riqueza cultural.
Por lo pronto, esperemos que la tradicional “Noche de Rábanos”, ese famoso concurso y expresión refinada del arte popular, luzca como antaño, ya sin la imagen lamentable del desorden y la anarquía. Lo importante es que haya voluntad política para mantenerlo así: limpio, digno, decoroso y no volvamos a lamentar su conversión en estercolero y zahúrda que tuvo hasta hace menos de un mes. Pero tampoco permitir que otro sitio emblemático como es el entorno del ex convento y templo de Santo Domingo de Guzmán, sea quien pague los platos rotos y sea invadido por ambulantes. Un plan de reordenamiento del comercio en la vía pública, puede ser el inicio para restituirle a nuestro Centro Histórico su ancestral imagen.
Una crítica sana
En las dos semanas y media que lleva el nuevo gobierno, se ha desatado una serie de críticas. Una de ellas, la práctica del nepotismo que, al parecer, es ya una institución, pues ha sido justificada por el jefe del ejecutivo estatal. En redes sociales se ha difundido el caso de varios matrimonios que han sido designados en diversas áreas del gabinete legal y ampliado, incluso en la misma dependencia y entidad. En los tiempos neoliberales o de gobiernos conservadores, adversarios de la Cuarta Transformación, existía una norma con la que se podía castigar dicha práctica de corrupción: la Ley de Responsabilidades de los Servidores Públicos que sancionaba, hasta con la suspensión definitiva al funcionario que de manera abierta tuviera parientes cercanos en la nómina.
Quien incurría en dicha práctica era estigmatizado. Sin embargo, al parecer, hasta la vigencia de esa ley que imprimía cierto respeto por el quehacer público, fue borrada del mapa. En cierto sentido pues, esta administración se perfila cual si fuera un retrato de familia. Todo ello, además de la falta de un perfil profesional y experiencia en la administración pública, que ya se ha puesto de manifiesto con declaraciones de funcionarias, que sólo han generado hilaridad. El nepotismo es corrupción. Y no debe ser permitido, pues la institución gubernamental no es coto personal ni, mucho menos, legado familiar. Pero eso no es lo único. Se habla de funcionarios que tendrían un negro historial delictivo o de otros servidores públicos menores, señalados de acoso sexual o de difundir en chats, fotos de indígenas desnudas de su propia etnia. Todo ello, castigado por la actual y vigente Ley Olimpia.
Durante la larga hegemonía de la mafia del poder, señalamientos y acusaciones probadas, eran motivo de ceses inmediatos. Hoy no. Tal parece que hay un blindaje y complicidad institucionales. Pese a ello, y en una mala réplica del gobierno federal, se sigue culpando al pasado de todos los males actuales. Se han detectado anomalías como la posible venta de plazas o el otorgamiento de patentes de notario, entre otras. Y se advierte de investigaciones y sanciones. Lo importante es superar el entorno discursivo y el linchamiento mediático y sin miramientos, aplicar la ley. El actual gobierno debe medir a todos con el mismo rasero e ir a fondo con quienes se presume incurrieron en prácticas de corrupción o daño al erario. Pero también corregir el rumbo. Nepotismo e ineficiencia también son corrupción.




































