Por Valentín Sosa
En las Ciencias Sociales existen algunos autores con los cuales de manera radical se está en desacuerdo, pero aún con eso en contra a dichos teóricos se les conoce, se les cita y se les discute, no pasan desapercibidos. Michel Foucault, filósofo francés, es uno de ellos.
Uno de los conceptos fundamentales en el pensamiento foucaultiano es la noción del panóptico, el cual se convertiría en una de las herramientas teóricas contemporáneas que permitiría (re)pensar, entre otras cosas, los espacios físicos y su relación con el poder. En una de sus obras más citadas, Vigilar y Castigar, Foucault retomaría esta figura arquitectónica propuesta en el siglo XVIII por Jeremy Bentham, cuyo objetivo era el orden y la disciplina, encauzar y reducar conductas, siempre observando y vigilando pero sin ser observado, sin poder reconocer a quien nos observa.
En una cita de este texto el filósofo sentencia: “el esquema panóptico es un intensificador para cualquier aparato de poder: garantiza su economía (en espacio y tiempo), garantiza su eficacia por su carácter preventivo, su funcionamiento continuo y sus mecanismos automáticos”. De esta manera el espacio físico se vuelve espacio político.
Bajo esta lectura deja de ser casual que en nuestros municipios y pueblos los centros políticos y religiosos -palacios e iglesias- se construyan en el centro de las comunidades, disponiendo a su alrededor el funcionamiento y desarrollo de la vida cotidiana, lo social con relación al poder. En este sentido, tendríamos que el espacio físico busca perpetuar prácticas e interacciones, por lo que no es fortuito que en nuestros tiempos los movimientos sociales que cuestionan el poder y su hegemonía entren en una lucha simbólica de los espacios cuestionando de alguna manera al panóptico, a quien observa y disciplina,
Habiendo bosquejado de manera brevísima y a tempo apresurado una primera relación entre el espacio y lo social valdría la pena preguntarse si este espacio físico-político, al trazar y reproducir valores y prácticas sociales, está predeterminado a ser siempre el mismo. Para responder esta interrogante se vuelve necesario añadir la disputa por la hegemonía citando al filósofo político argentino Ernesto Laclau, quien asegura que la pelea por este espacio hegemónico es siempre constante.
En este punto esta discusión podría alargarse indefinidamente citando y dialogando con pensadores clásicos, sin embargo, ¿cuál sería la función de los conceptos teóricos sino conectan con la realidad? De esta manera, la heroica ciudad de Tlaxiaco en la Mixteca oaxaqueña sirve en estas líneas como engrane.
Hace unos días en se anunciaba en Tlaxiaco el rescate del Andador Chapultepec, calle que históricamente conectaba con la iglesia de barrio, a través de paletas de colores nuevas recordando las viejas fachadas coloniales en el estado. La participación que en un primer momento reunió a habitantes del lugar posteriormente convocaría a colectivos de pintores y muralistas quienes plasmaron obras de arte en las calles del lugar, la mayoría de ellas alusivas a valores, historias y patrones estéticos de la comunidad.
Una primera lectura de lo anterior implicaría definir este proyecto como un proceso de recuperación de un espacio público, sin embargo, también valdría la pena reflexionarlo como una práctica política comunitaria que replantea el espacio predeterminado para (re)construirlo desde las identidades propias de sus habitantes, desde su arte y sus colores, desde sus historias. Este tipo de expresiones por ejemplo, recuerdan el trabajo del artista británico “Bansky” quién también cuestiona de alguna manera al panóptico al colocar sus obras de arte fuera de los museos para colocarlo en espacios poco usuales como avenidas, calles o determinadas edificaciones.
“La política está en todos lados y el arte también es político” sentencia el politólogo mexicano Vidany Ojeda y su enunciado tiene mucha vigencia cuando se habla de este proceso en la comunidad de nuestra Mixteca, donde los artistas y sus alebrijes van reconfigurando los trazos de su ciudad y sus calles. Si bien el panóptico cumple una función de perpetuar y disciplinar a los sujetos en las sociedades, estas expresiones artísticas y practicas comunitarias pudieran trazar en Tlaxiaco, entre alebrijes, mariposas y colibríes, un cuestionamiento a nuestros panópticos.


































