“Venid, los que nunca fuisteis a Granada. / Hay sangre caída, sangre que me llama. / Nunca entré en Granada”. Con estos versos, Rafael Alberti expresó el dolor provocado por el asesinato de su amigo Federico García Lorca, fusilado clandestinamente en Granada la madrugada del 18 de agosto de 1936, cuando España atravesaba los primeros meses de una Guerra Civil que habría de marcar su historia.
Lorca se encontraba en Granada desde el 14 de julio de aquel año. Había dejado Madrid para instalarse en la Huerta de San Vicente, la casa familiar de sus padres, pese a las advertencias de sus amigos, quienes consideraban que la capital podía ofrecerle mayor seguridad ante el inminente levantamiento militar.
Incluso rechazó las posibilidades de salir de España. Los embajadores de Colombia y México le habían ofrecido la posibilidad de exiliarse en América, pero el poeta decidió permanecer junto a su familia. Según recordó años después María del Carmen García Antón, actriz de “La Barraca”, el propio Lorca le había asegurado antes de marcharse que regresaba a Granada para celebrar su santo y el de su padre y que no debía preocuparse por él.
Los temores de sus amigos, sin embargo, terminaron por cumplirse.
Tras el levantamiento de los militares granadinos, la ciudad quedó sumida en una violenta represión contra quienes eran considerados defensores o simpatizantes de la República. Lorca era particularmente visible. Su prestigio como poeta y dramaturgo, su apoyo a la República y su participación en proyectos culturales como “La Barraca” lo habían convertido en una figura incómoda para los sectores más radicales de los sublevados. A ello se sumaba su homosexualidad, perseguida y estigmatizada por la ideología de los golpistas.
“La Barraca”, creada por García Lorca en 1931, había llevado las obras del Siglo de Oro a distintos puntos de España, con la intención de acercar el teatro a las comunidades campesinas. Para el poeta, el arte no debía permanecer encerrado en los grandes escenarios, sino llegar también a quienes habitualmente no tenían acceso a él.
Mientras permaneció en la Huerta de San Vicente, la casa familiar fue allanada en dos ocasiones. Aunque los militares buscaban inicialmente al casero de la finca, la familia comprendió que Federico podía convertirse en un objetivo.
La noche del 9 de agosto, el poeta fue trasladado a la casa de su amigo Luis Rosales, cuyos hermanos tenían vínculos con la Falange y pensaban que allí podrían protegerlo. Sin embargo, conforme aumentó la represión, también creció el temor de que ni siquiera aquella casa pudiera mantenerlo a salvo.
Lorca se negó a trasladarse a territorio republicano porque temía que su desaparición provocara represalias contra su familia.
El 15 de agosto, un grupo de militares acudió a la casa de sus padres para detenerlo. Al no encontrarlo, destrozaron el inmueble y amenazaron con llevarse a su padre. Al día siguiente, Federico fue localizado en casa de los Rosales y detenido por un grupo encabezado por Ramón Ruiz Alonso.
La orden de detención lo acusaba de ser espía ruso, homosexual y secretario del ministro republicano Fernando de los Ríos. Los hermanos Rosales intentaron conseguir su liberación y llegaron a obtener una orden para ello, pero cuando acudieron al Gobierno civil les informaron que el documento no tenía validez y que Lorca ya no se encontraba allí. Desde entonces, nadie volvió a verlo.
Las últimas horas
Horas después, García Lorca fue trasladado a Víznar, donde quedó recluido en “La Colonia”, una casa convertida en cárcel improvisada. Allí coincidió con Dióscoro Galindo, un maestro acusado de negar la existencia de Dios en sus clases, y con dos toreros, Juan Arcoyas y Francisco Galadí.
Lo que ocurrió después permanece rodeado de incertidumbre. La versión más difundida sostiene que, durante la madrugada del 18 de agosto, Lorca y sus compañeros fueron conducidos a un camino rural cercano al barranco de Víznar y ejecutados a tiros.
Tampoco se ha establecido con absoluta certeza quién disparó contra el poeta. Después de su asesinato, un abogado falangista llegó a atribuirse públicamente el crimen. Los cuerpos fueron enterrados en una fosa común cuya ubicación exacta continúa sin determinarse.
La muerte convirtió a Federico García Lorca en una figura todavía más poderosa. Su voz, que había recorrido la poesía, el teatro y la cultura española, sobrevivió a quienes intentaron silenciarla.
Obras como Romancero gitano, Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba permanecen entre las páginas fundamentales de la literatura española del siglo XX. En ellas conviven la pasión, el deseo, la muerte, la frustración, la libertad y las profundas contradicciones de una sociedad que Lorca supo retratar con una sensibilidad excepcional.
A nueve décadas de su asesinato, Granada continúa ligada a su memoria. También lo están sus versos, sus personajes y los escenarios de una obra que ha trascendido las circunstancias políticas y personales de su autor.
Quizá por ello su muerte no significó el final de su voz. Al contrario: cada lectura, cada representación teatral y cada nueva generación que descubre sus poemas vuelve a darle vida.
Como escribió Rafael Alberti después de conocer el asesinato de su amigo, Granada quedó marcada por aquella sangre derramada. Pero también quedó ligada para siempre al nombre de un poeta cuya obra continúa hablando desde la distancia de los años.
Federico García Lorca murió a los 38 años. Su voz, sin embargo, permanece.










































