En estas dos fechas se ha cifrado la tragedia oaxaqueña. El 14 de junio de 2006, luego de poco más de veinte días de paro, el gobierno de Ulises Ruiz, teniendo el ofrecimiento del ex presidente Vicente Fox de contar con el apoyo de las Fuerzas Federales de Apoyo, se lanzó a desalojar el plantón que mantenía en el Centro Histórico, el magisterio mal llamado democrático, infiltrado por grupos anarquistas y radicales, incluso por agentes del movimiento guerrillero. El citado desalojo fue un festín de maestros y grupos en contra de la policía. Pero hábilmente le dieron la vuelta. Ahí nació la tristemente célebre Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca (APPO), que concitó a todas las organizaciones sociales que, acostumbradas a vivir del erario público, habían sido expulsadas del paraíso presupuestal. Los oaxaqueños vivimos un infierno de chantaje, violencia, presión. Barricadas, asaltos, ataque a los derechos civiles. Es decir, en un estado de excepción. El gobierno y los órganos de seguridad estuvieron acotados por turbas de fanáticos que soñaban estar haciendo la revolución. Aquí estuvieron los que luego desaparecieron: Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya. La economía de Oaxaca se fue a pique. Se suspendieron los festejos de julio. Es el numerito que algunos torvos quieren repetir.
El segundo capítulo fue el 19 de junio de 2016, recién habían sido detenidos los dirigentes de la Sección 22, Rubén Núñez Ginéz y Francisco Villalobos Ricárdez. Hacía casi un año que habían recibido una estocada fatal: les fue arrancado por el Estado el control del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (IEEPO). Una mala acción policial para abrir paso en la Autopista Oaxaca-Cuacnopalan, a la altura de Nochixtlán, por parte de un reducido grupo de maestros apoyados por activistas de otras organizaciones, generó otro golpe a la sociedad civil oaxaqueña. La entrada de fuerzas estatales y federales sin un plan estratégico generó la muerte de ocho personas –ninguno de ellos maestro- y heridas a más de doscientos policías. ¿Y quiénes capitalizaron este hecho? El magisterio, obviamente, que tuvieron de su parte a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y a su similar en el estado: la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca (DDHPO). Informes y recomendaciones han estado encaminados a mitificar un hecho lamentable sí, pero en el cual magisterio y adláteres actuaron con violencia.
Foco de infección
La negativa que muestra la beligerancia y la ignorancia de los maestros afiliados a la Sección 22, que han estado en un plantón fantasma durante tres semanas en el Centro Histórico de la capital, ha obstaculizado la recolección de basura y desechos orgánicos, que ha puesto en serio predicamento a los comercios y establecimientos de venta de alimentos que se ubican en el corazón de la ciudad. Una y otra vez los empleados al servicio del ayuntamiento, que tienen a su cargo la limpieza han insistido de manera infructuosa. Sólo permitieron hacerlo el fin de semana pasado. Los mentores se aferran a vivir en la inmundicia, en el estercolero. Las bolsas de basura rebosan de suciedad. Y el riesgo de crear fauna nociva y malos olores, ha sido más que evidente. EL IMPARCIAL, El Mejor diario de Oaxaca lo ha denunciado en sus páginas. De nada sirven las protestas de los propietarios de los establecimientos de venta de alimentos y bebidas; las llamadas de quienes acuden al centro de la ciudad por compras o placer. Se topan con una pared de inconciencia, ignorancia y torpeza. Ante ello y con la cercanía de las fiestas de julio, el ayuntamiento de la capital tiene encima la responsabilidad de llevar a cabo algún proyecto de fumigación para sanear uno de los sitios más emblemáticos del paisaje urbano.
Sin embargo, hay un factor adicional el cual han traído consigo tanto las constantes movilizaciones del magisterio como la población de comerciantes ilegales en la vía pública. Y es que decenas de alcohólicos han hecho del zócalo de la capital, no sólo su lugar de residencia, consumo de alcohol o estupefacientes, sino asimismo, lugar en donde pernoctar, vivir y hacer sus necesidades fisiológicas. En efecto, los malos olores en los espacios frente al palacio de gobierno, hacen huir al más bragado. Ya es común que el ciudadano que pasa por el zócalo sea abordado por una multitud de indigentes que han hecho de la mendicidad su modus vivendi. Es patético transitar por el citado zócalo sin tener la molestia de ver este espectáculo. Urgen acciones de parte de las autoridades para poder sanearlo, devolverle su señorío, su belleza. Ya basta de indolencia y excesiva tolerancia. Los ambulantes dan mal espectáculo, los indigentes no se diga y la eterna protesta de triquis, constituyen un escenario deplorable que no debe continuar. Es una irresponsabilidad no hacer algo, porque urge darle a los visitantes que llegarán en julio y aún a los mismos oaxaqueños, un escenario digno de una de las ciudades más bellas de Latinoamérica.

































