Hay confianza de que el proceso electoral del 1 de julio se lleve en un ambiente festivo, de manera ordenada y respetuosa, donde las autoridades federales, estatales, municipales y la sociedad en general, asuman la responsabilidad de generar las condiciones de estabilidad, concordia y paz pública. No solo se trata de hacer efectivo el derecho al sufragio libre, universal y secreto de la ciudadanía, también de refrendar el compromiso con el Estado de derecho y la seguridad para transitar sin sobresaltos.
Si bien los integrantes de la Sección 22 de la CNTE han decidido recurrir a sus estrategias de presión y de ilegalidad, deben comprender que la inmensa mayoría del pueblo de Oaxaca exige que la jornada electoral del próximo 1 de julio se desarrolle en un marco de libertad, orden, imparcialidad y democracia participativa. Los oaxaqueños ya no quieren un clima de crispación como los vividos en años anteriores y apelan a que los trabajadores de la educación se mantendrán al margen de las decisiones que solo competen a los partidos políticos, sin injerencia en las campañas y con cabal respeto a los resultados emanados de la jornada electoral.
En ese ánimo, los impartidores de justicia en materia electoral asumen plenamente su deber de impartir justicia que dé certeza a la democracia, asume en su ámbito de competencia, la responsabilidad de garantizar el orden y la paz social durante los procesos electorales y, particularmente, durante su etapa final.
El gran reto es lograr que los comicios del 2018 sean un éxito, una manifestación de nuestro compromiso democrático y un ejemplo de elecciones libres y altamente competidas, que permitan un cambio pacífico de los gobernantes. Hoy se plantea garantizar la legitimidad democrática de los procesos comiciales y, en consecuencia, de quienes resulten favorecidos con el voto ciudadano.
La transición mexicana logró democratizar la esfera de lo político en lo que se refiere al acceso a los cargos de elección popular y la pluralidad de los órganos de gobierno. Sin embargo, no se ha avanzado con el mismo éxito en reducir la posición e influencia de ciertos grupos de poder, por lo que hay que fortalecer las acciones encaminadas a construir una sociedad más participativa.
Modelo económico
Es indispensable que el combate a la desigualdad y la pobreza sean una realidad y se refleje en el salario de los trabajadores, pues si bien todos los sectores están empeñados en apoyar las reformas estructurales no se observan beneficios. Ante las actuales condiciones económicas que vive el país y tras los resultados de que ha aumentado la pobreza en el país, es necesario generar un nuevo modelo económico y de desarrollo donde el trabajo bien remunerado y de calidad sea lo más importante.
Urge alentar un crecimiento económico que esté vinculado a empleo de calidad, que sea formal y bien pagado, si eso no ocurre la inequidad seguirá prevaleciendo, lo cual limita los avances en la lucha contra la pobreza, ya que el crecimiento se concentra en las esferas más altas.
Atrás quedó la premisa de que el salario mínimo debe cubrir las necesidades de alimentación, vestido, techo y recreación del trabajador y de su familia, ya que los incrementos en los alimentos en los últimos tres meses han provocado que millones de mexicanos se encuentren por debajo del umbral de la pobreza.
El gobierno debe lograr un nuevo equilibrio entre las ganancias de las empresas y los salarios que pagan a sus trabajadores, y también debe retomar un rol más activo con una nueva política económica, pues está muy claro que el liberalismo está empeorando la calidad de vida de la gente y tiene al país sin estabilidad. Es indudable que la pobreza y la desigualdad ahora son cada vez más parte de nuestra realidad cercana, eso te demuestra que no ha funcionado el actual modelo.
En los últimos 30 años, México le ha apostado a un modelo de desarrollo económico conocido entre los expertos como “estancamiento estabilizador” que privilegia la estabilidad financiera, de precios y el equilibrio fiscal; sin embargo, el aumento de los precios y la devaluación del peso alcanzan máximos históricos.
Sin crecimiento no hay empleo, no se genera riqueza y se redistribuye la miseria por lo que se debe diseñar un nuevo modelo de desarrollo económico pensado para un crecimiento mínimo de 5 por ciento en relación con el Producto Interno Bruto (PIB), que brinde un ingreso por persona equivalente a los de primer mundo.

































