Esta semana concluyen las labores escolares en el sistema educativo oficial y por tanto da inicio el período vacacional de fin de cursos o de verano. Ya se empieza a observar el arribo de visitantes que vienen del país o el extranjero a conocer todo lo que Oaxaca ofrece al mundo, que no se reduce solamente a la Guelaguetza, sino todo lo que hay en el entorno, es decir, arte, cultura, gastronomía, bellezas naturales, zonas arqueológicas, nuestra ciudad colonial y sitios que han sido reconocidos por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
El turismo europeo y asiático prefiere, en su mayoría, los destinos culturales. Oaxaca es, como dicen los expertos en la industria sin chimeneas, un estado completo; es posible que con algunas deficiencias, como por ejemplo la carencia de suficientes cuartos de hotel, de los cuales nuestra industria hotelera registra un marcado déficit o una notable desatención a los visitantes, que mucho contribuye a una limitada estancia promedio en nuestros destinos de playa y culturales.
Una vez más, durante las Fiestas de Julio nos perfilamos como un destino cultural por excelencia. Las dependencias estatales han preparado una amalgama de actividades, conjugándose con los festejos tradicionales de ferias, festivales, conciertos, presentaciones y encuentros gastronómicos. Durante todo el mes pues, hay mucha tela de dónde cortar, para todos los gustos y bolsillos. Es evidente que el evento más tradicional es la Guelaguetza que, como cada año, se ve sumergida en contradicciones, inconformidades y desacuerdos, pero siempre será lo más atractivo. Es un espectáculo único en el país, he ahí el motivo de su fama, aunque de manera burda se haya convertido en un negocio, como ya hemos comentado en este mismo espacio hace al menos un par de semanas. A nadie ha convencido por ejemplo, que se hayan vendido los boletos para hacer de ellos un vulgar negocio en su reventa, cuestión que no ha sido aclarada del todo. De parte del gobierno estatal, seguramente enteradas las autoridades de quiénes están detrás, ha habido un silencio cómplice, pues luego de haberse descubierto el presunto fraude, es la hora en que la ciudadanía no tiene una explicación al respecto.
Un pésimo espectáculo
Mucho hemos insistido en el tema del comercio en la vía pública que materialmente ha copado el Centro Histórico. Llama la atención que en el gobierno estatal insistan mucho en la gran trascendencia de las fiestas de julio, pero ni el municipal ni el estatal han movido un dedo para limpiar esa cañería pestilente en que se ha convertido ese espacio citadino. Grupos de la sociedad civil han insistido en el rescate de nuestro centro. Es impresionante el crecimiento en el comercio informal, el cual se ha asentado incluso en los propios pasos peatonales del zócalo, la Alameda y otros. Esta invasión contrasta con el descuido del zócalo, sin flores, con las jardineras vacías, el quiosco pintarrajeado, etc. El corazón de la capital se convirtió en refugio de indigentes y alcohólicos, que ahí orinan, defecan y hasta se bañan, sin que autoridad alguna, por aquello de los derechos humanos, los desaloje. En ninguna parte del país existe tal temor de las autoridades para limpiar la parte más emblemática de su capital. El tema del comercio en la vía pública se ha dejado crecer de manera absurda y torpe, he ahí la razón de que los puestos se hayan multiplicado.
Estamos ya en el período vacacional que mayor afluencia del turismo nacional y extranjero registra en el año. Es una lástima que los visitantes que desean conocer, convivir y disfrutar nuestro bellísimo Centro Histórico tengan ese espectáculo tan deprimente, que no refleja nada más que la abulia y la apatía gubernamental para resolver este problema social, que tantos sinsabores ha creado. Se sabe que uno de los temores para enfrentarlo es que se tocarán muchos intereses, inclusive de la delincuencia organizada, que ha penetrado de manera silenciosa en el ambulantaje, además de los violentos sindicatos del transporte, hoy en tela de juicio. Ninguna autoridad movió un solo dedo para que en la temporada vacacional los que se han apropiado de nuestros espacios comunes los desalojaran. El gobierno de la capital se ha desentendido del problema y el estatal de plano no quiere entrarle. Los pretextos son muchos. Inclusive con los triquis supuestos cautelados, que se han adueñado de los pasillos del Palacio de Gobierno, en donde prácticamente viven y cohabitan. Se ha dejado correr la oportunidad de solicitar ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la cancelación de las sobadas medidas cautelares.


































