El triunfo arrollador de Andrés Manuel López Obrador, como presidente de México, obliga a una reflexión: La única forma de salvar al país de una debacle, de una crisis brutal, es la necesaria operación cicatriz entre todas las fuerzas políticas del país. Quien obtuvo la presidencia de la República debe llamar y conciliar, para hacer un gobierno en el que todos tengan cabida. No más fracturas, no más encono. Pasó el tiempo de las promesas de campaña y viene la realidad de construir un país sobre el andamiaje que tienen en mente los triunfadores. Las expectativas favorecieron a unos y afectaron a otros. En la democracia se gana o se pierde por un voto. Sin embargo, ya no es tiempo de demagogia ni de triunfalismo, es la oportunidad de construir las instituciones. Por ello, desde este espacio editorial, es importante hacer un llamado a tirios y troyanos para sumar, para convocar a la unidad sin protagonismos ni resentimientos. Lo que se tenga que hacer que se haga, pero sobre todo, atacar la inseguridad que sigue lacerando al país y ha hecho que asemejemos un remedo de Nación. Los muertos desde el gobierno de Felipe Calderón (2006-2012) y los que lleva el de Enrique Peña Nieto, suman cientos de miles. Los cárteles de la droga se han infiltrado por doquier, lo que ha dado lugar a policías metidas en ilícitos y hasta segmentos de las Fuerzas Armadas, como lo hemos visto en otros medios de comunicación.
Es urgente atender los temas de pobreza, de salud y educación. Una mala lectura para los oaxaqueños han sido las amenazas de ciertos grupos ligados a algunos candidatos. Que cada quien haga lo que le corresponde. Las campañas ya pasaron, es momento de construir la historia y forjar el futuro de México sin falsas promesas ni expectativas a no cumplir. Estamos hartos de discursos y de buenas promesas. En este momento ya no hay resquicio alguno para decir que hubo fraude o una elección amañada. Ésta fue la más vigilada de la historia y, por tanto, la más competida pero la más violenta de cuantas hayamos conocido. Quedan aún cinco meses que le restan a la actual administración. Más que buscar venganza o cobrar agravios, se tiene que trabajar en el andamiaje de las instituciones, que no tienen que ser demolidas, porque forman parte de la historia de este país. Pero lo que más urge es la civilidad y la concordia; la unidad y la reconciliación.
Una iniciativa importante
Desde unas semanas antes de la jornada electoral, un grupo de artistas y creadores, como Diego Luna y algunos directores laureados en el cine hollywoodense, pero mexicanos a carta cabal, lanzaron una convocatoria para llamar a la unidad, independientemente de los resultados de la elección del domingo. Entre otros puntos llama la atención a contribuir cada quien, en su respectiva trinchera, a engrandecer a nuestro país. Para ello, convocan a denunciar la corrupción, buscar la equidad de género e igualdad entre hombres y mujeres; respetar los usos y costumbres de los pueblos indígenas; a las personas con capacidades diferentes; impulsar la cultura y las artes, entre otras propuestas. Millones de mexicanos que no comulgamos con un candidato u otro, debemos asumir que hay que trabajar a favor de México, pues la grandeza de nuestro país no estriba solamente en quienes despachan en la presidencia de México, sino en todo lo que implica el vasto territorio nacional y los grandes problemas nacionales. Se trata de un llamado inédito, sobre todo porque es un llamado a la civilidad y a la concordia; a la paz social y a la gobernanza. La polarización política que trajo consigo el proceso electoral, tiene que superarse.
La lección de lo que hemos vivido en el pasado reciente tiene una lectura indiscutible: por primera vez en el país se abrió la posibilidad de que compitieran candidatos independientes. Esto es inédito y ha llamado la atención sobre todo porque dar a los partidos políticos para mantener a una élite burocrática partidista y a los candidatos, más de 12 mil millones de pesos, significa una verdadera afrenta a la pobreza de millones de mexicanos. En efecto, nuestra democracia incipiente es demasiado onerosa. Sin embargo, las cosas tienen que cambiar. Es un caso excepcional que el Estado y los impuestos de los mexicanos tengan que solventar a dichos órganos con sumas multimillonarias. Debe crearse una nueva cultura política en la cual la militancia de los partidos debe financiar a los mismos. Los recursos destinados a prerrogativas deben destinarse a obras sociales y no a mantener a burocracias que desde hace décadas viven como parásitos de los impuestos que genera la sociedad. Las lecciones que nos ha dado la pasada elección, deben además contribuir a crear conciencia entre los mexicanos –y los oaxaqueños, por supuesto- para forjar una nueva cultura política en la que se impongan la madurez, la tolerancia, pero sobre todo se privilegie el esfuerzo propio.

































