Ha calado hondo en el ánimo de los votantes, la burda exhibición en ciertos partidos y candidatos, de verdaderas familias que han abusado de su ascendiente en los mismos. El pasado lunes trascendió que el actual senador por el PRD, que luego se fugó a MORENA, Benjamín Robles Montoya, presentó a su esposa, Maribel Martínez Ruiz, como la coordinadora de la campaña de Andrés Manuel López Obrador, en Oaxaca, por parte del Partido del Trabajo (PT) y, a la vez, candidata por la vía plurinominal por dicho partido. Pero no es lo único que hay que destacar. De un origen incierto, Robles Montoya ya se ubicó como candidato para diputado federal por la coalición “Juntos Haremos Historia”, por el distrito 08, con cabecera en la capital oaxaqueña. Más aún, ubicó a su hijo, Luis Alonso Robles, como candidato plurinominal por el Partido Encuentro Social y a su vocero, César Morales Niño, como candidato a diputado federal por el distrito de Nochixtlán. Esto es, ubicó a toda la familia ignorando los derechos políticos de otros militantes que han hecho carrera en dicho partido, para colocar a la parentela. Se trata de un avecindado en Oaxaca, que llegó con el ex gobernador Gabino Cué, a cuya sombra creció y a quien pronto le mordió la mano.
Otro caso, bien documentado es el de quien era ya candidata a diputada local por un distrito de la Sierra Juárez, Keila Mesulemet Ramírez Cruz, por MORENA, quien denunció el propósito de removerla para ubicar en su lugar a Griselda Sosa Vásquez, familiar de Flavio Sosa Villavicencio, quien habría operado con el conocido radical del Cártel 22, Gustavo Sosa Manzano, en la cúpula de dicho partido para lograr su propósito. Flavio tiene asimismo a su hermano, César Sosa, quien es candidato a la diputación federal. Se trata pues, de una burda maniobra que exhibe a los partidos políticos como verdaderos clanes familiares, entre los cuales no debe haber extraños. Se coarta el derecho de la militancia a participar en puestos de elección popular, precisamente, porque unos cuantos, como es el caso de Benjamín Robles Montoya, se asumen propietarios o franquicitarios y coartan el derecho de los demás. El Congreso de la Unión y los organismos electorales deben aplicarse en aprobar reformas que prohíban situaciones tan grotescas como éstas. Los partidos están desprestigiados y lo anterior contribuye más a la apatía ciudadana para acudir a las urnas.
Y los supuestos desplazados
La semana anterior en este mismo espacio editorial comentamos del espectáculo deprimente que dan al turismo y a los mismos oaxaqueños, algunos grupos que cual viles chantajistas, se han apropiado prácticamente del Centro Histórico. En principio están las supuestas desplazadas triquis, que han hecho de ello un gran negocio, del cual las familias ganan poco. Los que se llevan las rentas son los dirigentes, entre ellos: Lorena Merino y Reyna Martínez. Se apropiaron de los pasillos del palacio de gobierno, en donde dicen que la promiscuidad es el síntoma particular de esta etnia. Un solo sujeto mantiene relaciones sexuales con la mamá, la hija, la entenada, etc. De esta suerte, desde que se instalaron en dicho espacio público, han nacido decenas de niños y niñas. De los grupos citados, algunos presumen tener medidas cautelares de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH). Por ello piden a golpes y sombrerazos que el gobierno los mantenga, que les dé dinero y casa; que les procure todo lo necesario para que mujeres y hombres no trabajen, sino que vivan como parásitos de la limosna oficial.
Junto con los triquis, llegaron a avecindarse en el zócalo de la capital, supuestos desplazados de la zona de la Villa de Zaachila, en donde tenía su guarida Francisco Martínez Sánchez, alias “Pancho Mugre”, dirigente del Frente Popular “14 de junio”, hoy prófugo de la justicia. Cuando vecinos de la Colonia Vicente Guerrero, que han hecho de esa zona de asentamientos irregulares, verdadero sitio de trasiego de droga y de negocios ilícitos expulsaron a los leales a “Panchito”, incluso quemándoles vehículos y viviendas, un grupo numeroso se trasladó al zócalo, de los cuales sólo quedaron quieren habitaban una colonia denominada “Che Guevara”. Éstos hicieron su campamento en el zócalo y utilizaron los cuartuchos malolientes, cual si fueran hoteles de paso. Ahí pernoctaban durante sus borracheras; ahí guardaban el producto de sus ilícitos. No obstante el diálogo sostenido para desalojar antes del período vacacional, fue hasta el viernes pasado cuando estos vividores accedieron a dejar el zócalo de la capital. Obvio, el daño de mala imagen y visión de un estercolero, ya estaba hecho. ¿De a cómo sería el embute o cañonazo para que desalojaran el corazón de nuestra capital oaxaqueña? Es un acertijo. Todos sabemos que no se mueven así como así. Algo deben haber sacado los invasores del zócalo para poder abandonarlo.



































