El historiador Luis González y González, tenía frases geniales para criticar al régimen de Don Porfirio Díaz. Decía que era un gobierno de decrépitos y tambaleantes funcionarios, que yacían en sus oficinas apochotados y adormilados. En efecto, el de Díaz, con todo lo que admiramos de él, fue una gerontocracia, es decir, un gobierno de ancianos, dicho esto no con perfil discriminatorio o descalificación. Hay quienes permanecen anclados en viejos moldes. No se renuevan al ritmo de los tiempos actuales. Lo anterior viene a colación por la pasada consulta popular sobre el destino del Nuevo Aeropuerto Internacional de México –NAIM-. Se trató de una faramalla, más para legitimar una promesa de campaña que en obtener en realidad el aval de una parte importante de los mexicanos. Se hizo a la antigüita, sin metodología, sin controles, a la ligera. Se pudo emitir el voto con credencial para votar o sin ella. Vamos, ya ni las elecciones por usos y costumbres en nuestras modestas comunidades se hacen de manera tan superficial. El escarnio mediático y a través de las redes sociales no tuvo precedente, más aún con el resultado que conlleva a cancelar la multimillonaria inversión en Texcoco.
Sin duda se trató también de un ejercicio democrático –de oclocracia, dicen algunos- no obstante, la transparencia y resultados estuvieron desde el principio en tela de juicio. Toda consulta popular amañada, dirigida o condicionada por factores externos, motivo de complicidad o connivencia entre los promotores, hacen que pierda su esencia. Es como las encuestas políticas que hacen ganar a quien las paga. Obviamente, pierden objetividad y el perfil democrático que se busca. Tampoco hubo argumentos para descalificar a los medios de comunicación, más aún cuando se busca una mayor precisión de lo que vemos y sentimos. Carlos Loret de Mola dijo algo palpable: la consulta sobre el aeropuerto se estaba reflejando sobre la estabilidad del peso mexicano. Fue una mala lectura para los mercados internacionales. Nada más apegado a la realidad. Percibimos pues que en lo que viene la crítica estará acotada, silenciada o censurada. En 1994, en la Declaración de Chapultepec, la Sociedad Interamericana de Prensa –la SIP- concluyó su reunión continental con una sentencia: “no puede haber democracia en donde se acota o conculca la libertad de expresión”. Dios nos libre de estarnos encaminando hacia regímenes autoritarios y dictatoriales, sobre todo, hacia una gerontocracia más cerrada y dogmática.
Los Fieles Difuntos
En la antigua tradición oaxaqueña –y de ello pueden hablar los cronistas e historiadores- el festejo del Día de Muertos y de Los Fieles Difuntos, los días primero y 2 de noviembre, tenían una connotación diferente. La gente mayor afirmaba que a las 12 de la noche del día del 31 de octubre, llegaban “Los Angelitos”, es decir, aquellas personas que habían fallecido siendo niños (as). En el altar se ponía dulce de calabaza, calaveritas de azúcar y otros comestibles que se supone podrían gustar a los menores difuntos. Al mediodía del primero de noviembre, decían nuestros ancestros que llegaban los fieles difuntos y permanecían hasta el mediodía del dos. En el altar había que poner no sólo los tamales, el pan de muerto, el mole, fruta colgada del arco de cañas, independientemente de la copa de mezcal y hasta cigarros. “Los muertos” se retiraban a su descanso eterno ese día. En Oaxaca, en donde la tradición supera a la ficción, esta tradición está más viva que nunca. Hace días se llevó a cabo la Comparsa de Muertos que fue para propios y extraños, un evento masivo e impresionante. Es más, el zócalo de la capital, en los prados adornados con la llamada flor de muerto, se pusieron símiles de tumbas. Todo el Centro Histórico, a iniciativa del ayuntamiento de la capital, se adornó ad hoc a la fiesta.
Hoy en los panteones se despide a los difuntos que, según las creencias arraigadas en nuestra cultura popular, volverán hasta dentro de un año. Por ello se celebran misas en su honor y hay lugares como en Santa Cruz Xoxocotlán o Miahuatlán de Porfirio Díaz, en donde mucha gente duerme en los panteones, para acompañar a sus seres queridos que ya no están en el mundo de los vivos, pero además, para saber que nuestro destino mortal es ineluctable. Lo que no podemos ignorar es que aún en comunidades recónditas y lejanas; pobres o marginadas, la celebración a los muertos está arraigada en la conciencia colectiva. Aunque hay publicidad para ciertos destinos del país como Pátzcuaro, Michoacán o Mixquic, Estado de México, nada les pide Oaxaca en lo que se refiere a la celebración de estos días de noviembre. Ojalá que no la echen por la borda maestros y grupos adláteres con su vieja cantaleta del “2 de noviembre no se olvida”, que rememora la golpiza que les propinaron las Fuerzas Federales de Apoyo, este día pero de 2006. Hay que recordar que fue una fecha memorable por la forma tan burda y torpe, en la que la tristemente APPO, se cebó sobre la población civil y cuyo desenlace fue el 25 de noviembre.


































